Negocios

Quien posea los robots acaparará las riquezas del mundo

En plena crisis laboral, la tecnología se debate entre suponer una mejora la productividad o una amenaza para los trabajadores

  • Miércoles, 17 de junio de 2015
  • Por David Rotman
  • Traducido por Teresa Woods

Nota del editor: Este es el tercer entrega de una serie de tres artículos sobre los efectos de software y la automatización sobre la economía. Puedes acceder a los primeros dos artículos aquí y aquí.

La forma en la que Hod Lipson describe su Laboratorio de Máquinas Creativas refleja sus ambiciones: "Nos interesan robots que creen y sean creativos". Lipson, profesor de ingeniería de la Universidad de Cornell -aunque en julio su laboratorio se traslada a la Universidad de Colombia en Nueva York (ambas en EEUU)- es uno de los expertos líderes a nivel mundial en la inteligencia artificial y los robots. Sus proyectos de investigación proporcionan un pequeño vistazo a las posibilidades intrigantes de las máquinas y la automatización, desde robots que "evolucionan" hasta otros que se montan a sí mismos a partir de módulos básicos. (Sus compañeros de la Universidad de Cornell están desarrollando robots que pueden ejercer de ayudante de cocina o camarero). Hace unos años, Lipson demostró un algoritmo que explicaba datos experimentales mediante la formulación de nuevas leyes de la ciencia, las cuales concordaban con las leyes ya conocidas y demostradas de la ciencia. En efecto, había automatizado el descubrimiento científico.

La versión del futuro de Lipson es una en la que las máquinas y el software estarían dotados con capacidades inconcebibles hasta hace poco. Pero ha empezado a preocuparse por otra cosa que también habría sido impensable hace hace pocos años. ¿Podrían los rápidos avances en la automatización y la tecnología digital provocar agitación social por la eliminación de las carreras profesionales de mucha gente, aunque al mismo tiempo generen grandes riquezas para otros?

"La automatización guidada por ordenadores se está colando cada vez más en todas partes, desde la fabricación hasta la toma de decisiones", dice Lipson. Sólo durante los últimos dos años, comenta, el desarrollo del llamado aprendizaje profundo ha desencadenado una revolución en la inteligencia artificial, y la impresión en 3D ha comenzado a cambiar los procesos industriales de producción. "Durante mucho tiempo el entendimiento común era que la tecnología estaba destruyendo empleos pero también creando nuevos, y mejores, empleos", dice Lipson. "Ahora las pruebas indican que la tecnología está destrozando empleos y efectivamente creando nuevos y mejores empleos, pero también en menor cantidad. Es algo en lo que nosotros, como tecnólogos, tenemos que empezar a pensar".

La preocupación de que el avance tecnológico destruya empleos data al menos de principios del siglo XIX, durante la revolución industrial en Inglaterra. En 1821, un par de años después de las protestas ludistas, el economista británcio David Ricardo se preocupaba por "la sustitución de maquinaria por el trabajo humano". Y en 1930, durante el auge de la recesión económica mundial, John Maynard Keynes advertía del "desempleo tecnológico" causado por "nuestro descubrimiento de medios de economizar el uso de mano de obra". (Keynes, sin embargo, pronto añadió que "esto sólo representa una fase temporal de maladaptación").

Ahora, de nuevo la tecnología está bajo sospecha mientras Estados Unidos, Europa y gran parte del mundo desarrollado se enfrentan a la creciente desigualdad económica. Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) concluyó que la brecha entre los ricos y los pobres se sitúa en un nivel de altos históricos en muchos de los países miembro, impulsado en gran parte por un descenso salarial para el 40% de la población en posiciones más bajas. Muchas de las personas que menos ganan han visto caer los sueldos de forma a lo largo de las últimas décadas, y la OCDE advierte que la desigualdad salarial ya está minando el crecimiento económico. Mientras tanto, la erosión de la clase media estadounidense y la presión ejercida sobre los trabajadores con los sueldos más bajos es dolorosamente obvia desde hace años.

Sólo el 68% de los hombres entre las edades de 30 años y 45 años con una educación secundaria trabajaban a jornada completa en 2013, según un informe reciente del proyecto Hamilton del Instituto Brookings, un grupo de póliticas públicas con sede en Washington D.C. (EEUU). Hace décadas que las ganancias del trabajador medio no siguen el ritmo del crecimiento económico. El sueldo medio de un hombre sin estudios secundarios cayó en un 29% desde 1990 hasta 2013, mientras que el sueldo de los que sólo terminaron los estudios secundarios cayó en un 13%. Las mujeres les ha ido un poco mejor, aunque generalmente siguen ganando menos que los hombres. Durante el mismo período, los ingresos de las mujeres sin estudios secundarios cayeron un 12%, mientras que los sueldos de las mujeres que acabaron los estudios secundarios subieron un 3%.

¿Auguran los rápidos avances en la inteligencia artificial y la automatización un futuro en el que los robots y software reduzcan drásticamente la demanda de empleados humanos?

Es de una dificultad infame determinar los factores que contribuyen a la creación de empleos y las ganancias, y es especialmente difícil aislar el impacto concreto de la tecnología de, por ejemplo, la globalización, el crecimiento económico, el acceso a la educación, y las políticas fiscales. Pero los avances tecnológicos ofrecen una explicación plausible, aunque parcial, del declive de la clase media. Una opinión que prevalece entre los economistas es que la gente simplemente no está dotada de la formación y educación requeridas por el número en aumento de trabajos que exigan habilidades tecnológicas sofisticadas. Al mismo tiempo, el software y las tecnologías digitales han desplazado a muchos tipos de trabajos que incluyen tareas rutinarias como las de la contabilidad, la gestión de nóminas, y trabajos administrativos, lo que obliga a muchos trabajadores a ocupar puestos mal pagados o simplemente abandonar el mundo laboral. Si a eso se suma la creciente automatización en los procesos de fabricación, lo que ha eliminado muchos puestos de trabajo de clase media a lo largo de las últimas décadas, se empieza a entender porqué gran parte de la población trabajadora se siente estrujada.

Estas son tendencias a largo plazo que surgieron hace décadas, según el economista de MIT David Autor, que ha estudiado "la polarización laboral" - la desaparición de trabajos de habilidad media mientras aumenta la demanda de trabajos manuales de salario bajo por un lado y de trabajos de habilidad alta por el otro. Este efecto de "vaciar" la sección media de la fuerza laboral, dice, "viene produciéndose desde hace tiempo".

Sin embargo, la crisis económica que arrancó en 2008 puede haber acelerado la destrucción de muchos trabajos bien pagados que implican tareas repetitivas que podrían automatizarse. Estos llamados trabajos rutinarios "se cayeron por un precipicio durante la recesión", dice el economista de la Universidad de Columbia Británica (Candá) Henry Siu, "y no ha habido una gran recuperación". En este tipo de empleos, que incluye trabajos de cuello blanco en ventas y administración además de empleos de cuello azul en trabajos de montaje y la operación de maquinaria, lo que supone aproximadamente el 50% de los empleos de Estados Unidos. Las investigaciones de Siu también demuestran que la desaparición de estos empleos ha afectado de manera más severa a las personas de edades comprendidas entre los 20 y 30 años, muchos de los cuales parece que han dejado de buscar empleo.

Eso, de por sí, ya es bastante malo, pero hay un miedo aún más fundamental. ¿Es esto un presagio de lo que vendrá para los otros sectores de la fuerza de trabajo, mientras la tecnología asume una parte cada vez mayor de los empleos considerados desde hace mucho como el camino seguro hacia una vida de clase media? ¿Estaremos al principio de una transformación económica única en la historia, maravillosa por lo que podría aportar en cuanto a la mejora de la medicina, los servicios y productos, pero devastadora para aquellos que no estén en condiciones de aprovechar los beneficios financieros? ¿Reemplazarán los robots y el software a la mayoría de los trabajadores humanos?

Asustando a los niños

Nadie conoce la respuesta. Muchos economistas ven pocas pruebas convincentes de que los avances tecnológicos sean responsables del descenso del número de trabajos (ver "Cada empleo que destruye la tecnología genera uno nuevo" ), o de que lo que estamos experimentando sea distinto a transiciones anteriores cuando la tecnología destruyó algunos empleos pero con el paso del tiempo aumentó las oportunidades de empleo. Aun así, durante los últimos años varios libros y artículos han argumentado que los recientes avances en la inteligencia artificial y la automatización se diferencian de una forma intrínsica de anteriores avances tecnológicos en lo que presagian para el futuro del empleo. Martin Ford es uno de los que cree que esta vez es distinta. En su nuevo libro Rise of the Robots: Technology and the Threat of a Jobless Future (sin traducción al castellano), Ford señala numerosos ejemplos de nuevas tecnologías, como coches sin conductor y la impresión 3D, que cree que efectivamente acabarán por reemplazar la mayoría de los trabajadores del sector. ¿Cómo, entonces, nos adaptaremos a este "futuro sin empleo"?

Ford recomienda un sueldo básico garantizado como parte de la solución. Dicho en términos simples, su receta sería de dar una cantidad modesta de dinero a la gente. La idea no es nueva. Una versión, llamado impuesto de renta negativa, la popularizó el economista Milton Friedman a principios de la década de 1960 como un modo de reemplazar parte de la creciente burocracía gubernamental. Y Ford cita al economista Friedrich Hayek, que en 1979 describió asegurar un sueldo mínimo como un método de establecer "una especie de suelo por debajo del cual nadie tiene por qué caer incluso cuando no puede abastecerse por sí mismo". Tanto Richard Nixon como su rival presidencial George McGovern, un demócrata liberal, abogaron alguna versión de esta política.

La idea dejó de estar de moda en algún momento de la década de 1980, pero ha resurgido en años recientes como una forma de ayudar a las personas excluidas del mercado laboral. En su versión libertaria, proporciona una manera de proveer una red de seguridad con una implicación mínima gubernamental; en su versión mas progresista, actua de suplemento a otros programas de ayuda para los económicamente desfavorecidos.

Se ha debatido interminablemente si se trata de una buena política o buena política social. Recientemente otros han sugerido una política relacionada: extender el Crédito Tributario por Ingresos del Gobierno estadounidense, lo que dotaría a los trabajadores peor pagados con algo de dinero extra. Estas ideas probablemente tengan sentido como forma de fortalecer la red de seguridad social. Pero si crees que el rápido avance de la tecnología podría eliminar la demanda de la mayoría de los trabajadores, tales políticas hacen poco para enfrentar ese escenario. Permitir que un gran número de trabajadores se vuelvan irrelevantes en una economía centrada en la tecnología sería un desperdicio enorme de talento y ambición humanas - y probablemente supondría una enorme carga económica para la sociedad. Además, un sueldo básico garantizado no ofrecería mucho a las personas de clase media cuyos trabajos peligran, ni a los que hayan perdido la seguridad económica recientemente por la ausencia de trabajos bien remunerados. 

También puede ser algo prematuro prepararse para un futuro distópico sin apenas trabajos. El libro Rise of the Robots de Ford ofrece muchos ejemplos de impresionantes logros en la automatización, software, y inteligencia artificial que podrían eliminar algunos trabajos - incluso algunos que requieran profesionales con grandes niveles de formación como la radiología y derecho. Pero, ¿cómo evaluar exactamente cómo tecnologías concretas como estas afectarán el número total de empleos que forman parte de la economía?

De hecho, no existen apenas pruebas de cómo incluso la automatización actual está afectando al empleo. Guy Michaels and Georg Graetz de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres (Reino Unido) han examinado recientemente el impacto de los robots industriales en la industria de la fabricación en 17 países desarrollados. Sus hallazgos cuentan una historia contradictoria: los robots sí parecen haber reemplazado algunos trabajos humanos de habilidad baja, pero el impacto más importante fue el aumento significativo del nivel de productividad de las fábricas, que creó a su vez nuevos empleos para otros trabajadores. Sobre todo, no existían pruebas de que la introducción de robots redujera la oferta de empleo total, dice Michaels.

Si resulta difícil cuantificar el efecto de la tecnología actual sobre la creación de empleos, es imposible predecir con precisión los efectos de avances futuros. Esto abre la puerta a especulaciones alocadas. Cogiendo un ejemplo de Ford: la fabricación molecular. Como han propuesto algunos impulsores de la nanotecnología, más notablemente el autor K. Eric Drexler, la idea es que algún día será posible fabricar casi cualquier cosa con robots a nanoescala que desplazan átomos como si de pequeños bloques de construcción se tratasen. Aunque Ford reconoce que puede que esto nunca suceda, advierte que si pasara se verían devastados muchos trabajos.

La credibilidad que Ford concede a la visión de Drexler de nanorobots trabajando como esclavos en fábricas moleculares parece menos justificado, sin embargo, dado que la idea fue desacreditada por el químico ganador del Premio Nobel Richard Smalley, hace más de una década. Smalley vio un gran potencial en la nanotecnología en campos como la energía limpia, pero su objeción a la fabricación molecular como lo describió Drexler era sencilla: ignora las leyes de la química y la física que gobiernan la manera que tienen los átomos de unirse y de interactuar entre ellos. Smalley regaño a Drexler: "Tú, y la gente a tu alrededor, habéis asustado a nuestros hijos. No espero que desistas, pero... mientras que nuestro futuro en el mundo real sea desafiante y existan riesgos reales, no existirá ese robot mecánico y autorreplictivos de tus sueños".

Aunque Ford toma nota de las críticas de Smalley, uno empieza a preguntarse si su conjurar el "ascenso de los robots" podría estar, de hecho, asustando innecesariamente a nuestros hijos. Especular acerca de posibilidades tan remotas supone una distracción de la reflexión sobre cómo afrontar inquietudes futuras, por no hablar de los problemas laborales existentes.

Una versión más realista, aunque en parte más interesante, del futuro se está escribiendo en las oficinas de Narrative Science ubicadas en el centro de Chicago. Su software, llamado Quill, puede coger datos - digamos el resultado de un partido de béisbol o el informe anual de una empresa - y no sólo hacer un resumen de su contenido sino también extraer una "narrativa". La revista Forbes ya lo emplea para crear algunos artículos sobre ganancias corporativas, y Associated Press utiliza una versión rival para escribir algunas noticias deportivas. En cuanto a la calidad del contenido, se deja leer, y se espera que mejore notablemente en años próximos.

"A corto y medio plazo, la inteligencia artificial desplazará trabajo pero no necesariamente empleo".

Aun a pesar del potencial de este tipo de tecnología, no está claro cómo afectaría al empleo. "Hoy por hoy, no hemos observado un impacto masivo de la inteligencia artificial en los trabajos de cuello blanco", dice Kristian Hammond, un informático de la Universidad Northwestern (EEUU) que colaboró en el diseño del software que está detrás de Quill y cofundador de la empresa. "A corto y medio plazo, la inteligencia artificial desplazará trabajo pero no necesariamente empleo", dice. Si las herramientas de inteligencia artificial hacen parte del trabajo sucio que implica el análisis de datos, dice, las personas se verían "liberadas para trabajar al máximo de sus capacidades".

Y a pesar de la naturaleza impresionante de Quill y otros avances recientes, Hammond aún no está convencido de que las capacidades de la inteligencia artificial genéricas estén preparadas para la expansión. El resurgimiento actual del campo, dice, está siendo impulsado por el acceso a cantidades masivas de datos que se pueden analizar rápidamente y por el aumento inmenso del poder computacional comparado con el de hace tan solo unos años. Los resultados son impactantes, pero las técnicas, incluidos algunos aspectos de los métodos de generación de lenguaje natural que emplea Quill, hacen uso de tecnologías existentes del ámbito de big data, y no por avances en la propia inteligencia artificial. Hammond dice que algunas descripciones recientes de ciertos programas de inteligencia artificial como cajas negras que adquieran capacidades de forma autodidacta suenan más a "retórica mágica" que explicaciones realistas de la tecnología. Y permanece cierta incertidumbre, añade, acerca de si el aprendizaje profundo y otros recientes avances realmente "funcionarán tan bien como se pregona".

En otras palabras, sería aconsejable templar nuestras expectativas acerca de las posibilidades futuras de la inteligencia artificial.

Los dioses de la tecnología

"Con demasiada frecuencia se habla de la tecnología como si nos hubiese llegado desde otro planeta y acabara de aterrizar en la Tierra", dice un miembro del Colegio Nuffield de la Universidad de Oxford y profesor de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres (Inglaterra), Anthony Atkinson. Pero la trayectoria de los progresos tecnológicos no es inevitable, dice: depende de las decisiones de gobiernos, consumidores y empresas mientras eligan qué tecnologías se investiguen y comercialicen y cómo se empleen.

Atkinson lleva estudiando la desigualdad desde finales de la década de 1960, un período en el cual este tema se veía relegado al segundo plano de la economía convencional. Desde entonces la desigualdad de sueldos ha aumentado de forma dramática en muchos países. Los niveles de desigualdad crecieron en Reino Unido en la década de 1980 y no han caído desde entonces, y en Estados Unidos siguen al alza, llegando a niveles sin precedentes en la historia. La publicación el año pasado del libro sorprendentemente exitóso El capital en el siglo XXI de su colaborador habitual Thomas Piketty convirtió la desigualdad en uno de los temas más candentes de la economía. Ahora el nuevo libro de Atkinson, titulado La desigualdad: ¿qué se puede hacer al respecto?, propone algunas soluciones. La primera de su lista: "fomentar la innovación de manera que aumente la contratabilidad de los trabajadores".

Cuando los gobiernos eligen qué tipo de investigaciones reciben una subvención y cuando las empresas deciden qué tipo de tecnologías emplear, inevitablemente ejercen una influencia sobre los empleos y la distribución de los salarios, dice Atkinson. No es fácil ver un mecanismo práctico para la elección de tecnologías que favorezcan un futuro en el que más gente dispone de mejores empleos. Pero, "al menos tenemos que preguntarnos" cómo estas decisiones afectarán al empleo, continua. "Es un primer paso. Puede que no cambie la decisión, pero seremos conscientes de lo que sucede y no tendremos que esperar a que alguien diga: 'Vaya, la gente ha perdido sus empleos'".

Parte de la estrategia podría surgir de cómo pensamos en la productividad y de lo que realmente queremos de las máquinas. Los economistas generalmente definen la productividad en términos del producto resultante de cierta cantidad de trabajo y capital. Mientras las máquinas y el software - capital - se vuelven más baratos y más capacitados, tiene sentido emplear menos recursos humanos. Por eso el prominente economista de la Universidad de Colombia Jeffrey Sachs predijo recientemente que los robots y la automatización pronto asumirían el mando de Starbucks. Pero hay buenas razones para creer que Sachs puede estar equivocado. El éxito de Starbucks nunca ha tratado de que la acción de tomarse un café resulte más barato ni más eficiente. Muchas veces los consumidores prefieren el contacto humano y los servicios proporcionados por humanos.

Mira las tiendas tan populares de Apple, dice el fundador de O´Reilly Media, Tim O´Reilly. Dotadas de un número infinito de enjambrantes empleados armados con iPads y iPhones, las tiendas proporcionan una alternativa persuasiva a un futuro de venta robótica; sugieren que la automatización de servicios no es necesariamente el objetivo final de la tecnología actual. "Es realmente cierto que la tecnología eliminará una clase de empleos", dice O´Reilly. "Pero existe una elección en cómo empleamos la tecnología".

En ese sentido, las tiendas Apple han dado con una estrategia ganadora al no seguir la lógica convencional ni emplear automatización para bajar costes. En su lugar, la empresa ha desplegado inteligentemente un ejército de entendidos de la tecnología portando dispositivos digitales para ofrecer una experiencia innovadora de compra y para ampliar su negocio de forma rentable.

O´Reilly también señala el enorme éxito del servicio de coches Uber. Mediante el uso de la tecnología para crear un servicio de reservas y pagos eficiente y fácil de usar, ha creado un mercado robusto. Y al hacer esto, ha aumentado la demanda de conductores - quienes, con la ayuda de un smartphone y una app, ahora tienen más oportunidades de las que dispondrían si trabajasen para una empresa convencional de taxis.

La lección es que si los avances tecnológicos están jugando un papel en el aumento de la desigualdad, este efecto no es inevitable, y puede verse alterado por decisiones del gobierno, consumidores y empresas. Como el economista Paul Krugman le dijo recientemente al público del foro llamado "Globalización, el Cambio Tecnológico, y la Desigualdad" celebrado en Nueva York, "Mucho de lo que está sucediendo [alrededor de la desigualdad salarial] no se trata de lo que nos digan los dioses de la tecnología que ha de pasar sino de hecho se debe a construcciones sociales que podrían ser distintas".

¿Quién se hará con los robots?

A veces los que apuntan a transiciones tecnológicas anteriores restan importancia a los efectos de la automatización y la tecnología digital sobre el cuadro actual de empleo. Pero eso hace caso omiso del sufrimiento y agitación de esas épocas. Los sueldos en Inglaterra se estancaron o cayeron durante los 40 años siguientes al comienzo de la Revolución Industrial, y la miseria de los trabajadores industriales está bien documentada en la literatura y las escrituras políticas de la época.

En su nuevo libro, The Great Divide (sin traducción al castellano), el economista de la Universidad de Colombia Joseph Stiglitz sugiere que la Gran Depresión también surgió como resultado del cambio tecnológico: dice que las causas subyacente no fueron, como se suele argumentar,  las desastrosas políticas fiscales del gobierno y un sistema bancario roto sino el cambio desde una economía basada en la agricultura a otra basada en la fabricación. Stiglitz describe cómo la llegada de la mecanización y las prácticas agrícolas mejoradas transforman rápidamente los Estados Unidos de un país que necesita muchos agricultores en uno que necesitaba relativamente pocos. Tuvo que llegar al auge de la fabricación impulsado por la Segunda Guerra Mundial para ayudar a los trabajadores a pasar la transición. Hoy, escribe Stiglitz, estamos atrapados en medio de otra transición dolorosa, desde una economía de fabricación a una basada en los servicios.

Los que crean las tecnologías pueden jugar un papel importante en la minimización de los efectos. "Nuestra forma de pensar como ingenieros siempre se ha basado en la automatización ", dice Hod Lipson, el investigador de inteligencia artificial. "Queríamos conseguir que las máquinas hicieran todo el trabajo posible. Siempre hemos querido aumentar la productividad; para resolver problemas de ingeniería dentro de las fábricas y otros retos relativos al entorno laboral es aumentar la productividad. Nunca se nos ocurrió que esto no sea algo positivo". Ahora, sugiere Lipson, los ingenieros necesitan replantearse los objetivos. "La solución no radica en ponerle freno a la innovación, pero tenemos que bordear una cuestión nueva al innovar: ¿Cómo se mantiene la gente comprometida cuando la IA puede hacer la mayoría de las cosas mejor que la mayoría de la gente? No sé cuál es la respuesta, pero representa una especial de nuevo gran reto para los ingenieros".

Muchas oportunidades de crear empleo deberían nacer de inversiones muy necesarias en la educación, en infraestructuras envejecidas y la investigación en áreas como la biotecnología y la energía. Como bien advierte Martin Ford, podríamos estar encaminados hacia "la tormenta perfecta" si el cambio climático empeora en una época en la que el desempleo tecnológico ejerza una mayor presión económica. El que suceda esto o no depende mayormente de las tecnologías que inventamos y elegimos adoptar. Alguna versión de un coche autónomo parece inevitable, por ejemplo; ¿lo utilizamos para hacer más seguros e energéticamente eficientes nuestros sistemas de transporte público, o nos limitamos a llenar las autopistas con coches y camiones sin conductor?

Cabe poca duda de que al menos a corto plazo, es mejor baluarte contra la lenta creación de empleo es el crecimiento económico, tanto si se consigue mediante negocios innovadores de servicios como las tiendas Apple y Uber o mediante inversiones en la reconstrucción de nuestras infraestructuras y sistemas educativos. Es posible que tal crecimiento supere las preocupaciones acerca de robots que nos roban el trabajo.

El coautor, junto con su compañero de MIT Erik Brynjolfsson, de The Second Machine Age, Andrew McAfee, es uno de las figuras más prominentes que describen la posibilidad de una "economía de ciencia ficción" en la cual la proliferación de máquinas inteligentes elimine la necesidad de muchos trabajos. Tal transformación conllevaría enormes beneficios sociales y económicos, dice, pero podría suponer también una economía "floja en términos laborales". "Sería realmente un gran problema, y no es demasiado pronto para empezar la conversación al respecto", dice McAfee. Pero también es, como él mismo reconoce, una perspectiva que aun tardaría décadas en materializarse. Mientras tanto, recomienda políticas procrecimiento "para demostrar que me equivoco". Dice que "la genialidad del capitalismo es que las personas encuentran como mantenerse ocupados. Vamos a dotarle de las mejores posibilidades de éxito".

Aquí está el problema. Como explican McAfee y Brynjolfsson en The Second Machine Age, uno de los aspectos más inquietantes de los avances tecnológicas de hoy es que en términos económicos pocas personas se han beneficiado de ellos de manera desproporcional (ver El día que Silicon Valley se convirtió en la meca de la desigualdad). Como nos ha enseñado Silicon Valley, la tecnología puede suponer tanto un motor dinámico para el crecimiento económico como un intensificador perverso de la desigualdad de ingresos.

Quien se haga con el capital se beneficiará mientras los robots y la inteligencia artificial inevitablemente desplazan a muchos trabajadores.

En 1968, J.C.R. Licklider, uno de los creadores de la era tecnológica actual, fue el coautor de un artículo muy profético llamado The Computer as a Communication Device. Predijo la existencia de "comunidades interactivas online" y explicó su emocionante potencial. Licklider también emitió una advertencia al final del artículo:

"Para la sociedad, el impacto será positivo o negativo, en función sobre todo de esta pregunta: ¿Supondrá el hecho de "estar online" un privilegio o un derecho? Si solo un segmento privilegiado de la sociedad tiene la oportunidad de "la amplificación de la información", entonces la red puede exagerar la discontinuidad dentro del espectro de la oportunidad intelectual".

Varias politicas pueden ayudar a redistribuir la riqueza o, como la renta básica garantizada, proporcionar una red de seguridad para los menos aventajados. Pero seguramente la mejor respuesta a las amenazas económicas planteadas por las tecnologías digitales es proporcionar a la gente acceso a lo que Licklider llama "la amplificación de la información" para que puedan beneficiarse de la riqueza creada por nuevas tecnologías. Esto significará dotar a la gente de un acceso más justo a los programas de educación y formación de calidad de un acceso más justo a lo largo de sus carreras.

También significa, dice Richard Freeman, uno de los economistas más importantes de la Universidad de Harvard (EEUU), que un mayor número de personas deben "hacerse con los robots". Habla no sólo de las máquinas que se encuentran en fábricas industriales, sino de la automatización y las tecnologías digitales en general. Algunos mecanismos ya existen dentro de programas de compartir beneficios y planes de acciones de empleados. Otros programas prácticos de inversión se pueden divisar, dice.

Quien se haga con el capital se beneficiará mientras que los robots y la inteligencia artificial inevitablemente reemplazan muchos empleos existentes. Si las ventajas de las nuevas tecnologías se destinan sobre todo a los más ricos, como ha sido la tendencia durante las últimas décadas, entonces visiones distópicas podrían convertirse en una realidad. Pero mientras las máquinas son herramientas, y si se comparte más libremente su propiedad, la mayoría de las personas podría utilizarlas para mejorar su productividad y aumentar tanto sus ingresos como su tiempo libre. Si esto sucede, una sociedad cada vez más rica podría reestablecer el sueño de la clase media que hace tiempo sirve de impulsor de la ambición tecnológica y el crecimiento económico.

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