En una estación de investigación en el centro de Panamá, puedes recorrer un siglo de tiempo forestal y observar cómo parcelas de matorrales con árboles jóvenes dan paso a doseles catedralicios de bosque maduro. La ecóloga forestal Daisy Dent, investigadora sénior en la ETH de Zúrich, supervisa esta secuencia de parcelas en el Monumento Natural de Barro Colorado, algunas de las cuales se remontan al siglo XIX. Ninguno de los árboles que examina fue plantado por manos humanas. Cartografía, mide y monitoriza cada tronco que surge, revelando cómo sucesivas oleadas de vida arbórea brotan de la tierra yerma.
Los bosques tropicales como estos son el mayor sumidero terrestre de carbono de nuestro planeta, ya que albergan alrededor del 40 % del carbono almacenado en la tierra. Como parte de una red internacional de investigadores, Dent está descifrando el entramado de interacciones entre animales y plantas que permite a algunos bosques recuperarse tras su destrucción. El objetivo es ofrecer una alternativa de bajo coste y alto impacto a los típicos programas de créditos de carbono, que plantan extensiones inmensas con una sola especie de árbol. Durante más de una década, sus investigaciones han reunido pruebas de que estos grandes proyectos de «monocultivo» podrían ser errores costosos, y de que bosques más resilientes pueden recuperarse de forma natural en tan solo unas décadas, recreando ecosistemas que absorben enormes cantidades de dióxido de carbono.
Pocos lugares son mejores para demostrarlo que Barro Colorado, una reserva que abarca las penínsulas e islas boscosas que se formaron cuando la construcción del canal de Panamá inundó la zona en 1914. Bajo la gestión del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, generaciones de ecólogos han acumulado más de un siglo de registros.
Esto significa que Dent puede determinar por qué algunas parcelas se recuperan tras la tala rasa para la agricultura y la silvicultura, mientras que otras se estancan. Los animales frugívoros —entre ellos los monos araña, los murciélagos y los loros— son los responsables de plantar más del 70 % de los árboles de los bosques tropicales, y el conjunto de datos de Dent permite revelar cuáles originaron cada rodal al depositar semillas en sus excrementos ricos en nutrientes. Muchas de estas criaturas colaboraron para sembrar un rodal diverso de 70 años cuyo dosel se acerca ya a la impresionante estructura y riqueza de una selva virgen. Por el contrario, un rodal de edad similar poblado por los troncos estrechos de una sola especie longeva, Gustavia superba, sugiere que unos roedores tropicales llamados agutíes son prácticamente los únicos arquitectos animales detrás de este bosque más homogéneo.
Los datos que recopila ayudan a elaborar una guía sobre cuándo dejar que los ecosistemas se regeneren y cuándo echarles una mano. Una estimación de 2024 en Nature concluyó que unos 215 millones de hectáreas de bosque en todo el mundo (una superficie mayor que México) podrían regenerarse de forma natural. «Los bosques tropicales se sustentan en esta enorme red de interacciones», explica Dent: interacciones entre formas de vida como los hongos que ayudan a los árboles a absorber nutrientes, así como polinizadores y dispersores de semillas. Fomentar esas relaciones es clave para desarrollar bosques que fijen carbono y ayuden a sustentar a las comunidades locales y la fauna silvestre.
Cubrir las lagunas
Hace poco más de una década, mientras se formalizaba el histórico Acuerdo de París en 2015, la recuperación de los bosques captó la atención mundial como solución frente a la crisis climática. Líderes de todo el mundo respaldaron los planes para replantar un billón de árboles, después de que el ecólogo Thomas Crowther destacara su potencial para capturar el equivalente a una década de emisiones globales de carbono. Pero la gran pregunta sigue en el aire: ¿cómo replantas, exactamente, dos árboles por cada estrella de la Vía Láctea?
Mientras varias empresas emergentes han propuesto drones para dispersar semillas y bombas de semillas recubiertas de nutrientes, Dent lleva dos décadas estudiando qué ocurre cuando dejamos que los bosques se regeneren por sí mismos. Durante su doctorado, en torno al cambio de milenio, investigó bosques primarios en el norte de Borneo, pero se sintió impotente al ver cómo se talaban paisajes enteros para plantar palmas aceiteras. En lugar de desesperarse, apostó por la restauración. Más tarde, como investigadora posdoctoral en 2005, se incorporó a Prorena en Panamá, una iniciativa conjunta del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales y la Escuela de Estudios Forestales y Medioambientales de Yale, cuyo objetivo era determinar la mejor manera de recuperar bosques autóctonos y diversos en terrenos talados por completo.
Por aquel entonces, los bosques secundarios —aquellos que crecen de forma natural tras la pérdida del bosque primigenio— eran «un área de investigación un tanto de nicho», afirma Dent. Sin embargo, a medida que la agricultura y las infraestructuras humanas han acelerado la deforestación, estos bosques renacientes representan ahora cerca del 70 % de toda la cubierta forestal tropical. En un principio, Prorena siguió el guion habitual de trasplantar árboles de vivero a zonas de pasto, pero Dent empezó a cuestionarse si plantar era realmente necesario. En 2009, publicó un esperanzador artículo que demostraba que las poblaciones de animales se recuperan rápidamente a medida que los bosques vuelven a crecer de forma natural.
En 2010, comenzó a trabajar en Barro Colorado en las parcelas establecidas por la pionera ecóloga estadounidense Julie Denslow. En 1994, Denslow identificó parcelas que llevaban regenerándose de forma natural entre 20 y 100 años, y Dent añadiría otras más jóvenes para continuar la secuencia.
El sitio no solo proporciona datos generales sobre la regeneración forestal, sino información demográfica detallada a lo largo del tiempo, afirma Robin Chazdon, profesora emérita de Ecología y Biología Evolutiva en la Universidad de Connecticut que colaboró con Denslow cuando esta estableció las parcelas. «Te dice más sobre los procesos reales que están ocurriendo en el lugar», señala.
Por ejemplo, investigaciones anteriores habían demostrado que los «árboles pioneros» de rápido crecimiento, los primeros en prosperar en terrenos degradados, acaban siendo superados por árboles más grandes que almacenan carbono. La investigación de Dent ayudó a resolver lagunas sobre los mecanismos de cómo ocurre esto —o cómo no ocurre— en casos concretos. En la parcela dominada por Gustavia, por ejemplo, los pastos resistentes plantados por los ganaderos asfixiaron a la mayoría de los demás árboles antes de que pudieran echar raíces. Estos árboles pueden permanecer allí, bloqueando la luz, durante 150 años, impidiendo el paso a la segunda oleada de árboles de tronco grueso.
Plantar o no plantar
Dent se encontraba en una posición privilegiada ante la gran oleada de interés por la reforestación que comenzó en 2015. Ya se había convertido en investigadora principal de 2ndFor, una red internacional de investigación cuyo objetivo es aprender a gestionar mejor los bosques secundarios. A partir de los datos recabados en las parcelas de Barro Colorado, el equipo publicó un artículo en 2016 en Nature que demostraba que una hectárea de bosque secundario regenerado de forma natural puede capturar al año 11 veces más carbono que uno maduro, ya que los árboles jóvenes lo absorben con rapidez mientras compiten por crecer hacia el sol.
Más tarde, en un estudio de 2022 publicado por la Royal Society, Dent y sus colegas demostraron que lugares como Barro Colorado representan uno de los mejores escenarios posibles de lo que se puede lograr sin plantar ni una sola semilla. Los claros suelen estar rodeados de entornos exuberantes repletos de aves, murciélagos y otros animales; todos ellos contribuyen a que la cubierta arbórea recupere los niveles de riqueza y abundancia propios de los bosques maduros en unas pocas décadas. A partir de datos de Panamá y Brasil, Dent publicó un seguimiento en 2024 que mostraba que parcelas con tan solo un 35 % de cubierta arbórea pueden regenerarse como bosque.
«Contar con estas parcelas forestales cartografiadas a largo plazo es sumamente valioso», afirma Liza Comita, profesora de Ecología de Bosques Tropicales en la Universidad de Yale, que colabora con Dent en proyectos para llevar sus hallazgos a la práctica. «Proporciona una infraestructura de investigación excelente sobre la que construir nuevos proyectos».
En Panamá, Dent trabaja con organizaciones sin ánimo de lucro y programas de créditos de carbono para acelerar la recuperación. Han cartografiado corredores para reconectar fragmentos de bosque y han diseñado planes para reintroducir animales en «bosques silenciosos» que han perdido gran parte de su fauna. También trabajan en la replantación de especies arbóreas que pueden acelerar el crecimiento —lo que Comita denomina regeneración natural asistida—. Dejar las parcelas a su suerte puede parecer la opción más sencilla, pero no se puede hacer en todas partes, afirma Dent. Muchos terrenos están demasiado degradados.
Los claros suelen estar rodeados de entornos exuberantes repletos de aves, murciélagos y otros animales, lo que ayuda a que la cubierta arbórea recupere los niveles de riqueza propios de los bosques maduros.
Ambos trabajan con Ponterra, una startup de créditos de carbono con sede en Londres, para desarrollar soluciones destinadas a una región del sur de Panamá donde los bosques remanentes bordean los límites de fincas ganaderas abandonadas. Este tipo de emplazamientos casi siempre requiere cierta intervención, explica Comita. Muchos demandan actuaciones directas, como la plantación de enriquecimiento.
Hoy en día, las preguntas que se plantean proyectos como Ponterra están más cerca de su propia investigación, afirma Dent. Por ejemplo, quieren comprender si los árboles aislados que quedan en pie, que los ganaderos suelen dejar para dar sombra a las vacas, ayudan a que los terrenos se regeneren más rápido. Esa información puede ayudar a Ponterra a vender créditos de alta calidad y evitar los bochornosos tropiezos que pueden hacer que las nuevas plantaciones acaben literalmente reducidas a cenizas. Aunque se pueden comprar créditos por tan solo 5 dólares por tonelada métrica, gigantes corporativos como Microsoft —uno de los clientes de Ponterra— han llegado a pagar más de diez veces esa cantidad por una eliminación de alta calidad.
Hay multitud de lugares donde cierto nivel de regeneración natural puede funcionar bien. Hasta la fecha, millones de hectáreas de selva tropical se están regenerando de forma natural en Brasil, según el Observatorio Brasileño de Restauración y Reforestación. Aun así, a Dent le desconcierta que los responsables de proyectos a gran escala sigan pensando que la mejor solución es la que impone la voluntad humana sobre el paisaje.
El debate podría estar cambiando. A medida que las sequías azotan América Latina, los responsables políticos y los compradores de créditos de carbono podrían verse obligados a afrontar las carencias de las plantaciones cortadas por el mismo patrón. «La resiliencia del sistema se reduce enormemente ante fenómenos extremos como sequías, inundaciones, calor extremo o patógenos», afirma Dent. El «mega El Niño» del próximo año podría ser un momento decisivo, señala: «Creo que cada vez se reconoce más que no podemos limitarnos a plantar árboles. Tenemos que reconstruir un sistema».
Matthew Ponsford es un periodista freelance afincado en Londres.

