Energía

Un plan barato y fácil para detener el calentamiento global

Modificar la atmósfera terrestre de forma intencionada mediante ingeniería para compensar la subida de la temperatura es mucho más factible de lo que imaginas, según David Keith. Pero, ¿es una buena idea?

  • Lunes, 11 de marzo de 2013
  • Por David Rotman
  • Traducido por Lía Moya (Opinno)

Este es el plan. Equipar varios jets Gulfstream con motores militares y con equipo para producir y dispersar finas gotas de ácido sulfúrico. Hacer que vuelen a una altura de 20 kilómetros, bastante más que la altitud de crucero para un jet comercial, pero dentro de su alcance. A esa altitud, en los trópicos, los aviones están en la baja estratosfera. Los aviones pulverizarían el ácido sulfúrico, controlando cuidadosamente la velocidad de liberación. El azufre se combinaría con el vapor de agua para convertirse en aerosol de sulfato, finas partículas de menos de un micrómetro de diámetro. Estas se verían impulsadas hacia arriba por los patrones naturales del viento y se dispersarían por todo el planeta, incluyendo los polos. Una vez esparcido por la estratosfera, el aerosol reflejaría alrededor del 1 por ciento de la luz del sol que llega a la Tierra de vuelta al espacio. Ampliar lo que los científicos denominan el albedo del planeta, o su poder reflectante, compensará parcialmente los efectos del calentamiento producido por un aumento en los niveles de gases de efecto invernadero.

El autor de este plan de geoingeniería, David Keith, no quiere ponerlo en práctica ahora mismo, más bien nunca, si puede ser. Hace falta mucha más investigación para determinar si inyectar azufre en la estratosfera tendría consecuencias peligrosas como modificar los patrones de precipitaciones o comerse aún más la capa de ozono que nos protege de la radiación ultravioleta. Aún más peliagudas, en cierto sentido, son las cuestiones éticas y de gobierno que rodean a la geoingeniería, preguntas que giran en torno a quién debería permitírsele hacer qué sobre qué y en qué momento. Aún así, Keith, profesor de física aplicada en la Universidad de Harvard (EE.UU.) y experto líder en tecnología energética, ha hecho la suficiente cantidad de análisis como para decidir que podría ser una forma fácil y barata de evitar algunos de los peores efectos del cambio climático.

Según los cálculos de Keith, si las operaciones comenzaran en 2020, harían falta 25.000 toneladas métricas de ácido sulfúrico para recortar el calentamiento global a la mitad en un año. Una vez en marcha, la inyección de ácido sulfúrico se seguiría haciendo de forma continua. Para 2040, harían falta unos 11 jets repartiendo aproximadamente 250.000 toneladas métricas anuales, con un coste de 700 millones de dólares (unos 537 millones de euros) para compensar el calentamiento producido por niveles cada vez mayores de dióxido de carbono. Para 2070, calcula, el programa tendría que estar inyectando un poco más de un millón de toneladas anuales usando una flota de cien aviones.

Una de las cosas sorprendentes de la propuesta de Keith es la escasa cantidad de azufre necesaria. Según sus cálculos, unos pocos gramos en la estratosfera compensarán el calentamiento producido por una tonelada de dióxido de carbono. E incluso la cantidad necesaria para 2070 se queda pequeña al lado de las aproximadamente 50 millones de toneladas métricas de azufre que emite la combustión de combustibles fósiles cada año. La mayor parte de esa contaminación se queda en la parte baja de la atmósfera, y las moléculas de azufre se eliminan en cuestión de días. Por el contrario, las partículas de sulfato permanecen en la estratosfera algunos años, con lo que son más eficaces reflejando la luz del sol. 

La idea de usar aerosoles de sulfato para compensar el calentamiento no es una novedad. Versiones más burdas del concepto han estado en circulación al menos desde que un climatólogo ruso llamado Mikhail Budkyo propusiera la idea a mediados de la década de 1970, y descripciones más refinadas de cómo podría hacerse se llevan debatiendo desde hace décadas. En la actualidad la idea de usar partículas de azufre para contrarrestar el calentamiento -una técnica que se suele llamar gestión de la radiación solar o SRM en sus siglas en inglés- es el sujeto de cientos de artículos científicos de investigadores que usan modelos informáticos para intentar predecir sus consecuencias.

Pero Keith, que escribe sobre geoingeniería desde principios de la década de 1990, ha destacado como figura líder en el campo por su agresiva defensa pública de la necesidad de investigar la tecnología más a fondo y su disposición a hablar resueltamente sobre cómo podría funcionar. Si añadimos a eso sus impecables credenciales académicos -él año pasado la Universidad de Harvard le atrajo desde la Universidad de Calgary (Canadá) con dos puestos, uno en la facultad de ingeniería y otro en la Escuela de Gobierno Kennedy- , Keith se convierte en una de las voces más influyentes en el campo de la geoingeniería solar. Es uno de los pocos científicos que ha llevado a cabo detallados estudios de ingeniería y cálculos logísticos sobre cómo se podría llevar poner en práctica la SMR. Y si él y su colaborador James Anderson, un químico atmosférico de renombre de Harvard, consiguen financiación pública, planean llevar a cabo algunos de los primeros experimentos de campo para valorar los riesgos de la técnica. 

Inclinado hacia delante desde el borde de su silla en un pequeño y sobrio despacho de Harvard en un día atípicamente cálido de este invierno, explica su urgencia. Se corten o no de raíz las emisiones de gases de efecto invernadero -y existen pocas pruebas de que esas reducciones estén en camino- "existe una posibilidad realista de que las tecnologías de geoingeniería solar puedan servir para reducir los riesgos climáticos de forma significativa, y estaríamos actuando con negligencia si no estudiáramos esa posibilidad", explica. "No digo que vaya a funcionar y no digo que debamos hacerlo". Pero "sería temerario no empezar a investigar en serio sobre el tema", añade. "Cuanto antes descubramos si funciona o no, mejor".

El motivo más importante por el que Keith y otros científicos están explorando la geoingeniería solar es sencillo y está bien documentado, aunque se suele pasar por alto: el calentamiento producido por la acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera es, a todos los efectos, irreversible, porque el cambio climático está directamente relacionado con el total acumulado de emisiones. Aunque detengamos las emisiones en seco, las elevadas concentraciones del gas en la atmósfera perdurarán durante décadas. Y según estudios recientes, el propio calentamiento proseguirá incesantemente durante al menos mil años. Si, pongamos por caso,  descubrimos en 2030 o 2040 que el cambio climático resulta intolerable, solo con recortar las emisiones no resolveremos el problema.

"Esa es la idea clave", afirma Keith. Aunque apoya con firmeza la necesidad de reducir las emisiones de dióxido de carbono tan rápido como se pueda, afirma que si los "dados" del clima se lanzan en nuestra contra, eso no será suficiente: "de hecho, lo único que creemos que podría servir para revertir el calentamiento mientras vivamos es la geoingeniería".

El Experimento

Está claro que David Keith ve el mundo a través de los ojos de un físico experimental. Durante su época de estudiante en el laboratorio de David Pritchard en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (EE.UU.) encabezó un proyecto que construyó el primer interferómetro de átomos. Keith y sus compañeros superaron a algunos de los principales laboratorios de física atómica del mundo, entre ellos el de la Universidad de Stanford dirigido por Steven Chu, quien posteriormente ganaría un premio Nobel y ejercería como Secretario de Defensa de Estados Unidos. Todo el mundo sabía que el interferómetro sería un avance, recuerda Pritchard, pero Keith demostró una rara combinación de creatividad y la capacidad para "seguir adelante" a pesar de las frustraciones y dificultades para construirlo y probarlo. Sin embargo, Keith explica que su extraordinario descubrimiento le llevó a "alejarse de la física atómica", en parte porque una de las aplicaciones más evidentes de la interferometría atómica era la construcción de giroscopios de alta precisión para submarinos armados con misiles.

Pronto Keith pasó del esotérico mundo de la física atómica a los problemas energéticos. En 1992 publicó un artículo titulado "Una análisis serio de la geoingeniería", uno de los primeros análisis científicos rigurosos sobre el tema. No importó a casi nadie.

Efectivamente, el campo de la geoingeniería permaneció más o menos dormido durante gran parte de la década siguiente. Un puñado de científicos serios escribieron algún que otro artículo y el campo atrajo a una robusta corte de fanáticos, pero el debate académico sobre el tema -por no hablar de la investigación- siguió siendo un tabú. Muchos sentían que discutir la geoingeniería como una opción realista apartaría la atención de la urgencia de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero en 2006 Paul Crutzen, uno de los principales climatólogos del mundo y ganador en 1995 del premio Nobel en química por su trabajo sobre el agotamiento del ozono de la atmósfera, publicó un artículo llamado "Potenciación del albedo mediante inyecciones de azufre en la estratosfera: ¿Una contribución para resolver un dilema político?".

En el artículo Crutzen reconocía que la "forma preferida" de abordar el cambio climatológico era reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero concluía que llevar a cabo los recortes necesarios no era más que "un deseo devoto". No solo daba su bendición a la idea e la geoingeniería, sino que destacaba el uso de aerosoles de sulfatos en concreto como un campo que merecía la pena investigar, a pesar de que se sabe que estas partículas pueden facilitar las reacciones químicas que conducen a la desaparición del ozono. Destacó la erupción del volcán Pinatubo en una isla de las Filipinas en 1991 como prueba de que las partículas de sulfato pueden enfriar el planeta. El volcán gigante expulsó unos 10 millones de toneladas métricas de azufre a la estratosfera. Análisis posteriores demostraron que la temperatura mundial disminuyó de media 0,5 ºC  durante un par de años.

En un momento en el que muchos expertos se sentían cada vez más frustrados con la falta de avances para recortar la emisión de gases de efecto invernadero, el artículo permitió que se debatiera más abiertamente el tema de la alteración intencionada del clima. En los años siguientes, la geoingeniería recibió aún más atención, incluyendo exámenes de alto perfil por la Royal Society del Reino Unido y el Centro de Política Bipartidista de Washington (EE.UU.), ambas instituciones recomendaron seguir explorando la SRM. (Keith ayudó a escribir ambos informes). A esto han seguido innumerables modelos y simulaciones informáticas. Pero ahora Keith está ansioso por llevar a cabo experimentos de campo.

Es una idea muy polémica. Muchos climatólogos aún creen que la experimentación de campo es prematura y los críticos de la geoingeniería tienden a creer que sería el primer paso de lo que se convertiría en un camino inexorable hacia el despliegue a gran escala. El año pasado, el clamor público de varios grupos medioambientales sirvió para clausurar un sencillo experimento propuesto por un equipo de investigadores británicos. El grupo quería bombear agua hasta la altura de un kilómetro a través de una fina manguera sujeta en lo alto por un globo de helio. El objeto de la prueba era ver si se podría usar un sistema parecido en el futuro para inyectar partículas de azufre en la estratosfera a una altitud de 20 kilómetros.

Los experimentos que plantean Keith y Anderson son mucho más ambiciosos. Sus objetivos son, en primer lugar, probar cómo se debería distribuir el ácido sulfúrico para optimizar el tamaño y la duración de las partículas resultantes y, en segundo lugar, medir cómo afecta el azufre al ozono en la altitud y bajo las condiciones asociadas con la SRM.

Anderson, que contribuyó a descubrir los procesos químicos que hay detrás del agujero de ozono que apareció en la Antártida durante la década de 1980, afirma que el "sistema demoníaco" que implica a las partículas de sulfato en la destrucción del ozono es muy sensible a los niveles de vapor de agua en el aire. Así que, en una serie de experimentos, usando un plan basado en trabajos anteriores de Anderson, el grupo enviaría un globo lleno de helio a la baja estratosfera, usaría un hilo de kevlar para bajar latas llenas de vapor de agua y azufre y liberar pequeñas cantidades de las muestras. Después los investigadores dejarían caer instrumentos analíticos de láser en miniatura para hacer un seguimiento de la química en la pequeña zona "sembrada". Este montaje, según Anderson, permite un "control exquisito" y una forma de seguir con precisión el efecto de distintas cantidades de azufre y vapor de agua.

Anderson hace hincapié en que el experimento no tendría ningún efecto imaginable sobre la estratosfera, solo usaría "microcantidades" de azufre y se limitaría a una región muy pequeña. Y afirma que es fundamental estudiar las reacciones en las condiciones "donde realmente tienen lugar" y no en los confines del laboratorio.

A pesar de todo, y aunque está deseando probar la SRM, Anderson afirma que añadir sulfatos a la estratosfera la preocupa "tremendamente" por el impacto potencial sobre el ozono. Señala a un estudio publicado por su grupo el año pasado en la revista Science en el que se demuestra que las tormentas de verano cada vez más intensas que sufre Estados Unidos -potenciadas por el calentamiento global- están inyectando más vapor de agua en la estratosfera. Según él, eso podría acelerar las reacciones que destruyen el ozono: "Si la naturaleza está añadiendo más vapor de agua a la estratosfera y nosotros añadimos sulfatos, es un cóctel letal para la pérdida de ozono".

Keith se presenta más optimista. "Las incertidumbres son sustanciales", afirma. "Podrías tener resultados muy malos para el ozono, pero también hay formas en las que podrías no tener ningún impacto o incluso un impacto positivo sobre el ozono". En cualquier caso, explica, es "una locura" no empezar a llevar a cabo experimentos en geoingeniería solar para descubrirlo. Casi todo e trabajo hecho en SRM se basa en modelos informáticos y Keith afirma que necesitamos pasar a "experimentos de perturbación" para aprender si podemos usarla de forma segura para intervenir eficazmente sobre el clima. El campo "necesita madurar" y empezar a hacer experimentos "en el mundo real", afirma.

Locos de atar

Los críticos de la SRM -e incluso sus defensores- señalan que la tecnología tiene numerosas limitaciones y que nadie tiene la certeza absoluta sobre cuáles serían las consecuencias. Los aerosoles de sulfatos reflejan el sol en la atmósfera superior, enfriando así el planeta. Pero los gases de efecto invernadero operan de una forma muy distinta, atrapando la radiación infrarroja de onda larga que escapa de la superficie de la Tierra, calentándola por lo tanto. Aunque es probable que los sulfatos contrarresten el calentamiento, no está claro exactamente cómo contrarrestarían algunos de los otros efectos de los gases de efecto invernadero, especialmente los cambios en los patrones de precipitación y la SRM no serviría para reducir la acidificación de los océanos provocada por niveles cada vez mayores de dióxido de carbono en la atmósfera.

"El término 'gestión de la radiación solar' es decididamente orwelliano", afirma ­Raymond Pierre­humbert, geofísico de la Universidad de Chicago (EE.UU.) "Está hecho para darte la impresión de que realmente entendemos lo que haríamos. Es una forma de aumentar los niveles de aceptación de esta locura. De lo que estamos hablando en realidad es de modificar el planeta en un caso en el que en realidad no sabemos qué va a hacer". Al dar la prestigiosa Conferencia Tyndall en la reunión anual de la Unión de Geofísica Americana en diciembre del año pasado, Pierre­humbert afirmó que la idea de colocar sulfatos en aerosol en la estratosfera era de "locos de atar".

Pierre­humbert también rechaza el valor de los experimentos de campo. "Toda la idea de la geoingeniería es tal locura y llevaría a unas consecuencias tan desastrosas que no tiene ningún sentido. Ya sabemos lo suficiente sobre la ingeniería del albedo con sulfatos para saber que dejaría al mundo en un estado bastante precario. Los experimentos de campo son un paso muy peligroso hacia el despliegue definitivo y tengo muchas dudas sobre qué aprenderíamos en realidad".

El problema fundamental de la ingeniería del albedo, afirma Pierre­humbert es que una vez que empecemos a usarla, tendremos que seguir haciéndolo indefinidamente. Puesto que solo contrarresta el calentamiento, una vez se detiene el proceso, los cambios de temperatura provocados por los gases de efecto invernadero se manifestarán repentina y dramáticamente. "Si paras o tienes que parar, te conviertes en una tostada", sostiene. Ni siquiera usarlo como una tirita temporal tiene sentido, argumenta: "Una vez llegado al punto en términos de cambio climático en el que sientes que tienes que usarla, entonces tendrás que usar la SRM para siempre". Cree que esto convierte a la idea en algo "completamente imposible".

Además, según Pierre­humbert, nuestros modelos climáticos "no están lo suficientemente avanzados como para empezar a pensar siquiera en hacer ingeniería sobre el planeta". En concreto, los modelos informáticos no predicen con precisión patrones regionales específicos de precipitación. Y, afirma, no se puede usar los modelos existentes para saber cómo afectaría la geoingeniería por ejemplo a los monzones indios o la precipitación en zonas con tendencia a la sequía como el norte de África. "Nuestra capacidad para poder decir de verdad cuáles serán los patrones climatológicos regionales en un mundo afectado por la geoingeniería es muy limitada", afirma.

Mientras, Alan Robock tiene una larga lista de preguntas respecto a la SRM, la primera de ellas: ¿se puede hacer siquiera? Robock, experto en cómo afectan los volcanes al clima y profesor de ciencias medioambientales en la Universidad Rutgers (EE.UU.), avisa de que si bien la erupción de Pinatubo confirmó el efecto enfriador de los sulfatos en aerosol, inyectó una cantidad masiva de dióxido de azufre en la estratosfera en el curso de unos pocos días. La geoingeniería solar usaría mucho menos azufre, pero lo dispersaría continuamente a lo largo de un periodo prolongado y esa podría ser una diferencia crítica. La forma óptima de lograr la SRM es mediante partículas de azufre de medio micrómetro de diámetro. La luz del sol se refleja sobre la superficie de las partículas y las partículas más pequeñas tienen mayor superficie, lo que has lace mucho más eficientes a la hora de bloquear el sol. A Robock le preocupa que según se vaya inyectando azufre de manera continua y aumenten las concentraciones, las pequeñas partículas se agrupen formando partículas mayores, y entonces haría falta mucho más azufre de lo que suponen algunas de las propuestas actuales.

Estos detalles de la química de los aerosoles podrían servir para decidir la viabilidad de la SRM. "David Keith cree que será fácil y barato y yo no estoy de acuerdo", afirma Robock. Calcula que habría que inyectar varios millones de toneladas de azufre en la atmósfera anualmente para contrarrestar los niveles duplicados de dióxido de carbono, pero si las partículas se agrupan, "podría hacer falta mucho más que eso".

Las investigaciones llevadas a cabo hasta la fecha indican que producir una nube en la estratosfera - la descripción que más le gusta a Robock de la SRM- "podría enfriar el clima", afirma. "Pero tendríamos un planeta muy distinto y otras cosas podrían empeorar". Señala, por ejemplo, que tras la erupción del Pinatubo, las precipitaciones se redujeron de forma significativa en algunas partes del mundo. Robock está a favor de que se hagan más modelos de geoingeniería solar, pero "ahora mismo no veo un camino para ponerlo en práctica", explica. "No veo que los beneficios superen a los perjuicios".

Aún así, la interpretación que hacen los climatólogos de la investigación sobre esos riesgos varía enormemente. Phil Rasch, por ejemplo, científico jefe de climatología en el Laboratorio del Pacífico Noroeste en Richland, Washington (EE.UU.), avisa con cautela de que los modelos aún no indican "fallos críticos" que descarten la consideración de determinadas estrategias de SRM.

Rasch que publicó un artículo conjunto con Crutzen en 2008 sobre el uso de aerosoles de sulfatos para llevar a cabo geoingeniería, afirma que las investigaciones demuestran que las partículas reducirán algo los niveles de ozono -"Es algo a lo que tenemos que prestar atención necesariamente"- pero que la pérdida de ozono se compensaría en cierta medida por la habilidad de las partículas de sulfato para bloquear la radiación ultravioleta. En cuanto a las precipitaciones, afirma, los modelos tienden a estar de acuerdo en que la SRM "conduce a un mundo futuro más parecido al actual respecto a la precipitación que si no se hace geoingeniería". En general, afirma Rasch, la SRM mantendría a raya algunos de los efectos del cambio climático, aunque "algunas partes del planeta se verían más afectadas que otras y quedan muchos temas sin explorar".

""El término 'gestión de la radiación solar' es decididamente orwelliano, es una forma de hacernos sentir más cómodos con esta locura". —Raymond Pierrehumbert

Una moratoria

Las incertidumbres científicas y la perspectiva de ganadores y perdedores entre distintas partes del mundo hacen que sea casi imposible tener una idea de cómo poner en marcha y controlar de forma adecuada la SRM. ¿Cómo podríamos diseñar el sistema internacional de gobierno que acabaría por ser necesario? ¿Quién decidiría cómo y cuándo poner en marcha la tecnología? ¿Quién haría el seguimiento y el control de la misma? ¿Quién fijaría el termostato de la Tierra y a qué temperatura? Si acaso, las preguntas respecto a quién tomaría las decisiones sobre la geoingeniería solar son más desalentadoras que las preguntas sobre la propia ciencia.

Aunque la necesidad de crear un órgano de gobierno esté a años vista, Keith y varios de sus colaboradores cercanos, incluyendo a Edward Parson, profesor de derecho en la Universidad de California en Los Ángeles (EE.UU.) ya están pensando en cómo podría evolucionar dicho sistema. Investigar la tecnología es clave, afirma Parson, para lograr una mejor comprensión de lo que es capaz la geoingeniería solar y cuáles son los riesgos. Sin ese conocimiento, explica, "no sabrás lo que hay que gobernar".

La polémica sobre los experimentos de campo como los que diseñan Keith y Anderson, está sirviendo como un primer campo de batalla para los temas sociales y políticos. Keith está decidido a que los trabajos no sigan adelante a menos que él y sus compañeros reciban financiación y apoyo público de agencias científicas establecidas. Él y sus colaboradores consideran los experimentos como una primera prueba no solo para la tecnología, sino también pata cómo podría funcionar un sistema de gobierno de la misma. La esperanza, según Parson, es que el proceso de financiación y aprobación proporcione una oportunidad para establecer "normas" que ayudarán a dar forma a los debates a largo plazo, estándares como transparencia, examen público y revelación abierta de los resultados.

Nadie cree que los experimentos de campo en los que se vean involucradas diminutas cantidades de azufre sean físicamente peligrosos, afirma Parson. "Lo que preocupa a la gente", explica, "son las consecuencias políticas y sociales de que la investigación siga adelante, seguida de experimentos cada vez mayores, lo que conduce al resbaladizo terreno del despliegue a escala completa". Estas preocupaciones deben tomarse en serio, afirma: "Hay que animar la investigación a pequeña escala, pero es necesaria alguna forma de gobierno limitada para mitigar el riesgo de acabar en el despliegue". Él cree que las agencias científicas de financiación ya establecidas podrían hacerse cargo de ello. Y sugiere que los primeros experimentos deben ser limitados estrictamente y los investigadores deben afirmar claramente que nadie va a hacer nada a lo grande por el momento.

Keith y sus colaboradores están animando a sus compañeros investigadores a firmar un acuerdo que "funcionaría como una moratoria" sobre el despliegue de ingeniería solar. Keith cree que eso calmaría los temores de que hay quien se está precipitando con la tecnología, temores que admite "tienen su base" puesto que de hecho no existen leyes o reglamentos internacionales que impidan a nadie llevar a cabo planes de geoingeniería. Espera que al firmar una moratoria los científicos podrían "ayudar a liberar la investigación" sobre los riesgos y la eficacia de la SRM.

Encendiéndolo

A veces, durante unos breves momentos, Keith entra en una animada indignación con los críticos de la SRM. Un momento después, sin embargo, se encuentra contestando a las críticas con calma y lógica y respuestas a las que ha llegado después de años de pensar y escribir sobre la geoingeniería. Dibuja un gráfico que demuestra que, de hecho, la inyección de azufre se podría acabar racionalmente un siglo o antes de que haya empezado; aunque los cambios climáticos que enmascarase volverían, la tasa de cambio que afecta a ecosistemas y humanos se habría ralentizado y gestionado. La idea de que iniciar la SRM nos obligaría a mantenerla de forma indefinida "no es cierta", afirma con su característica seguridad.

Incluso muchos de los principales defensores de la investigación en SRM afirman que la tecnología sería un último recurso casi impensable para un mundo desesperado que se enfrentase a cambios climáticos tan destructivos que merecería la pena asumir los riesgos. Keith, sin embargo, tiene una visión mucho menos apocalíptica. "Si de verdad hemos encontrado algo que podría reducir sustancialmente el riesgo de cambio climático a lo largo del próximo siglo y salvar muchas vidas, no hay por qué alterarse", afirma, "hay que celebrarlo". De hecho, afirma que encajar la geoingeniería como un último recurso en una emergencia climatológica es "un poco un truco retórico": deja sin definir qué es una "emergencia climatológica" y "no existe una definición sencilla".

El enfoque propuesto por Keith es a la vez más intencionado y más radical: "En mi opinión, deberíamos empezar las investigaciones reales ahora, y si resulta que la SRM es capaz de reducir significativamente los riesgos climáticos sin demasiados riesgos propios -algo que puede o no ser verdad- entonces deberíamos empezar a hacer esto relativamente pronto, pero con un crecimiento muy lento". Él cree que la tecnología podría estar lista para desplegarse tan pronto como 2020 (o, siendo más realistas, 2030) e implicaría niveles de azufre estratosférico "prácticamente" dentro de los márgenes normales durante la primera década. El proceso se podría seguir y evaluar, y como las cantidades de azufre inyectadas en la estratosfera serían relativamente pequeñas, "las posibilidades de que el problema sea grave son cercanas a cero".

Se suele suponer que la SRM se "encendería con un gran interruptor", explica Keith. "Pero no existen motivos por los que no se pueda poner en práctica poco a poco". Y esa posibilidad de encender el sistema despacio y con un riesgo mínimo está detrás de su "disposición a tomarse la geoingeniería en serio", afirma: "Si fuera una decisión que solo se pudiera tomar una vez, sería mucho más escéptico respecto a hacerlo. Sería muy difícil convencerme de que es sensato". Dada la posibilidad de un enfoque más intencionado, "debo decir que me inclino mucho en favor de hacerlo".

Al escuchar los argumentos lógicos y las cuidadosas descripciones de Keith sobre cómo se podría llevar a cabo la SRM, se puede empezar a creer que modificar el clima de forma intencionada no sería una acción extrema. Pero lo sería. Crearía un planeta distinto, hasta el color del cielo sería más blanco. Y casi seguro sería una medida desesperada. Por otra parte, la acumulación de gases de efecto invernadero ya está alternado la atmósfera y el clima de forma sin precedentes y sin control. ¿Supone un salto muy grande hacer "ingeniería" intencionada para contrarrestar eso? Y Keith está definitivamente en lo cierto respecto a que los investigadores del clima deberían explorar la geoingeniería solar para decidir si realmente funcionaría y cómo de segura sería, y que los científicos políticos tienen que empezar a pensar sobre cómo podríamos poner en práctica un proyecto planetario sin precedentes de este tipo. Entonces solo quedará que la sociedad y los gobiernos se enfrenten a la imposiblemente difícil tarea de decidir si lo hacen o no.

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