Pero existen límites físicos y tecnológicos. Si se viaja hacia arriba, el aire se hace más fino y la presión disminuye. Si alguien se acercara a una altitud de 20 kilómetros sin presurización, la sangre en los pulmones herviría. Esa altura es aproximadamente el doble de a la que vuelan los aviones comerciales, aunque los aviones más capaces han volado a casi el doble de dicha cota y algunos globos han superado los 50 kilómetros de altitud.
nAl final, al igual que las fronteras terrestres, las características naturales de la atmósfera permiten marcar los límites, pero son las decisiones políticas las que los definen. Los países reclaman la soberanía sobre su espacio aéreo: los vuelos no autorizados sobre el territorio de otro país violan el derecho inte acional. Pero desde que el Sputnik sobrevoló por primera vez Estados Unidos sin ser derribado, se ha aceptado ampliamente que la soberanía nacional no se extiende al espacio.
nRegresando a los tiempos soviéticos, Rusia y otros países han pedido en la ONU un límite concreto: 100 kilómetros sobre el nivel medio del mar, siempre que se alcance un consenso unívoco. Estados Unidos lleva mucho tiempo bloqueando estos esfuerzos, ya que su Gobie o considera que es la ambigüedad estratégica resulta beneficiosa para vuelos de vigilancia a gran altitud o misiles hipersónicos.
nDesde la década de 1960, la Fuerza Aérea de EE. UU. ha dado alas de astronauta a cualquiera que vuele por encima de las 50 millas de altura (un raro número de 80,4672 kilómetros). La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos otorga el galardón de Alas de Astronauta Comercial a pilotos privados que superan esa altitud, algo que la NASA también ha empezado a reconocer. Sin embargo, la Federación Mundial de Deportes Aéreos, que certifica los récords mundiales para vuelos de gran altitud, establece el límite en 100 kilómetros. Para las compañías como Virgin Galactic y Blue Origin que planean llevar a los turistas a la zona liminal durante cortos períodos de tiempo, la altura a la que se trace esta línea será, sin duda, una de sus grandes variables económicas: ¿quién pagaría cientos de miles de euros para casi llegar al espacio?
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