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“La tecnología determina casi todo lo que conocemos del mundo”

El colaborador de 'Nature' y escritor de ciencia sostiene que el cambio en la percepción de la curiosidad alentó a la revolución científica del s.XVII

  • Lunes, 14 de abril de 2014
  • Por Elvira del Pozo

“¿Existe curiosidad buena y mala? Yo no lo creo”. Philip Ball, responde rápido, casi salta, luego se queda en suspenso y añade: “Al menos, ya no”. Este físico de formación, que también ha sido editor de la revista Nature y escritor de ciencia, se encuentra en España presentando su último libro Curiosidad. Por qué todo nos interesa que ilustra cómo la avidez humana por conocer ha sido y es el motor de la ciencia. MIT Technology Review ha aprovechado para hablar con él sobre tecnología, educación y ciencia.

Philip Ball en la Fundación Telefónica (Madrid, España) donde ha presentado su último libro.
Fuente: Rafa Martell.

De la herencia de antes del siglo XVII queda el vestigio de que la curiosidad es un vicio propio de cotillas, incluso, de herejes. Por eso “todavía se les pide contención a los científicos sobre ciertos temas”. Ball no cree que haya preguntas inadecuadas que las que es mejor no buscar respuesta. “¿Existe diferencia en la inteligencia en función del género o de la raza?”, para el experto sólo es cuestión de tratar ciertos temas con cautela, tanto a la hora de investigarlos como de comunicar sus resultados.

El cuadro Experimento con un pájaro en una bomba de aire muestra esos comienzos de la revolución científica donde la sociedad estaba polarizada entre la fascinación por conocer y el miedo a indagar. Ball se recrea en ese momento en el que “la curiosidad se emancipó” a comienzos del año 1.600 cuando“aquel aparato que creaba vacío –y que es el precursor del aspirador- fue una tecnología tremendamente innovadora”.

Dispositivos como el Colisionador de Hadrones (LHC, en sus siglas en inglés) o el Curiosity “no son más que una versión mejorada de estos protoinstrumentos de laboratorio”. Tanto unos como otros recrean condiciones que no existen en la naturaleza o llegan más allá de lo que alcanzan los sentidos. En opinión de Ball, “la tecnología determina casi todo lo que conocemos del mundo, fíjate si es importante”.

El divulgador resalta que tanto la bomba de Boyle como todas estas técnicas actuales, aparte de complejas, son caras y “sólo justifican su inversión por la pura curiosidad humana”. “Que el LHC haya costado más de 10.000 millones de euros hace que la gente quiera saber qué resultados son los que merecen tanto la pena, por eso salen tanto en los medios”. La misma curiosidad suscita el Proyecto Genoma Humano y las misiones espaciales de la NASA. 

Ball considera que esta “gran ciencia” es poco flexible porque “tiene que decidir todo por consenso y si obtiene resultados imprevistos no le es fácil adaptar su investigación”. En este sentido, se plantea “si, quizás, las pequeñas investigaciones conserven esa apertura de mente de aquellos primeros experimentos”. En su opinión, la libertad de acción, la imaginación y la curiosidad son fundamentales para el avance de la ciencia.

Cuenta, este periodista científico, cómo el día anterior había entrevistado al investigador e inventor, James Lovelock, conocido por formular la Hipótesis de Gaia –que considera la Tierra como un ecosistema interconectado capaz de autorregularse-. Ball recuerda que este químico nonagenario se ha dedicado a inventar de una manera “tremendamente creativa, prolífica y muy exitosa”. Esto es porque “él ha podido hacer todo esto porque se sentía independiente de cualquier institución que le dictara qué y cómo tenía que investigar”.

Lengua, matemáticas, curiosidad

Ball no cree que el éxito de una innovación se deba tanto a cuál sea el problema para el que hay que encontrar una solución tecnológica sino a la imaginación que tenga quien se enfrente a él. “Lamentablemente, en general, la curiosidad no está suficientemente integrada en la enseñanza”, apunta Ball. En el caso concreto de Reino Unido –que es el que conoce mejor-, afirma que hay un gran camino que recorrer en este sentido, porque la educación es rígida y tiene más que ver con enseñar a los niños a que pasen el rato, lo que “aparte de ridículo, es terrible”. 

“¿Cómo fomentamos la creatividad?” es una pregunta compleja a la que este físico no sabe responder pero que cree que “debe plantearse en todo centro educativo, desde colegios hasta universidades, para intentar que los jóvenes científicos la incorporen en sus investigaciones”.

Para Ball, hay una relación directa entre el fomento de la creatividad en una sociedad y el nivel de innovación que es capaz de generar. “Si la gente no sabe muy bien qué es innovar, ¿cómo va a cultivarla?”. Entonces, quizás la incorporación de nociones de emprendimiento en la educación de los Estados miembros, en mayor y menor medida, podría explicar la gran variabilidad registrada en los Indicadores de Innovación en la Unión Europea 2014. España, con 0,4, se sitúa por debajo de la media, que está en 0,5; Reino Unido queda una  décima por encima, con 0,6. “Está claro que es un aspecto que tendría que evaluarse”.

Ciencia buena, ciencia mala

“Quizás por esa falta de curiosidad en la enseñanza es por lo que, a veces, la sociedad no valora suficientemente que la ciencia responde a las preguntas vitales que se plantea la humanidad”, plantea Ball. En su opinión, conocer cómo funciona el entorno en el que vivimos y aumentar la cultura general debería ser suficiente justificación para invertir en investigaciones sin esperar si se traducirán en una innovación inmediata. 

La realidad es que, cada vez más, los científicos se sienten presionados por justificar económicamente sus investigaciones en  forma de publicación de patentes. Y, aunque se les debe pedir que no vivan al margen de la realidad y que intenten solucionar los problemas que afectan a la sociedad, Ball cree inaceptable que únicamente se valorare la idoneidad de las inversiones en ciencia con un criterio de impacto cortoplacista. 

Ball se despide mientras camina con ayuda de sus muletas.“Fíjate lo que pasa por jugar al fútbol”, le dice al fotógrafo. Todavía le quedan otras cinco entrevistas y la presentación del libro. Él sonríe, incansable, “después de estar charlando ayer con James –Lovelock-, que con 94 años sigue tan activo, tengo energía y motivación para rato”.

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