Esta semana, líderes mundiales se dieron cita en Manhattan con motivo de la Asamblea General de la ONU. También es la Semana del Clima de Nueva York —inversores, responsables políticos, activistas y periodistas coinciden en paneles, conferencias y cenas exclusivas.
Con tantas voces climáticas reunidas en un mismo lugar, el discurso puede sentirse un poco más ruidoso de lo habitual. Este año, el tema ineludible es la inteligencia artificial.
Se ha ido gestando una tensión creciente en to o a los impactos de la IA en el clima y la tecnología climática. Dependiendo de la postura de cada uno, se podría señalar el potencial de la IA para el avance de la investigación, o la forma en que la financiación y la atención de las grandes tecnológicas se están filtrando hacia las startups energéticas. O bien, podría centrarse en el despliegue de gas natural intensivo en emisiones que se está llevando a cabo para satisfacer la demanda de electricidad del sector.
Parece que todo el mundo coincide en que la IA es importante. La gran pregunta para aquellos en el ámbito climático, y la conversación que no paro de tener y escuchar esta semana, gira en to o a cómo se percibe el despliegue de su influencia.
El Secretario General de la ONU, António Guterres, destacó la intersección entre la IA y el clima en un discurso pronunciado el primer día de la asamblea. "La crisis climática alimenta la inestabilidad y el desplazamiento", afirmó Guterres. "La inteligencia artificial podría ayudar a resolver todos estos desafíos, o podría empeorarlos".
Resulta relevante que este año sea el primero en que el mundo ha tenido que afrontar realmente el hecho de que los objetivos climáticos se están escapando de nuestro alcance. Un informe reciente del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señaló que el mundo ha superado casi el punto en el que podríamos mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales.
Dado que hemos prácticamente incumplido este objetivo, el informe subraya la necesidad no solo de reducir rápida y drásticamente las emisiones de gases de efecto inve adero, sino también de emplear la eliminación de carbono para ayudar a absorber las emisiones que ya han sido liberadas a la atmósfera.
La pregunta del millón es si la IA podría ayudar en algo con esto.
La tecnología intensiva en energía está sin duda poniendo de manifiesto la necesidad de expandir el suministro eléctrico y reforzar la fiabilidad de la red. Esto se traduce en más atención y dinero para las tecnologías energéticas, algunas de las cuales resultan ser de bajas o cero emisiones.
Como he cubierto anteriormente, las startups de los sectores de la energía y el clima se están beneficiando. Empresas de energía nuclear, geotérmica, eólica y solar han firmado acuerdos con empresas como Google, Meta y otras que buscan alimentar sus centros de datos nuevos o en expansión.
La inversión global en tecnología climática de capital riesgo alcanzó los 26.000 millones de dólares en el primer semestre de 2026, según datos de Currence, una plataforma de seguimiento financiero para el sector. Esta cifra es un 55% superior a la del año pasado, y los productos y servicios para centros de datos están obteniendo una porción sustancial de ese pastel.
Pero, tal y como señala un artículo de Semafor sobre el informe, algunos sectores están quedando desatendidos: la gestión del carbono y los combustibles bajos en carbono vieron cómo la inversión de capital riesgo se desplomaba este año. Estas son soluciones importantes para abordar el cambio climático, pero puede que no logren encajar con las necesidades de un centro de datos.
Hasta ahora, el despliegue de centros de datos ha supuesto un elevado peaje en emisiones. Hace unos años, Microsoft, Google y Meta tenían todos objetivos ambiciosos para reducir las emisiones de gases de efecto inve adero. Ahora, todos han visto cómo sus emisiones aumentaban, en gran parte debido a los centros de datos que son necesarios para alimentar la IA.
Algunas personas son optimistas. La IA podría ayudar a acelerar el progreso en áreas como la búsqueda de nuevos catalizadores, como señaló Evelyn Wang, vicepresidenta de energía y clima del MIT, durante un panel. Y los centros de datos no agravarán los problemas climáticos y del agua para siempre, señaló Wang a Associated Press. (Ella estima un plazo de aproximadamente una década hasta que los centros de datos dejen de contribuir a las emisiones que calientan el planeta.)
Pero una gran cantidad de gas natural está entrando en funcionamiento para satisfacer la demanda inmediata creada por los nuevos centros de datos. Y una vez que esas centrales eléctricas se construyen, tienen una vida útil de décadas.
Esa es en parte la razón por la que la oposición pública a la IA está creciendo: la gente está viendo más contaminación y ruido cerca de estos centros de datos y de las centrales eléctricas que les suministran electricidad. En general, lo que estoy escuchando esta semana es que muchos en el sector climático son escépticos con la IA, en el mejor de los casos.
“Los líderes de la IA están ahora en la cuerda floja en lo que respecta a su licencia para operar y perdiendo el apoyo público a marchas forzadas”, dijo Simon Stiell, máximo responsable climático de la ONU, en un discurso esta semana. “Los titanes tecnológicos deben empezar a demostrar por qué los beneficios de la IA superan sus costes desorbitados —para muchos, no solo para unos pocos—.”
Este artículo es de The Spark, el boletín semanal sobre clima de MIT Technology Review. Para recibirlo en tu bandeja de entrada cada miércoles, suscríbete aquí.

