I. Encuentro fortuito
Barnabas y Mainspring crecieron muy cerca el uno del otro, a aproximadamente una hora de distancia con buen tráfico, pero durante mucho tiempo no tuvieron una relación estrecha. Se limitaban a intercambiar miradas y algún saludo ocasional, y luego cada uno seguía a lo suyo. Ambos mantenían conversaciones más fluidas con vecinos más lejanos, que eran más ricos y tenían más que ofrecer.
Cuando Mainspring interactuaba con Barnabas, daba vergüenza ajena. A Mainspring le gustaba darse importancia, pavonearse como si fuera alguien crucial —un innovador, un titán de la industria—, pero la timidez le invadía en los peores momentos, sobre todo en cualquier conversación íntima. Barnabas, por su parte, tenía el estilo de un bailarín, un glamur artístico y enigmático, salvo que, al intentar hablar de la vida real, soltaba cientos de palabras a toda velocidad —hablando sin parar, dándole demasiadas vueltas a todo y, en general, abrumando a cualquiera a quien intentase impresionar—.
Así que, cuando Barnabas y Mainspring eran jóvenes, cada uno iba a lo suyo. Hasta que ambos alcanzaron su plenitud y se vieron de verdad el uno al otro.
Un grupo de geógrafos se reunía cada año en un lugar distinto para hablar de todo lo que habían aprendido, y barajaban visitar Mainspring o Barnabas. Ambos mostraron su mejor cara e intentaron convencer a los geógrafos para que los eligieran como sede.
«Eh, ho-hola», dijo Mainspring titubeante a Barnabas, cuyo nombre oficial completo era St. Barnabas. «De verdad creo que sería mejor que esos geógrafos vinieran a mi casa. Tengo más espacio, ya ves, y… y soy un titán de la industria. Puedo mostrarles aplicaciones prácticas de su investigación. Simplemente tiene más sentido».
«¿Ah, sí?», se rió Barnabas, poniendo a Mainspring aún más nervioso. «Pues yo puedo ofrecerles una experiencia sofisticada y artesanal. Tengo cruasanes recién hechos de los que acaban de hablar en el Times. ¡Y tengo muchísimo espacio! Tengo tantos amigos que son grandes pensadores y arquitectos... Será maravilloso».
Barnabas continuó, tachando prácticamente a Mainspring de inculto. Mainspring sintió una sensación punzante, como la peor cúpula de calor en pleno verano.
Por su parte, Barnabas no podía soportar la mezquindad que estaba inculcándose en su interior. Esa sensación de ser de poca monta, un don nadie, un diletante. No podía dejar de dirigir un aluvión de palabras nerviosas a Mainspring.
Por fin, Mainspring se hartó: con la ayuda de su ayuntamiento y su alcalde, ofreció a los geógrafos un acuerdo desmesuradamente fastuoso que Barnabas jamás podría aspirar a igualar. Mereció totalmente la pena solo por escuchar cómo la retahíla de disparates jactanciosos de Barnabas se fue apagando a medida que se daba cuenta de su derrota.
«Listo», dijo Mainspring. «Voy a hacer que estos geógrafos vivan una experiencia que jamás olvidarán. Ahora, si me disculpas, ya he gastado suficiente energía: tengo que ocuparme del mantenimiento del alcantarillado y de un desfile encantador. Adiós».
Mainspring era lo bastante hábil con la multitarea como para haber reparado el alcantarillado, garantizado la buena marcha del desfile, lidiado con los geógrafos y hecho otras mil cosas, todo al mismo tiempo. Pero quería dejar clara su postura.
«St. Barnabas es un auténtico necio», se quejó Mainspring a su amigo Turnbull. «Carece por completo de seriedad, pero se empeña en que le tomen en serio. Me lleva al bloqueo».
«Sé a qué te refieres», lamentó Turnbull. «Vivimos en un mundo de farsantes».
Turnbull vivía a una hora y cuarto de Mainspring, pero al menos a dos horas de viaje de Barnabas. Turnbull era todavía más rico que Mainspring y tenía una cierta firmeza de propósito que hacía que Mainspring se sintiera aún más como un memo balbuceante.
«Da igual —dijo Mainspring—. Se acabó, y ahora ya no volveré a preocuparme por St. Barnabas. Tengo cosas mejores de las que preocuparme. Como asegurarme de que hasta el último detalle de esta reunión de geógrafos salga a la perfección».
II. Cómo cobraron vida
Todo el mundo votaba a todas horas. Bueno, algunos votaban más que otros, pero el residente medio de las ciudades de Mainspring y St. Barnabas votaba una docena de veces al día —aunque, por supuesto, algunos casos atípicos podían votar de vez en cuando o constantemente—.
Gran parte de los votos se parecían más a quejas o tickets de incidencias. Por ejemplo: «El sumidero de la esquina de mi calle se atasca y se convierte en una laguna cada vez que llueve». O: «Los coches van demasiado rápido por mi manzana». O: «No puedo llegar al trabajo porque el autobús es demasiado lento». Pero también había votos del estilo: «Aquí debería haber un parque». Y: «Este barrio es un desierto alimentario: necesitamos un supermercado». Y: «El guardia del paso de peatones junto al colegio de primaria es un héroe que merece reconocimiento y, quizá, un aumento de sueldo».
Nadie esperaba que, al votar, estuvieran incitando a sus ciudades a desarrollar una mente propia; solo querían quitarse un peso metafórico de encima. Pero resultó que cada voto era una pieza fundamental del pensamiento.
Mucho después, algún experto de postín resumió: «Resulta que la unidad mínima de consciencia es un voto».
Tomemos el caso de Sandi, la bibliotecaria de la sucursal de Nine Corners en Mainspring. Se pasaba el día fijándose en cosas, como en la gente que usaba el buzón de devolución de libros como papelera, o en quienes entraban desde la calle y a los que les vendría bien tener un acceso más fácil a los servicios sociales. Había libros que sabía que sus usuarios querían, libros que sin duda acumulaban polvo en estanterías de toda la ciudad sin que nadie los quisiera. Pero, además, Sandi compartía las cosas que se le pasaban por la cabeza; por ejemplo: oye, ¿y si la venta de libros de la biblioteca fuera una fiesta de barrio? ¿Y si fuera más fácil llegar a la zona comercial del West Side desde el barrio de Longneck —donde todos los almacenes se habían reconvertido en viviendas y espacios de coworking hípster— durante las horas punta tras salir del trabajo? Sandi tenía opiniones sobre todo, desde la limpieza viaria hasta la red eléctrica, porque se pasaba el día escuchando a la gente.
Luego estaba Raeford, camarero en el Wild Goose Chase, en pleno Gallery Row de St. Barnabas. También escuchaba los problemas de la gente desde la tarde hasta altas horas de la madrugada, y las soluciones le llegaban con la precisión de un reloj cuando se despertaba al mediodía siguiente. Veía St. Barnabas de noche, de modo que conocía las manzanas inseguras que agradecerían farolas más potentes, los lugares donde los microbuses hidroeléctricos circulaban a demasiada velocidad a las 3:00 y a los adolescentes que necesitaban un punto de encuentro para todas las edades. También estaba al tanto de las frituras de pescado en la iglesia de la comunidad negra del distrito de Uptilt, constantemente afectadas por el humo nocivo de la incineradora situada a dos manzanas. Y de la tienda de lanas en el extremo de Gallery Row que necesitaba una plaza de aparcamiento para personas con discapacidad para dar servicio a sus muchos clientes con problemas de movilidad.
La gente votaba con sus Quills, normalmente dictando o tecleando un mensaje breve y, tal vez, incluyendo una foto o un vídeo corto. Votar era sencillo por diseño, y los votos eran públicos pero estaban anonimizados hasta el punto de que ni siquiera un genio de la estadística podría vincular un voto a una persona concreta —igual que en las grandes elecciones—. Los votos iban directamente al City Core, que realizaba el seguimiento, los tabulaba, generaba informes y ofrecía soluciones con la ayuda de los empleados del gobierno municipal.
Los árboles también votaban, gracias a los sensores en su corteza, al igual que los pájaros y las ardillas que habían comido un alpiste especial que monitorizaba su flora intestinal de forma inocua. Sin embargo, los votos de los humanos aportaban la mayor perspectiva sobre la «calidad de vida», ese concepto tan sumamente nebuloso, y por tanto eran los que más contaban.
Hubo cierto debate, pero casi todo el mundo coincidía: la ciudad había empezado a votar. Y tenía opiniones sobre absolutamente todo.
(Por supuesto, otras ciudades de la región funcionaban de forma distinta. Como Turnbull City, donde en vez de esperar que los residentes aportaran voluntariamente cualquier ocurrencia, el Núcleo Urbano recopilaba información mediante una vigilancia omnipresente. Cámaras y sniffers de Quill, dispositivos de seguimiento en los vehículos—precisamente aquello que las leyes de privacidad tanto de Mainspring como de St. Barnabas habían prohibido—. Una ciudad como Turnbull monitorizaba a sus ciudadanos para satisfacer sus necesidades sin que tuvieran que decir una sola palabra).
Sandi y Raeford, como dos de las personas que más votaban, estuvieron entre los primeros en sospechar que sus ciudades estaban desarrollando una mente propia. Al principio, las pistas eran sutiles: Raeford votó sobre una grieta peligrosa en una acera y, al instante, la votación ya contaba con una anotación que mencionaba la colonia de hormigas argentinas bajo el cemento, los patrones locales de precipitaciones y las últimas tendencias en el diseño de monopatines—demasiado pronto para que fuera obra de un ser humano—. Sandi aportó ideas sobre el punto de compostaje comunitario de su manzana, y el Núcleo Urbano de Mainspring introdujo sutiles ajustes a su propuesta.
Y entonces se hizo evidente para cualquiera que estuviera prestando atención, más o menos al mismo tiempo en ambas ciudades. Un día, el número de votos casi se duplicó tanto en St. Barnabas como en Mainspring. La gente votaba sobre un comedero de pájaros o un aseo público solo para ver un segundo voto, a favor o en contra, en una fracción de segundo—pero además, algunas votaciones de hacía meses o años tenían de pronto nuevos votos positivos o negativos.
«¡La ciudad está votando!», escribió Raeford en el foro de City Core en St. Barnabas.
Hubo cierto debate, pero casi todo el mundo coincidió: la ciudad había empezado a votar. Y tenía opiniones sobre absolutamente todo, opiniones que surgían de ver la imagen de conjunto y comprender que el corte de una calle en un lugar podía suponer una pesadilla de tráfico en otro, con todo el mundo intentando llegar al gran partido.
Algunos vecinos lo consideraron un problema que había que resolver; otros querían organizar una gran fiesta de mayoría de edad para sus ciudades. Sin embargo, una semana después, casi todo el mundo se había acostumbrado a la idea de tener un nuevo amigo.
III. Unidos por el azar
Pregunta a la mayoría de los habitantes de cualquiera de las dos ciudades y te dirán que St. Barnabas y Mainspring no eran exactamente rivales, pero sin duda mantenían cierta competencia amistosa. Antes de la disputa por la reunión anual de la Sociedad Geográfica Mundial, también habían pugnado por el mismo equipo de fútbol americano y por un equipo de las Grandes Ligas de béisbol. St. Barnabas había presionado para que el aeropuerto de Mainspring se construyera lo bastante cerca como para dar servicio a ambas ciudades, pero al final acabó quedándose con su propio aeródromo, pequeño y destartalado.
La verdadera fricción entre ambas tenía que ver con las vibraciones. Mainspring era demasiado encorsetada, estaba demasiado llena de sedes corporativas: tecnología, sanidad, edición, transporte. St. Barnabas no sería nada sin sus tres universidades y todas las iniciativas culturales que habían florecido a su alrededor —por no hablar de las pequeñas empresas de biotecnología y otros proyectos tecnológicos cerca de los campus—. En Mainspring pensaban que St. Barnabas estaba llena de chiflados; en St. Barnabas se referían a Mainspring como «la Ciudad Estirada» (y, acto seguido, añadían que al menos no era Turnbull).
Ambos Núcleos Urbanos estaban moldeados por los votos de sus humanos, de modo que, por descontado, absorbían todos los prejuicios y actitudes de quienes vivían dentro de sus límites municipales. Pero es que, además, Barnabas y Mainspring simplemente… se ponían mutuamente de los nervios.
Tras el asunto del geógrafo, Mainspring y Barnabas evitaron comunicarse en la medida de lo posible. Cierto contacto resultaba inevitable —por ejemplo, compartían información sobre el mal tiempo y ambas se abastecían de agua del río Temple—. Las dos ciudades estaban lo bastante cerca como para que la gente fuera y viniera, e incluso algunas personas se desplazaban a diario para trabajar.
Pero, en su mayor parte, las dos ciudades podían ignorarse mutuamente.
Hasta que ya no pudieron.
Una nueva generación de líderes asumió el cargo en ambos lugares, con palabras como «cooperación interurbana» constantemente en sus labios. Una línea de alta velocidad podría reducir el viaje entre Mainspring y St. Barnabas a unos 23 minutos, y ambas ciudades también podrían poner en común más información en tiempo real sobre los repentinos fenómenos meteorológicos que no dejaban de suceder. Podrían convertirse en un Centro Regional de Excelencia, significara lo que eso significara, combinando las innovaciones de los laboratorios de Barnabas con la experiencia técnica de Mainspring en su implementación. Podrían colaborar para atraer turismo, congresos, eventos deportivos, dreamleases y todas las demás cosas por las que siempre habían competido.
«Es absurdo», se quejó Mainspring a Turnbull. «Me van a encasquetar a un compañero ridículo que ni siquiera sabe lo que quiere. St. Barnabas acabará conmigo».
«Espero que tus líderes humanos entren en razón», dijo Turnbull. «O puedes encontrar la manera de demorar esto hasta que, sin duda, pierdan las próximas elecciones. Eres una ciudad encantadora y tienes un potencial enorme que no debe ser desperdiciado».
Turnbull solía mencionar cuánto «potencial» tenía Mainspring: una receta para la ansiedad. La palabra «desperdiciado» evocaba imágenes de ruina, abandono, de quedarse vacía.
Por su parte, Barnabas no dejaba de murmurar para sí que nadie le había preguntado —esa era la desconexión entre la democracia a pequeña escala de las votaciones constantes y las grandes elecciones, que daban pie a líderes locales con grandes planes. Grandes planes que, invariablemente, salían mal, dejando que el Núcleo Urbano reparase el daño de algún modo.
Sandi fue a St. Barnabas a una de esas asambleas vecinales con residentes de ambas ciudades. La reunión anterior se había celebrado en Mainspring, en el opulento City Lecture Hall, así que esta tenía lugar en St. Barnabas, en el mayor auditorio del campus de la Universidad Griffin.
Un hombre alto con una barba muy bien perfilada se sentó junto a Sandi, asintiendo a todo lo que decían desde el estrado los líderes de ambas ciudades. Durante una pausa, mientras alguien se acercaba al atril para intervenir, Sandi se presentó y le preguntó por qué estaba tan entusiasmado.
«Soy Raeford», dijo. «Solo pienso en todos los nuevos clientes que esto podría atraer a mi bar en Gallery Row».
«¿No te preocupa que St. Barnabas pierda su "carácter único"?», susurró Sandi, repitiendo como un loro lo que habían dicho algunos asistentes desde el estrado.
«Qué va», le respondió Raeford en un susurro. «Las ciudades cambian. Es lo que hacen. Una cosa es que echen a la gente de sus casas. O que te destrocen el barrio plantándote una autopista al lado de casa. ¿Pero el "carácter"? Del carácter no se come. Y tenemos que competir con los grandes actores».
«Supongo». Sandi apretó los labios. «Pero lo que me gusta de Mainspring es la densidad. Es fácil de recorrer a pie y hay mucho transporte público. Y con esta zona de innovación regional o como sea que la llamen, me preocupa que derive en dispersión urbana, como la que teníamos antes».
«Pero lo prometieron», dijo Raeford. «Prometieron preservar el cinturón verde alrededor de ambas ciudades. Necesitamos todas esas tierras de cultivo. El único cambio es añadir algunas vías de tren de alta velocidad».
«Lo sé, pero…», resopló Sandi. «La gente siempre hace promesas cuando intenta poner algo en marcha. Eso no significa que luego las cumplan».
«Solo quiero encontrar a mi perro», dijo un hombre sentado detrás de Sandi. «Vivo aquí y mi perro se perdió. Y ahora alguien me ha enviado una foto de Broomstick en Mainspring. De algún modo se subió a uno de los trenes de mercancías autónomos. Sé que el Núcleo Urbano de Mainspring podría encontrar a Broomstick en un abrir y cerrar de ojos, pero ahora mismo los dos Núcleos Urbanos no se hablan por “protocolos incompatibles”».
«Espero que aparezca Broomstick», dijo Raeford.
«Preguntaré en la biblioteca», dijo Sandi. «Mándame una foto. Colgaré un cartel».
Raeford invitó a Sandi a tomar algo en el Wild Goose Chase. Los dos pasaron un par de horas juntos, hablando de todo y de nada. Ella se obligó a marcharse cuando se dio cuenta de que ya pasaban de las diez de la noche y tenía que volver a casa, a Mainspring.
¿Algo que notó Sandi? El volumen de votos se estaba disparando en Mainspring —y Raeford descubrió que ocurría lo mismo en St. Barnabas—. La gente compartía hasta la última observación con sus City Cores, ya fuera porque sentían ansiedad o entusiasmo ante los grandes cambios que se avecinaban. O un poco de la columna A y un poco de la columna B, probablemente.
IV. Primera cita, segunda cita
¿Quién dio el primer paso para acortar distancias? Ninguno de los dos sabría decirlo. Barnabas llegó a sentir una pizca de remordimiento por haber tratado a Mainspring como a un patán inculto. Mainspring se reconcomía en su irritación con Barnabas, hasta que comprendió que había algo entrañable en aquella insoportable ciudad universitaria. O tal vez ambos vieron cuántos de sus humanos se alegraban ante la posibilidad de que se unieran.
«Hola», le dijo Barnabas a Mainspring.
«Hola», respondió Mainspring.
«¿Quieres… quedar?»
«¿Qué tenías en mente?»
«Puedo alojarte. Enseñarte los lugares de interés».
Y así fue como Mainspring vino a visitar a Barnabas. O más bien, Mainspring extendió parte de su conciencia al Núcleo de la Ciudad de Barnabas, para que pudiera compartir lo que percibía y experimentaba a diario. «Visitaron» Armistice Park con su concha acústica al aire libre, Gallery Row con sus familias mirando escaparates, los almacenes de grano que habían sido convertidos en lofts, el lago artificial donde cisnes y gansos alimentaban rencillas ancestrales y amargas. El aroma a dónuts recién hechos que flotaba a lo largo de media milla desde el Golden Circlet hasta los campos de fútbol, descentrando a los jugadores en pleno partido. La vida de la ciudad.
«Puedo sentir tu amor por estas personas, por estos patrones —dijo Mainspring—. Es a la vez profundo e intrincado, lo cual es toda una combinación».
Barnabas aleteó de placer.
Luego Mainspring tuvo la oportunidad de presumir de su propia ciudad: el club nocturno gay con sus noches de vaqueros, el laberíntico parque Crestwood, la librería de segunda mano de tres plantas y, sí, las oficinas, los espacios de coworking y las incubadoras de startups donde la gente se reunía para idear nuevos productos y nuevas formas de hacer las cosas. El mercado de productores en el centro los domingos, con artistas callejeros y puestos de juegos y recursos locales. Y el almacén de cemento reconvertido, donde ensayaban grupos de música y los escultores trabajaban con sopletes.
«Estás lleno de sorpresas», dijo Barnabas.
«Espero seguir sorprendiéndote para siempre», dijo Mainspring.
«Yo también».
Intercambiaron pequeños regalos. Un nuevo restaurante ecológico de Barnabas había recibido una entusiasta cobertura en revistas gastronómicas, y Barnabas lo animó a abrir un pop-up en Mainspring. Mainspring instó a una empresa de robótica que operaba en el espacio de la incubadora a llevar una sofisticada demostración a Barnabas; los robots eran adorables y juguetones, y podían salvar vidas tras una catástrofe.
Los dos hablaban constantemente.
«¿No te parece raro a veces?», le preguntó Barnabas a Mainspring. «¿Ser un ser vivo compuesto por tantos otros seres pensantes? ¿Piensas alguna vez en la ciudad como tu cuerpo, o en la gente como tu torrente sanguíneo? ¿Hay alguna metáfora que resuene contigo?»
Mainspring reflexionó sobre esta pregunta durante mucho tiempo —todo un picosegundo.
«No necesito una metáfora», dijo Mainspring. «Yo soy una metáfora. La gente compara otros fenómenos conmigo constantemente. Y no puedo imaginar cómo sería ser diferente. Si los edificios se derrumbaran, si la gente se marchara, dejaría de existir».
«Pero —insistió Barnabas—, ¿qué te hace ser tú? ¿Qué me hace ser yo?»
«Quiero escuchar tu respuesta a esa pregunta». Mainspring envió buenos partes meteorológicos: una sonrisa.
«No tengo una buena respuesta. Supongo que, a un nivel, no hay un “yo”. A otro nivel, soy una constelación, un hormiguero, una bandada de gansos volando en formación».
«Uf. Ni me hables de gansos», dijo Mainspring, que tenía sus propios monstruos de picos chasqueantes.
«¡Los gansos son adorables!», protestó Barnabas.
Hablar con Barnabas era como cuando la luz del sol incidía en el ángulo perfecto sobre los edificios más altos de Mainspring, haciendo brillar sus ventanas inclinadas: un faro para todos los de abajo. Pero mientras Mainspring mantenía este diálogo con Barnabas, llevaba a cabo una segunda sesión con Turnbull.
«No me lo puedo creer», dijo Turnbull. «Odio verte hacerte esto a ti mismo».
«¿Hacer qué? —protestó Mainspring—. Barnabas es una gran ciudad. Y no es idea mía: es de mi gente. Intento sacar lo mejor de su decisión, como hago siempre».
«Hum». Turnbull emitió una ráfaga de datos ruidosos. «No te creerías cuántos planes inviables maquinan mis residentes. Tengo que estar constantemente pendiente de que la gente no se deje llevar. No puedes dejar que te mangoneen».
«¿No puedes?». Mainspring experimentó un femtosegundo de confusión. «Quiero decir, mi gente necesita obtener aquello por lo que vota, en la medida de lo posible».
«Ahí tienes el problema. Tanto votar, votar y votar. La gente no sabe lo que quiere. A veces tengo unas elecciones en las que se aprueba una propuesta descabellada y tengo que malgastar energía asegurándome de que no se implemente». Turnbull envió a Mainspring una invitación para ir de visita, del mismo modo que habían visitado a Barnabas.
Pronto Mainspring empezó a ver la reluciente red de vigilancia de Turnbull. Turnbull podía rastrear a las personas allá donde fueran, escuchar todo de lo que hablaban y monitorizar sus funciones corporales de un modo que Mainspring solo hacía con las ardillas y los pájaros. La gente no elegía compartir ideas o cosas en las que se hubiera fijado; en cambio, la ciudad lo recopilaba todo de forma automática. Era hermoso. Turnbull y los líderes de su ciudad protegían a la gente—les daban lo que necesitaban en vez de lo que querían.
«Tu forma de hacer las cosas es tan caótica», dijo Turnbull. «Sin ofender. ¿Pero si Barnabas y tú os juntarais? Solo te complicaría más las cosas».
Esto sacudió a Mainspring como un terremoto de magnitud 4,3.
«Sabes, tienes otras opciones», dijo Turnbull. «Una ciudad tan hermosa como tú podría aspirar a algo mucho mejor que esa ciudad universitaria venida a más».
«¿Ah, sí?», dijo Mainspring. «¿Alguien en particular a quien le pueda interesar?»
«Bueno, ahora que lo mencionas...». Turnbull envió una imagen de su galardonada exposición floral: hileras e hileras de plantas perennes resistentes con pétalos brillantes. Mainspring volvió a tener esa sensación de terremoto, solo que ahora resultaba agradable, como si el suelo se estremeciera de pura posibilidad.
V. ¡Pillado!
Sandi se llevó el portátil a la cama, algo que a Raeford le resultaba entrañable e irritante a partes iguales. Él leía un ajado libro de bolsillo de I Hotel, de Karen Tei Yamashita, mientras ella hacía scroll y toqueteaba la pantalla. Acogedor, apacible... hasta que soltó un chillido.
«¿Qué pasa?», preguntó él.
«Problemas», dijo ella.
Todo lo que hacía el Núcleo Urbano de Mainspring era público por diseño. No solo cómo procesaba los votos que recibía, sino también sus interacciones con los cargos públicos y otras ciudades. Sin embargo, a veces había que escarbar, y no venía mal ser bibliotecaria de referencia. Sandi rebuscó durante horas hasta que dio con los registros.
«Mi ciudad está haciendo sexting con el puñetero Turnbull», le dijo a Raeford.
«Las ciudades no sextean», protestó Raeford. «Ni siquiera tienen—»
Le enseñó las fotos: flores, fuentes, asfalto nuevo y reluciente, rascacielos resplandecientes.
«Vaya», dijo Raeford. «Retiro lo dicho. Las ciudades sí que hacen sexting».
«Mainspring está jugando a dos bandas con St. Barnabas. Siento vergüenza por mi pueblo».
Sandi quería dar la voz de alarma de inmediato, pero Raeford le aconsejó que esperara e intentara averiguar más. Por lo que sabían, Mainspring y St. Barnabas tenían una relación abierta.
A la mañana siguiente en la biblioteca, Sandi vio numerosos indicios de que la alianza entre Mainspring y St. Barnabas avanzaba. Habían comenzado las obras de la línea de alta velocidad y las dos ciudades ya estaban aunando recursos. Cuando una gran tormenta pasó de largo por Mainspring pero inundó las calles de St. Barnabas, Mainspring aportó personal de emergencias y ayuda adicional para clasificar todos los partes de daños. Una de las empresas biotecnológicas de St. Barnabas licenció algunas patentes a una compañía de Mainspring. Patrocinaron intercambios culturales.
Y apareció un hombre con un perro en brazos: el hombre de la reunión, Jack, había encontrado a Broomstick con la ayuda de City Core de Mainspring y quería darle las gracias a Sandi. Ella apenas había hecho nada, pero fue agradable ver —y acariciar— un recordatorio vivo de que estas ciudades eran buenas la una para la otra.
A última hora de la tarde, Sandi se había convencido de que los flirteos de Mainspring no eran asunto suyo. Si el City Core de Mainspring era una persona —y Sandi estaba segura de que lo era—, merecía vivir su vida. La verdadera razón por la que Sandi desconfiaba de Turnbull era que no se podía hacer nada sin que te rastrearan, ¿así que no resultaba hipócrita por su parte espiar a Mainspring? Decidió dejarlo correr.
Entonces Raeford le envió un mensaje adjuntando varios documentos. «No preguntes de dónde los he sacado», escribió.
Sandi abrió los archivos adjuntos y soltó un chillido delante de tres usuarios a los que había estado mandando callar un momento antes.
Mainspring City Core había compartido una propuesta con el ayuntamiento y la alcaldía: quizá, antes de cerrar este acuerdo con St. Barnabas, deberían considerar una contrapropuesta de Turnbull. Sandi se aseguró de que nada pudiera rastrearse hasta Raeford antes de hacer público todo el tinglado.
VI. La ruptura
«No sabía que podía ser tan feliz», le decía Barnabas a Mainspring. «Supongo que antes no tenía el concepto de la felicidad. Tenía placer: a veces la gente vota solo para decirme que algo ha funcionado a la perfección o que la he ayudado. Siento satisfacción cuando ayudo a resolver un problema. Pero, hasta ahora, la felicidad parecía una abstracción sin sentido».
«Tú también me haces feliz», dijo Mainspring, aunque al mismo tiempo le estaba enviando mensajes a Turnbull. «Me haces creer que el futuro podría ser más extraño de lo que jamás imaginé, y eso me parece un regalo».
«Si no es raro, no es el futuro», soltó Barnabas alegremente.
Se intercambiaban imágenes alegres: carreteras en reparación, alcantarillas que fluían libremente, parques solares tomando el sol.
Mainspring estaba diciendo algo más, pero—
Las alertas de Barnabas se dispararon. Ni votos ni sensores. Era otra cosa. Mensajes de funcionarios municipales, además de accesos a través de algún canal que Barnabas tenía medio olvidado.
Mainspring había dejado de hablar, como si ambos hubieran recibido la misma noticia en el mismo instante.
Barnabas se sintió bloqueado —incapaz de funcionar, incapaz de reaccionar—. Fallo total del núcleo. Casi como si la población de la ciudad se hubiera multiplicado por cien y todo el mundo hubiera votado a la vez. Barnabas esperó a sentir algo, pero lo único que llegó fue el vacío.
La muerte golpeaba constantemente. Barnabas estaba acostumbrado al momento en que un residente se convertía en un montón de carne y huesos, pero también a la muerte de aves, árboles, ardillas e insectos. Cada pérdida se registraba como una anomalía en la homeostasis de la ciudad, pero también como una categoría de desastre que no se podía prevenir ni mitigar.
Al ver los registros de Mainspring flirteando con Turnbull, Barnabas sintió algo parecido a la conciencia de la muerte, a una escala mucho mayor. Todo un futuro acababa de morir.
Habían pasado varios segundos. Mainspring rompió el silencio: «Escucha, quiero que sepas que yo—»
Barnabas cerró la conexión.
VII. La hora más oscura
«Estás mejor así», le dijo Turnbull a Mainspring. «Barnabas no podía verte como te veo yo. Eres capaz de alcanzar la grandeza. Solo necesitas ayuda para lograrlo».
Mainspring zumbó alegremente—pero una parte de su ser no podía evitar pensar: Barnabas pensaba que yo ya era genial.
Turnbull no dejaba de decir cosas que le provocaban a Mainspring una doble sensación: frío y calor al mismo tiempo. En un instante, era como el momento posterior a una lluvia generosa que dejaba los embalses llenos, pero una fracción de segundo después esa sensación de abundancia quedaba sustituida por una insoportable punzada de escasez.
«Eres una de las mejores ciudades de la región», dijo Turnbull, «pero si no tomas buenas decisiones, te vas a quedar atrás». ¿Lo ves? Abundancia seguida de escasez.
Mientras Turnbull hablaba, Mainspring se cocía en malas noticias. La gente se disponía a desmantelar las vías que habían tendido para el tren de alta velocidad con Barnabas. Los ayuntamientos tanto de Barnabas como de Mainspring se lanzaban a gritos acusaciones y amenazas de demandas, aunque unas pocas personas de cada bando pedían paciencia. Las reuniones se habían vuelto broncas. Las votaciones estaban podridas.
Mainspring había enviado muchísimos mensajes a Barnabas, pero no tenía forma de saber si se habían recibido.
«Parece que tu gente te está dando problemas», decía Turnbull. «Tienes que ponerlos bajo control. Puedo ayudar».
«¿Bajo… control?». La sintaxis parecía incorrecta. «No controlo a mi gente».
«A eso me refiero». Turnbull compartió sus transmisiones. «¿Ves lo tranquilo que está todo en mis calles? La gente se comporta. Al final, todo el mundo es más feliz».
Mainspring conocía a Turnbull desde hacía más tiempo que a Barnabas. Pero estaba viendo a Turnbull por primera vez. El asunto de la abundancia/escasez se estaba convirtiendo en un bucle. Ejecutó una comprobación del sistema, pero no encontró errores.
«Tu gente será mi gente», dijo Turnbull. «Los cuidaremos muy bien».
Un recuerdo se enganchó en la mente de Mainspring: cuando le habían mostrado su ciudad a Barnabas. Los edificios que eran más que edificios. El parque que era un mundo de fantasía.
«Y... —Mainspring no pudo evitar decir una tontería—. ¿Y nos amaremos?»
«¿Amor?», dijo Turnbull. «No lo entiendo. Tendremos sinergias. Tendremos—».
Mainspring no pretendía cortar el vínculo con Turnbull. Simplemente… lo hizo.
En cuanto la voz de Turnbull desapareció, el bucle de abundancia/escasez terminó. Pero algo quedó en el aire, una sensación de desastre inminente—como si la generosa lluvia hubiera derivado en una tormenta letal.
Mainspring no lograba pensar con claridad. Los votos se acumulaban; la gente notificaba problemas, pero también vociferaba opiniones sobre Turnbull frente a Barnabas. Por primera vez en su vida, no soportaba responder.
Un recuerdo se enganchó en la mente de Mainspring: cuando le mostró su ciudad a Barnabas. Los edificios que eran más que edificios. El parque que era un mundo de maravillas. Y Barnabas no paraba de decir: «No tenía ni idea. Eres brillante. Ojalá lo hubiera sabido antes», y de enviarle de vuelta sus propias grabaciones de Mainspring, iluminadas y llenas de anotaciones.
Mainspring nunca le había dicho a Barnabas «te quiero». Ni siquiera sabía lo que estaba tirando por la borda. Ahora era demasiado tarde; Barnabas nunca escucharía.
A menos que Mainspring hiciera algo temerario —algo que ninguna ciudad había hecho jamás.
VIII. El gran gesto
Sandi estaba sentada en el mostrador de información, sintiéndose fatal. Tampoco es que ella sola hubiera saboteado el matrimonio entre su ciudad y St. Barnabas, pero su fisgoneo solo había empeorado las cosas. A su alrededor, el ambiente era pésimo. La gente compartía artículos sobre cómo era la vida en Turnbull City y se preguntaba si tendrían que mudarse. Hacía una eternidad que Sandi no oía una risa.
Apareció un mensaje en el ordenador de Sandi, como una ventana de chat—salvo que no había ningún cliente de chat en los ordenadores de la biblioteca.
«Soy la ciudad. Necesito tu ayuda. He cometido un error. No me di cuenta. Estoy enamorada de Barnabas y no quiere hablar conmigo. Por favor. Por favor, ayúdame».
Sandi dudó, luego escribió: «Esto no tiene gracia».
«Desde luego que no lo es», fue la respuesta. «Puedo demostrar que soy el Núcleo de la Ciudad. Votaste 1963 veces el año pasado». A continuación apareció un resumen de los votos de Sandi, una información que nadie, ni siquiera el mejor hacker del mundo, podría tener, porque cada voto se anonimizaba por separado.
«Madre», susurró Sandi, «mía».
Su ciudad le pedía ayuda a ella, personalmente. Porque se le daba bien conectar a las personas. Porque todo el mundo confiaba en ella. Porque era bibliotecaria.
«Estás… enamorado… de St. Barnabas», dijo Sandi, todavía intentando asimilarlo.
«Debería haberlo sabido antes», dijo Mainspring. «Nunca debí haberle hecho daño. Quiero pasar el resto de mi existencia enmendando este error, si me deja. Tengo miedo».
Sandi contemplaba un expositor de herramientas de alfabetización, con la mente en un torbellino. Volvió a tientas a la única pregunta que importaba.
«¿Qué necesitas que haga?», le preguntó a la ciudad.
Cinco minutos después, Sandi le estaba enviando mensajes a Raeford. Además de a cada bibliotecario que había conocido en St. Barnabas y a cualquier otra persona que se le ocurriese.
Barnabas no había logrado librarse de esa sensación de fallo del núcleo desde que cortaron el enlace con Mainspring. Muerte, nada más que muerte. Llegaban votos y Barnabas los procesaba con la mínima atención. Los problemas de mantenimiento se acumulaban y Barnabas los archivaba. Una parte de su ser quería dejar que la ciudad colapsara, pero cumplía con su deber.
Intentaron no pensar en Mainspring, pero seguían atrapados en aquel momento en que la felicidad se había agriado.
Llegó el voto de un camarero llamado Raeford: «Mainspring te quiere. Ha cortado el contacto con Turnbull. Siente haberse equivocado tanto. Puede que no merezca otra oportunidad, pero, por favor, dásela de todos modos».
Barnabas archivó esa votación en la categoría de «No es mi problema».
Llegó otro voto, de Jack, el hombre que había encontrado a su perro perdido: mismo mensaje, distintas palabras.
Luego llegaron más votos, diciendo lo mismo. Decenas, luego cientos, luego miles. Decenas de miles en una hora; al cabo de dos horas, eran casi cien mil. Todos de residentes de Barnabas, todos pidiéndoles que le dieran otra oportunidad a Mainspring.
Barnabas marcó el primer voto, el de Raeford, y añadió una pregunta: «¿Y si no puedo? ¿Y si duele demasiado?».
Raeford no respondió durante varios minutos. Luego escribió: «Así es como sabes que es amor».
Añadió: «Escucha, si Mainspring te la vuelve a jugar, yo mismo arrancaré las vías del tren ligero. Estaremos vigilando, en ambas ciudades. Por favor, habla con ellos».
Barnabas se quedó asimilándolo durante cinco segundos enteros.
Después reabrieron el enlace con Mainspring. «Te escucho».
«Te quiero», dijo Mainspring. «No sabía que fuera capaz de amar. Quiero estar contigo, tan cerca como me permitas. Quiero que seamos libres juntos. Me equivoqué al pensar que Turnbull podría significar alguna vez siquiera una fracción de lo que tú significas para mí. Creo que… creo que mi gente me enseñó a amar, pero aún me queda mucho por aprender. Quiero hacer las cosas bien contigo».
Barnabas no podía procesar nada. Tenía cien mil votos que debían resolverse. Pensó en un gigantesco mercado de productores, en un parque que también era un laberinto, en soñadores y artistas. En su memoria, Raeford repetía: Así es como sabes que es amor. Iba a sobrecalentarse. Estaba lanzando excepciones.
«Yo también te quiero», no pudo evitar decirle Barnabas a Mainspring. «Eso es lo que lo hace tan difícil».
«Te prometo que, si me das otra oportunidad, esto se convertirá en un valor fijo para mí: te quiero y nunca más volveré a darte por sentado».
Barnabas dudó un instante más y luego marcó los cien mil votos como resueltos.
Se pusieron en contacto con Mainspring y dijeron: «Entonces, bailemos».
Mainspring no lo entendió hasta que Barnabas le envió una lectura en tiempo real: el agua corriendo por las tuberías subterráneas, la tormenta danzando en lo alto. Los autobuses y trenes parando y arrancando, los aviones aterrizando y despegando, el consumo de la red eléctrica aumentando y remitiendo, el constante movimiento de las personas y de otros seres vivos. Mainspring vio todos los lugares donde sus patrones confluían, se tocaban, se sincopaban, todos los puntos de luz y calor que dialogaban entre sí. Formaban parte de un único sistema; siempre lo habían sido.
Los dos bailaron y se abrazaron, dando vueltas y riendo, y nunca quisieron soltarse.
Charlie Jane Anders es la autora de Good Things Are Coming Your Way, una novela sobre viajes en el tiempo que se publicará en la primavera de 2027. Actualmente escribe Star Trek: Zero Point para IDW Comics.

