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Jueves, 22 de abril de 2010

Las imágenes cerebrales predicen el riesgo de suicidio

Una nueva técnica podría ayudar a los médicos a predecir pensamientos suicidas antes de que un paciente incluso los tenga.

A lo largo de los últimos cinco años, un creciente número de estudios han señalado el riesgo, raro pero grave, de pensamientos suicidas que pueden acompañar a los nuevos tratamientos antidepresivos. La supervisión directa es actualmente la única opción clínica, aunque una nueva técnica—que mide y analiza la actividad eléctrica del cerebro—algún día podría predecir qué personas podrían ser más susceptibles al suicidio inducido por la toma de antidepresivos.

Aunque es poco frecuente, la gravedad del riesgo de suicidio ha sido suficiente como para pedir a la Administración de Alimentos y Medicamentos de los EE.UU. que colocase un "recuadro negro" de advertencia en las etiquetas de varios antidepresivos. De ese modo, y para identificar a aquellos individuos con mayor riesgo, un grupo de investigadores de la Universidad de California, en el Laboratorio del Cerebro, el Comportamiento y la Farmacología de Los Angeles, está utilizando un método conocido como EEG cuantitativa (EEGc).

La electroencefalografía (EEG) utiliza un gorro con electrodos colocados en varias ubicaciones a través del cuero cabelludo, y cada uno de ellos mide la actividad eléctrica proveniente del cerebro en ese preciso lugar. Los neurólogos a menudo utilizan las lecturas de EEG para diagnosticar enfermedades como la epilepsia o las lesiones cerebrales. Sin embargo, en lugar de utilizar los datos en bruto—un conjunto de líneas onduladas, cada una correspondiente a un único electrodo—los investigadores de la UCLA emplean un algoritmo que analiza matemáticamente los datos de todos los electrodos para transformar los resultados en un mapa de la actividad cerebral.

El laboratorio está utilizando este tipo de EEG cuantitativa para determinar cómo los distintos cerebros de diversos individuos responden ante distintos antidepresivos, tratando de encontrar marcadores tempranos que indiquen si una nueva terapia sería efectiva o no. Sin embargo, y además de en la eficacia, la psicóloga investigadora Aimee Hunter también está interesada en los efectos secundarios, ya que estos suelen aparecer mucho antes que cualquier mejora en el estado de ánimo. "Cada vez se publican más cosas relacionando a los antidepresivos con el aumento de las ideas suicidas, por lo que comencé a buscar cambios en el cerebro que específicamente pudieran estar relacionados con ese hecho", afirma Hunter, autora principal de un artículo sobre la investigación, que fue publicado en la edición de abril de Acta Psychiatrica Scandinavica.

Un estudio anterior de Hunter y sus colegas, en el que un grupo de voluntarios saludables fueron asignados a placebo o antidepresivos, señaló la porción de la línea media y la derecha-frontal (MRF) del cerebro como una región de interés. Aquellos bajo medicación mostraron una actividad moderadamente disminuida en este área después de sólo una semana, mientras que los que tomaron placebo mostraron un ligero aumento. Centrándose en la región MRF, a continuación Hunter examinó QEEGs de 72 pacientes adultos a los que, aleatoriamente, se les había asignado que tomasen ya fuera medicamentos o placebo durante ocho semanas. En múltiples puntos a lo largo del tiempo—48 horas, una semana, dos semanas, cuatro semanas y ocho semanas después de comenzar su terapia—los pacientes regresaron para realizar mediciones de QEEG y un cuestionario de evaluación del estado de ánimo.

Cuando Hunter examinó los resultados, se encontró con un efecto sorprendente: Los pacientes que tomaban antidepresivos, y que indicaban un aumento en el número de pensamientos suicidas, también mostraban una disminución drástica de la actividad en la región MRF sólo 48 horas después de comenzar a tomar los medicamentos—seis veces el descenso experimentado en aquellos sujetos sin cambios en los pensamientos suicidas. Sin embargo, después de una semana, los dos grupos volvieron a ser casi idénticos de nuevo.

"Fue muy extraño: Hubo un enorme descenso, y luego... nada", afirma Hunter. "No obstante, el empeoramiento del factor de suicidio no ocurre a las 48 horas—sucede en algún momento más adelante, a lo largo de las siguientes ocho semanas". Ella estaba observando lo que parecía ser un presagio de la respuesta futura.

"Están sobre la pista de algo importante", afirma Barry Lebowitz, profesor de psiquiatría de la Universidad de California en San Diego, y que no estuvo involucrado en la investigación. "Esto es claramente un primer paso dentro de los tratamientos antidepresivos personalizados".

Lebowitz, que ha trabajado con el grupo de UCLA en proyectos anteriores, señala que las otras técnicas para la predicción de la respuesta del paciente a los antidepresivos son increíblemente caras, y no son prácticas para un uso generalizado. "No obstante, el tipo de medidas fisiológicas de las que este grupo está hablando es algo que la gente podría utilizar. Una máquina de EEG es algo que todos los médicos podrían tener en la consulta por una cantidad relativamente pequeña de dinero".

Los resultados también podrían ser útiles en la determinación de la fisiología básica, afirma Ira Lesser, profesor de psiquiatría en el Centro Médico Harbor-UCLA, y que no participó en los trabajos actuales. "Permite que la gente empiece a pensar de forma neuroquímica sobre qué factores podrían estar implicados en la génesis de las ideas suicidas. Heurísticamente, podría conducir a otras áreas de estudio".

Dan Iosifescu, director del programa de neurociencia traslacional en el Hospital General de Massachusetts de Boston, realizó experimentos de QEEG parecidos y con resultados similares en 2008. "Creo que es interesante, pero es demasiado pronto para saber si el efecto es real o no", afirma. "El empeoramiento de las ideas suicidas no es un acontecimiento frecuente, y ocurre en menos del 10 por ciento de las personas. Así que, normalmente, se necesitan grupos de datos muy grandes para estudiarlo adecuadamente".

El siguiente paso de Hunter consiste en determinar si un efecto similar podría observarse por medio de monitores abreviados de EEG, que requieren muchos menos electrodos y se puede completar en sólo 10 minutos (en contraste con la hora que se tarda en hacerlo con la matriz de electrodos completa), y para ello examinará a un grupo mucho mayor de pacientes. "Hay que seguir desarrollando todo esto en el futuro, aunque esperamos que esto nos permita proporcionar una herramienta que pueda hacer que el uso de antidepresivos sea más seguro", afirma.

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