Durante el verano hablé con el CEO de Springboards, una startup que desarrolla un LLM diseñado para generar una mayor variedad de respuestas que sus rivales más convencionales. Al principio de la llamada, dijo algo que se me ha quedado grabado desde entonces: «Solemos decir que somos una empresa de IA que se odia a sí misma. No sabemos si realmente nos gusta lo que estamos haciendo».
«Supongo que eso me convierte en un periodista de IA que se odia a sí mismo», respondí. ¡Era una broma! Me encanta mi trabajo. Pero no me gustan muchas de las cosas en las que se ha convertido la tecnología sobre la que escribo: distorsionada por el hype, guiada por fanáticos, ineludible.
El CEO de Springboards y yo no somos, ni mucho menos, los únicos. En todo el mundo, una actitud de amor-odio hacia la IA es claramente la tónica dominante en estos momentos.
Por un lado, la opinión pública se está agriando rápidamente. Según el Pew Research Center, en EE. UU. son más los adultos que creen que la IA tendrá un impacto negativo sobre ellos a nivel personal y en la sociedad en general que los que esperan uno positivo. El pesimismo es más acusado entre los jóvenes.
Más de la mitad de las personas en todo el mundo afirma que los productos y servicios de IA les generan inquietud, según un informe de la Universidad de Stanford. En una encuesta de Gallup realizada en mayo, el 71 % de los adultos estadounidenses aseguró que se opondría a la construcción de un nuevo centro de datos de IA en su zona, muy por encima del 53 % que se opondría a una nueva central nuclear. Y en un sondeo de la NBC en marzo, la IA resultaba menos popular que el ICE.
Aun así, el número de personas que utiliza la IA no para de dispararse. ChatGPT alcanzó los mil millones de usuarios mensuales en mayo, según la firma de análisis de mercado Sensor Tower. Gemini, de Google DeepMind, le sigue de cerca tras registrar 950 millones de usuarios en julio.
Según Pew, la mitad de los adultos estadounidenses afirma ahora utilizar un chatbot, más del doble de los que decían hacerlo en 2023. Una de cada cuatro personas asegura hacerlo a diario. Y es un hábito global: más de un tercio de los adultos de los 38 países de la OCDE (un grupo que reúne a las democracias más ricas del mundo) declara haber utilizado herramientas de IA generativa en los últimos tres meses.
Todas estas encuestas dibujan un panorama de dos verdades contradictorias: a mucha gente no le gusta nada la IA y muchísima otra no se cansa de ella. ¿Qué está pasando?
Es posible que se trate de dos grupos distintos, pero lo dudo. Las cifras no cuadran a menos que el diagrama de Venn esté camino de convertirse en un círculo.
También es posible que, cuanto más use la gente la IA, más negativas sean sus opiniones sobre ella. Hay al menos una correlación que respalda esto: el Norte Global, donde la adopción es mayor, tiende al pesimismo. En el Sur Global, donde los niveles de adopción son más bajos, la gente es más optimista.
Pero esto es lo que creo que ocurre en realidad: cuando la gente dice que odia la IA, no es la tecnología lo que le desagrada, sino más bien el implacable empeño de las empresas que están detrás por imponérnosla de todas las formas posibles. Nos están diciendo que nos preparemos para la mayor convulsión social y económica en generaciones. ¿Cómo esperan que se sienta la gente?
En muchos sentidos, ya hemos vivido esto antes. Durante los últimos 20 años vimos desarrollarse una dinámica similar con las redes sociales. Miles de millones de personas acudieron en masa a Facebook y Twitter a pesar del creciente «techlash» contra las empresas que gestionaban esos servicios. Y lo mismo ocurrió con el buscador de Google.
Con las redes sociales nadie podía hacer gran cosa. Abandonar una plataforma significaba perder todo tu contenido y tus contactos, lo que te dejaba ante la opción de aguantarte o empezar de cero. Pero con la IA la gente todavía tiene margen para influir. Sin duda, esta vez hay más voluntad política para regular. Los 50 estados de EE. UU. han aprobado o propuesto leyes que regulan el desarrollo y la implementación de la IA, creando un mosaico de más de 2100 proyectos de ley en todo el país: una cifra que se ha multiplicado por diez en tres años.
Y, con varias alternativas de código abierto de primer nivel a Google, OpenAI y Anthropic ya en el mercado, también existe (al menos por ahora) el potencial de una mayor capacidad de elección para el consumidor y la consiguiente presión de mercado.
No quiero ser ingenuo. Las empresas valoradas en billones de dólares son difíciles de mover. Pero lo que viene después no es tan inevitable como estas compañías suelen insinuar. Cuando le pregunté al CEO de Springboards por qué su empresa estaba desarrollando un nuevo modelo si en realidad no le gustaba la IA, me dijo que no había marcha atrás con los LLM—pero que todavía se podía hacer que hicieran algo diferente.
Ojalá veamos mucho más de algo diferente: claridad sobre lo que la IA puede y no puede hacer y, fundamentalmente, una tecnología que no se venda como si estuviera a punto de dominar el mundo.

