Te damos la bienvenida a la segunda carrera espacial. Es comprensible que experimentes cierta sensación de déjà vu. La última vez fueron la Unión Soviética y Estados Unidos quienes compitieron por ser los primeros en plantar sus banderas. Ahora se trata de un esprint hacia la superficie lunar entre Estados Unidos y China —junto a una serie de naciones más o menos aliadas o rivales—, al que se suma un sinfín de empresas privadas de vuelos espaciales. Y, esta vez, parece que se están preparando para asentarse. Habrá, según afirman los contendientes, bases en la Luna: castillos habitados de forma permanente bajo las estrellas.
La idea de una base lunar, por muy fantasiosa que parezca, no es nueva. Pero este año, bajo el liderazgo de su administrador, Jared Isaacman, la NASA ha inundado el panorama con anuncios audaces. Si todo sale según lo previsto —un plan que probablemente costará decenas de miles de millones de dólares solo para empezar—, habrá drones, módulos de alunizaje robóticos, satélites de comunicaciones y una central nuclear; habrá terrarios de plantas y sensores de seísmos lunares; y habrá exploradores mecanizados rastreando los cráteres en busca de agua.
Las primeras misiones de astronautas a la superficie lunar, cuyo inicio tiene previsto Estados Unidos para 2028, se centrarán en la exploración y la experimentación tecnológica. Pero la idea es que —en algún momento de la década de 2030— alcancemos un punto en el que haya módulos habitacionales para estancias de larga duración, rodeados por una red de estaciones de investigación científica, plantas de extracción y procesamiento de recursos y plataformas de aterrizaje para naves espaciales. «Va a ser una gran extensión», afirma Carlos García-Galán, responsable del programa de la base lunar de la NASA, una zona que abarcará «cientos de millas cuadradas».
Sin duda, este esfuerzo se ve impulsado por la competencia nacionalista. China tiene planes prácticamente idénticos para construir su propia base en la Luna. Y ser el primero importa, porque el «vencedor» define las condiciones. ¿Qué es la Luna, exactamente? ¿Es un puesto avanzado militarizado? ¿Es un centro de fabricación? ¿Es un territorio virgen que debe estudiarse y preservarse?
Pero también existen otras razones para ir. La compañera de la Tierra alberga rocas primigenias que guardan pistas sobre la formación de todo el sistema solar. La superficie lunar, al no tener prácticamente atmósfera que interfiera, es un lugar idóneo para instalar telescopios que puedan examinar las épocas más remotas del cosmos. La cara oculta de la Luna sería «un lugar fantástico para explorar el universo más lejano», afirma Josef Aschbacher, director general de la Agencia Espacial Europea. Además, lanzar cohetes desde la baja gravedad de la superficie lunar resulta mucho más eficiente a nivel energético que hacerlo desde la Tierra, lo que significa que enviar astronautas —o naves robóticas— más lejos en el sistema solar resultará mucho menos complicado. «La Luna es fundamental. Será un trampolín para llegar más lejos; es decir, a Marte y más allá», señala Aschbacher.

Pero si estas audaces visiones han de convertirse en realidad, queda una cantidad ingente de trabajo por delante. Una base lunar de grandes dimensiones debe ser segura para los astronautas que la habiten: protegida de la caída de asteroides, la incesante radiación cósmica, un polvo lunar cortante como una cuchilla y unas oscilaciones de temperatura tortuosas. También debe ser relativamente autosuficiente, de modo que pueda capear los vaivenes políticos y no costar sumas ruinosas de dinero para su mantenimiento. Para ello, tendremos que encontrar la manera de aprovechar los recursos de la Luna con el fin de mantener la base operativa —y, a ser posible, generar ingresos—. Y necesitaremos robots autónomos capaces de construir, mantener y ampliar las instalaciones incluso cuando sus amos humanos no estén presentes. «Es casi como empezar la civilización desde cero», afirma Simon Middleburgh, codirector del Nuclear Futures Institute de la Universidad de Bangor, en Gales.
Suponiendo que podamos superar estos retos iniciales, dentro de varias décadas —digamos, hacia el año 2100—, nuestras primeras bases lunares podrían pasar de ser estructuras apenas visibles a ciudades luminosas, quizá no muy distintas de las imaginadas por autores y guionistas de todo el mundo. «Es como la ciencia ficción de hoy que realmente queremos hacer realidad», afirma García-Galán. ¿Lo conseguirá alguien?
La Luna es un lugar tremendamente hostil para establecer un campamento. Por lo general, las temperaturas diurnas pueden superar los 250 °F; por la noche, pueden desplomarse por debajo de los –200 °F. Expuesta al vacío del espacio, la superficie recibe constantemente una lluvia de radiación cancerígena y sufre frecuentes impactos de meteoroides. Y su polvo volcánico es pegajoso y corrosivo, destructor de equipos y asfixiante para los pulmones.
Por desgracia, el polo sur lunar —la zona a la que apunta la NASA— es aún más hostil. La NASA quiere construir una base allí porque se cree que sus cráteres en sombra permanente albergan reservas de hielo de agua, que serían más valiosas que el oro. Purifícalo y podrás regar cultivos e hidratar a los astronautas; sepáralo en oxígeno e hidrógeno y tendrás aire respirable y propelente para cohetes. Pero la temperatura en esos cráteres puede caer por debajo de los –410 °F, lo que los convierte en algunos de los lugares más fríos del universo conocido. En la superficie, fuera de esas fosas, los astronautas estarían expuestos a un sol abrasador durante 14 días antes de experimentar una noche gélida de igual duración.
Pero hay un límite para lo que podemos gastar en seguridad. «Al final, todo se reduce a un riesgo de muerte aceptable», afirmó Philip Metzger, investigador en ingeniería de vuelos espaciales del Florida Space Institute, al sopesar algunos de estos peligros. «¿A qué podemos sobrevivir razonablemente sin arruinarnos?».
La temperatura es uno de los problemas más fáciles de gestionar. La ciencia de materiales ha avanzado mucho y existe una infinidad de metales, cerámicas, plásticos, compuestos y aleaciones capaces de resistir drásticas oscilaciones térmicas. Los radiadores mantienen los sistemas refrigerados; los calentadores evitan que las baterías se agoten antes de tiempo. Los astronautas también sobreviven sin problemas gracias a sus sofisticados trajes espaciales —pero esa tecnología solo ha demostrado su eficacia en breves excursiones—. Aún no está claro cuánto tiempo podría funcionar este equipo en condiciones tan extremas.
La temperatura en los cráteres del polo sur de la Luna puede ser inferior a –410 °F, lo que los convierte en algunos de los lugares más fríos del universo conocido.
Fuera de esos fosos, los astronautas estarían bañados por un sol abrasador durante 14 días antes de experimentar una noche gélida igual de larga.
La radiación espacial, que puede causar estragos en la electrónica y desencadenar una división celular cancerosa, es mucho más perniciosa. Y, como explica Stuart George, físico del Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston, se presenta en dos formas desagradables.
El primero son los rayos cósmicos galácticos, que caen sobre la Luna de forma casi constante. «Se originan en supernovas y fusiones de estrellas de neutrones, todo ese tipo de fenómenos», afirma George. Y dado que los núcleos atómicos, protones y electrones que los componen se desplazan a fracciones significativas de la velocidad de la luz, estos rayos cósmicos poseen una ingente cantidad de energía cinética, lo que significa que pueden atravesar con facilidad un blindaje fino (por ejemplo, una pared metálica). «Además, tienen la particularidad de que los iones más pesados se fragmentan en ese blindaje y generan partículas secundarias», explica George. Esto implica que, si tu blindaje es demasiado fino, los astronautas que se encuentren detrás recibirán una dosis de radiación sorprendentemente alta.
Por otra parte, está el Sol. Puede que sustente la vida en la Tierra, pero sin la densa atmósfera ni la burbuja magnética de nuestro planeta para frenarlo, quienes caminen por la Luna se verán expuestos de vez en cuando a uno de sus paroxismos: una llamarada solar (una ráfaga de diversos tipos de radiación) o una eyección de masa coronal (oleadas de plasma magnetizado). «Durante el programa Apolo, sabían que si se producía una gran llamarada solar mientras la tripulación estaba en la Luna, no habría forma de mantenerlos con vida», afirma Metzger. La tripulación podría haber desarrollado el síndrome de radiación aguda y haber fallecido en cuestión de días.
La forma de sobrevivir a una potente fulguración solar o a una eyección de masa coronal es sencilla: «Regresar al interior de un hábitat donde haya más blindaje», afirma George; preferiblemente a un «refugio contra tormentas» específico y fuertemente blindado, en esencia un búnker de paredes gruesas. El problema es que los astronautas podrían encontrarse fuera de la base, conduciendo un rover a muchos kilómetros de distancia. Las eyecciones de masa coronal tardan entre horas y días en alcanzar las inmediaciones del sistema Tierra-Luna, pero las fulguraciones solares pueden hacerlo en menos de una hora. Y los científicos aún no son capaces de modelizar el Sol lo suficientemente bien como para avisar con suficiente antelación. «Toda la capacidad para pronosticar tormentas solares es similar a donde [estaba] la predicción meteorológica... en los años 50 y 60», apunta George.
En cuanto a esos potentes rayos cósmicos galácticos, la única forma de evitarlos sería interponer una gran cantidad de material —posiblemente rocas lunares— entre los astronautas y el cielo. «Construir módulos de hábitat bajo tierra», señala Chris Dreyer, director de ingeniería del Centro de Recursos Espaciales de la Escuela de Minas de Colorado. Una opción: excavar las zonas habitables en tubos de lava, túneles volcánicos huecos formados de manera natural por roca fundida hace eones. Por el momento, la NASA no ha mencionado ningún plan para que su base lunar sea subterránea, pero tal vez tenga que hacerlo si aspira a levantar una pequeña ciudad lunar.
La radiación limita el tiempo que los astronautas pueden pasar en la superficie lunar a lo largo de toda su vida —según calculan los expertos, puede rondar un máximo de dos años antes de que el riesgo para la salud sea demasiado elevado—. Por desgracia, eso no es todo a lo que tendrán que enfrentarse en el espacio. Cuando los astronautas de Artemis II sobrevolaron la cara oculta de la Luna a principios de este año, vieron curiosos destellos iluminar el paisaje plateado bajo sus pies. Eran las muertes explosivas de pequeños meteoroides al impactar contra la superficie lunar.
La Tierra cuenta con una protección natural frente a las rocas espaciales más pequeñas, de hasta unos 15 metros de diámetro: se desintegran en la atmósfera sin mayores consecuencias. «En la Luna no existe esa opción», señala Philip Lubin, físico e investigador en defensa planetaria de la Universidad de California en Santa Bárbara. Dado que las rocas más pequeñas se precipitan hacia los planetas y las lunas con mucha más frecuencia que las grandes, la Luna suele verse acribillada por lo que, en la práctica, son diminutas balas espaciales. Podrían perforar con facilidad un traje espacial o el motor de un rover lunar.
¿Cómo proteger a los astronautas de semejante embestida? «La respuesta más sencilla es enterrarse», afirma Nicholas Schmerr, sismólogo planetario de la Universidad de Maryland—casualmente, del mismo modo en que harías frente a la exposición a la radiación. Apila rocas lunares sobre los muros de tu base o instala estructuras habitables en tubos de lava.
Por desgracia, siempre cabe la posibilidad de que aparezca un asteroide mayor. Incluso los módulos habitacionales enterrados tendrían dificultades para sobrevivir al impacto de uno de unos 15 metros —aproximadamente la longitud de un semirremolque.
Eso no significa que una base lunar estuviera indefensa ante asteroides mayores. La defensa planetaria ha recorrido un largo camino en tan solo unas décadas. La misión DART de la NASA demostró que podía desviar un asteroide al estrellarse contra la roca con una nave no tripulada, y experimentos de vanguardia en laboratorios clandestinos de todo Estados Unidos sugieren que una bomba nuclear podría apartar o vaporizar por completo rocas espaciales errantes. Una red de telescopios, tanto terrestres como espaciales, diseñados específicamente para detectar asteroides asesinos —como el cuarteto de telescopios ampliamente automatizados ATLAS y el telescopio infrarrojo NEO Surveyor, cuyo lanzamiento está previsto próximamente— también aspira a localizar en los próximos años el 90 % de los asteroides cercanos a la Tierra potencialmente capaces de arrasar ciudades enteras (aquellos de unos 140 metros de diámetro).
Todas estas protecciones se aplican a la Luna. Pero los asteroides de unos 15 metros de diámetro son tan sigilosos que incluso a los mejores telescopios de la NASA les costaría detectarlos con años o incluso meses de antelación. Lo más probable es que solo se avistaran poco antes de que impactaran contra la superficie lunar. ¿Y entonces qué?
No es descabellado imaginar varias plataformas de lanzamiento en la Luna a modo de torretas que, gracias a la menor gravedad y a la ausencia de atmósfera, pudieran disparar rápidamente proyectiles hacia un asteroide que se aproxima. Si le das con la suficiente fuerza, se romperá en pedazos. Solo asegúrate de disparar cuando esté lo más lejos posible: «Si rompes algo en mil pedazos, tendrás mil impactos en la Luna», afirma Lubin. «Eso podría ser peor que dejar que impacte en un solo lugar».
Que un asteroide destruya tu base sería terrible. Pero es mucho más probable que una base lunar se vea amenazada por el polvo que, a diferencia de los asteroides, está en todas partes a todas horas.
Las rocas volcánicas lunares, al fragmentarse, se convierten en partículas afiladas, con carga electrostática, adhesivas, acres y abrasivas. Durante su estancia en la Luna, los astronautas del Apolo que inhalaron parte de este polvo sufrieron en ocasiones una extraña «fiebre del heno lunar», que les irritaba los ojos y les afectaba a los pulmones. Ese mismo polvo desgastaba todo tipo de equipos con una facilidad inquietante. «Destroza juntas, engranajes, motores, trajes espaciales, hábitats... cualquier cosa con la que entre en contacto», afirma Justin Cyrus, CEO de Lunar Outpost, una empresa de tecnología de vuelos espaciales que suministra a la NASA uno de los róveres lunares del programa Artemis.
La NASA ya ha desarrollado una defensa contra estas oscuras esquirlas: el escudo electrodinámico contra el polvo, o EDS. Los ligeros electrodos que componen este escudo —que se pueden aplicar en capas sobre maquinaria, paredes y tal vez incluso trajes espaciales— utilizan corrientes opuestas para repeler el polvo cargado eléctricamente. El EDS funcionó de maravilla cuando se probó en laboratorios de la Tierra, y también demostró su magia antipolvo al enviarse a la superficie lunar en 2025 como parte de una misión robótica financiada por la NASA.
Amy Fritz, investigadora especializada en mitigación del polvo en el Centro Espacial Johnson, afirma que es muy probable que el EDS se utilice de forma generalizada en todo el hábitat lunar. Sin embargo, también se están desarrollando otros instrumentos para combatirlo, entre ellos un dispositivo similar a un rodillo quitapelusas inspirado en la piel de geco y una especie de pistola de ciencia ficción que emplea gas nitrógeno ionizado. Su primera pulverización neutralizará la carga del polvo para eliminar su adherencia; a continuación, una segunda ráfaga lo retirará de la superficie.
Por fastidioso que resulte, cuanto más concurrida esté una base, más polvoriento se volverá todo. A medida que crezca hasta alcanzar el tamaño de una pequeña ciudad, los cohetes deberán transportar carga y tripulación a la superficie lunar con bastante frecuencia. Cada despegue y aterrizaje lanzará una ráfaga de polvo en todas direcciones que anegará las infraestructuras de la base. «Tienes que preocuparte de que, básicamente, te azote un chorro de arena cada vez», señala Fritz.
Metzger calcula que, incluso con plataformas de aterrizaje a más de 3000 pies de distancia de una base, bastaría con entre 10 y 20 despegues o aterrizajes para dañar gravemente elementos como los revestimientos protectores de las paredes exteriores y los equipos de comunicaciones. Al cabo de un tiempo, afirma, «todo se rompe».
Aunque la futura base lunar esté parcialmente enterrada bajo tierra, protegida frente a micrometeoritos y radiación espacial, y bien equipada con tecnologías para repeler el polvo, seguirá siendo un trabajo arriesgado para cualquier astronauta. Moverse a saltos con una agilidad casi sobrenatural a un sexto de la gravedad terrestre será divertido. Pero «la microgravedad no es buena para el cuerpo humano», afirma Dreyer. Pueden surgir atrofia muscular, problemas cardiovasculares, afecciones respiratorias y deficiencias inmunitarias.
La radiación también podría afectar siempre a los residentes lunares. Y también hay pruebas de que los microbios patógenos podrían colarse sigilosamente a bordo de las naves espaciales, incluso después de someterlas a estrictos procedimientos de esterilización. Esos microbios podrían comportarse de forma diferente a como lo hacen en la Tierra; los experimentos en microgravedad (tanto reales como simulados) han sugerido que algunos se vuelven más agresivos y más propensos a causar enfermedades. «Los llamamos la tripulación invisible», afirma Lisa Carnell, directora de la División de Ciencias Biológicas y Físicas de la NASA.

Con la esperanza de encontrar una forma mejor de proteger a los astronautas, Carnell lideró un experimento llamado AVATAR (A Virtual Astronaut Tissue Analog Response), que despegó a bordo de la misión Artemis II. El proyecto empleó chips del tamaño de una memoria USB que contenían células procedentes del corazón, los pulmones u otras partes del cuerpo, y que podían activarse para actuar como órganos en miniatura. La comunidad científica ya había utilizado previamente esta tecnología de «órgano en un chip» para aplicaciones como el ensayo de nuevos fármacos en un entorno altamente controlado. Para Artemis II, el equipo de Carnell envió al espacio chips con muestras de médula ósea tomadas de los cuatro astronautas de la misión. La médula ósea produce glóbulos rojos y blancos, así como plaquetas: componentes clave que influyen en prácticamente todo el organismo humano. De este modo, observar cómo le afectan la radiación espacial y la microgravedad aportaría a Carnell y a su equipo información crucial sobre cómo podría cambiar la biología de los astronautas en la Luna.
La ventaja de los chips de órganos es que se pueden fabricar para cualquier astronauta y enviarlos al espacio con antelación para ver cómo reaccionarán los órganos de esa persona al vuelo espacial. Los investigadores prevén que los datos de estos chips podrán orientar a los médicos sobre los tratamientos preventivos o fármacos específicos que ayudarán a los astronautas con destino a la Luna durante su viaje.
¿Qué es probable que envíe la NASA más pronto que tarde? «Organoides cerebrales», dice Carnell. Sí —añade—, suena superraro. Pero convendría saber cómo podría responder un cerebro real a estar en la Luna durante varios meses antes de que la gente empiece a vivir allí.
Bien. Tu inmensa base lunar y sus habitantes están protegidos —en la medida de lo posible— del traicionero entorno lunar. Pero el tiempo de los astronautas es sumamente valioso y los humanos son criaturas frágiles. No puedes hacer que carguen con todo el trabajo pesado, lo que significa que, tanto si pretendes crear un diminuto puesto avanzado lunar como una pequeña ciudad, vas a necesitar muchísimos robots. «La construcción de la base lunar, en los primeros años, será prácticamente en un 99 % robótica», afirma García-Galán, de la NASA.
La autonomía estará presente desde el principio. La nueva versión del buggy lunar de la NASA, su Lunar Terrain Vehicle, podrá ser conducido por los astronautas que viajen en él, pero también podrá pilotarse de forma remota desde la Tierra (o desde cualquier otro lugar de la Luna). También se contempla la incorporación de brazos robóticos modulares, vehículos de remolque y plataformas de transporte de carga —todo ello aún en fases preliminares de planificación—.
Sin embargo, a lo largo de las próximas décadas, es probable que queramos un ejército de robots a nuestra disposición: excavadoras para extraer rocas lunares que puedan transformarse en hormigón y ladrillos, además de otros robots para allanar superficies, cavar zanjas, asentar los cimientos de los edificios, pavimentar plataformas de aterrizaje y levantar bermas de desvío de polvo para evitar que la base sufra el desgaste abrasivo de los lanzamientos y aterrizajes. Incluso los paneles solares y el cableado podrían fabricarse a partir de rocas lunares, algo que la compañía aeroespacial Blue Origin demostró en laboratorios terrestres en 2023 utilizando un simulante geológico diseñado para replicar la composición del regolito lunar.
Alimentar a este ejército de robots requerirá una cantidad considerable de energía. Las noches de dos semanas de duración convierten a la energía solar en una solución poco práctica. Más allá de un sinfín de baterías de gran capacidad y resistentes a temperaturas extremas, la energía nuclear es probablemente la única opción viable. Un reactor nuclear pequeño, del tamaño de un coche, cargado prácticamente con un puñado de uranio, podría suministrar energía a una pequeña localidad durante una década sin necesidad de repostar. Y aunque todavía nadie ha probado un reactor nuclear en la Luna, pocos dudan de que la NASA y el Departamento de Energía de EE. UU. puedan concebir un diseño operativo, uno que tal vez no sea muy diferente de los que van a bordo de los submarinos nucleares. Una base lunar en 2100 contaría probablemente con múltiples reactores nucleares pequeños, operados de forma autónoma o remota, a los que —muy oportunamente— los robots dedicados a ampliar las instalaciones podrían conectarse simplemente para recargarse.
Pero la mayor incógnita lunar podría ser el agua, que los planificadores necesitan para abastecer a los astronautas —y para fabricar combustible con el que lanzar cargas desde la superficie lunar—. Un proceso conocido como electrólisis, que utiliza electricidad para romper enlaces moleculares, permite descomponer el agua en oxígeno e hidrógeno, y ambos pueden emplearse para producir combustible para cohetes. Obtenerlos de este modo podría resultar mucho más económico que transportar cualquiera de los dos desde la Tierra. Y, como ventaja añadida, proporcionaría una fuente de oxígeno respirable.
Los datos orbitales han revelado que existe cierta cantidad de agua conservada en zonas del polo sur lunar, pero apenas se sabe cuánta hay en realidad, qué forma adopta o cómo de fácil resultará extraerla. ¿Habrá capas sólidas de hielo aquí y allá, listas para ser excavadas? ¿O habrá cristales de hielo dispersos y entremezclados entre los granos de roca, lo que requerirá algún método de extracción más ingenioso?
Se cree que gran parte del agua de la Luna se oculta en cráteres profundos y oscuros del polo sur, donde el entorno es tan extremo que los robots podrían congelarse, volcar o perder el contacto con la base. «Para mí, ese es el mayor obstáculo», afirma Paul van Susante, investigador principal del Laboratorio de Desarrollo de Tecnologías de Superficies Planetarias de la Universidad Tecnológica de Michigan.
El laboratorio de Van Susante ha estado poniendo a prueba diversos robots de construcción en cámaras de vacío que reproducen las condiciones lunares, repletas de rocas que imitan a las de la Luna. Su equipo participó en el reciente desafío Break the Ice de la NASA, que invitó a los ingenieros a construir robots para ensayar diferentes formas de excavar estas rocas. Algunos equipos utilizaron un martillo percutor eléctrico y una pala, mientras que otros emplearon raspadores para retirar capas de terreno. Los equipos simularon la débil gravedad de la Luna mediante una grúa para levantar y compensar el peso de los robots. El progreso en este sentido avanza a buen ritmo. «No diría que esté resuelto, pero tenemos muchas piezas del puzle», afirma Van Susante.
Extraer el agua será solo una parte de una operación de gran envergadura. «Cuando la extraes, no va a estar limpia. Hace falta purificarla», afirma Jessica Atkin, botánica espacial de la Universidad Texas A&M. La tecnología para conseguirlo ya existe y funciona a la perfección en tierra firme. Pero, en el espacio, las cosas nunca salen como esperas. «Hay un sistema de purificación de agua en la Estación Espacial Internacional (ISS), y es conocido por contaminarse con microbios», señala.

Pero si purificas el agua lo suficiente —algo que se consigue fácilmente en la Tierra, pero que puede flaquear en microgravedad, donde los fluidos se comportan de formas más extrañas—, tu base lunar podrá alcanzar su pleno rendimiento. Con un sistema eficaz de reciclaje de agua, una base cada vez más poblada jamás pasará sed y, quién sabe, tal vez consigas tener un invernadero lunar. A bordo de la EEI ya se han cultivado con éxito diversas plantas comestibles, como lechuga, mostaza china, tomates y pimientos. Por desgracia, el polvo lunar es un sustrato pésimo para un huerto: contiene demasiado aluminio y, al regarlo, forma una costra compacta. Sin embargo, Atkin ha demostrado que, con la ayuda de hongos fertilizantes, los garbanzos pueden crecer en un suelo muy similar al material volcánico presente en la Luna.
Los habitantes de una base lunar en 2100 subsistirían en gran medida gracias a raciones de comida envasada enviadas desde la Tierra. Pero, con el tiempo, empezarían a cultivar parte de sus propios alimentos, probablemente con un alto nivel de automatización para la iluminación, el riego y el control de la humedad y otras condiciones ambientales. Aparte de los garbanzos, también podría haber abundancia de tomates lunares. Serían especialmente codiciados porque han sido modificados genéticamente para producir mayores niveles de unos compuestos llamados antocianinas que, según algunos estudios, podrían ayudar al ser humano a mitigar el daño celular provocado por la radiación espacial.
Un huerto en la Luna haría mucho más que limitarse a proporcionar alimento, como sugieren experiencias recientes en la ISS. Carnell afirma que la NASA sorprendió hace poco a los astronautas a bordo de la estación espacial haciendo algo a escondidas. Se supone que todas las plantas allí arriba deben estar confinadas en sus cámaras de cultivo. Pero «nos enteramos de que la tripulación estaba pirateando la tierra sobrante, llevando sus semillas y plantando sus pequeños huertos, por así decirlo, y escondiéndolos en sus camarotes», explica.
En el verano de 2026 se mantuvieron conversaciones tras las cuales la NASA decidió permitir que los astronautas cultivaran sus propios minihuertos donde quisieran. «Algunos astronautas dijeron que se sentían mucho mejor», señala Carnell. La naturaleza y la jardinería tienen un efecto psicológico sumamente beneficioso para quienes permanecen en espacios confinados suspendidos sobre la Tierra. Esto será aún más evidente para quienes vivan en tubos de lava bajo la superficie lunar. «Ese factor humano es fundamental», afirma.
Nadie se engaña pensando que no hay una montaña de desafíos tecnológicos por delante. Marte puede ser un infierno, como señaló en 2021 la escritora Shannon Stirone en The Atlantic, pero la Luna no se queda muy atrás. Es un lugar casi cómicamente amenazador. Son muchos los factores que dificultan la construcción de una base segura, autosuficiente y gestionada de forma robótica.
La NASA quiere instalar el primer reactor nuclear en la Luna para 2030. China, en colaboración con Rusia, aspira a emplazar su propia central nuclear allí hacia 2035.
Más allá de un primer módulo de habitabilidad básico, harán falta décadas de experimentación e iteración en la superficie lunar para disponer de una base operativa que abarque cientos de millas cuadradas. Pero pocos dudan de que, con suficiente tiempo y los ajustes necesarios, la humanidad lo conseguirá. «No es un problema irresoluble», afirma Schmerr, de la Universidad de Maryland.
El principal obstáculo, sobre todo en las fases iniciales de construcción, podría ser la voluntad política. Actualmente, la NASA está volcando todos sus recursos en el proyecto —algo que la agencia espera que culmine en una pequeña ciudad lunar a finales de siglo—. Pero ¿se mantendrá ese compromiso a lo largo de sucesivas administraciones estadounidenses? ¿Respaldará también la comunidad internacional este esfuerzo liderado por la NASA? La NASA tiene «un plan muy ambicioso», afirma Yuqi Qian, geólogo lunar de la Universidad de Hong Kong. «Tenemos que seguirlo de cerca». De hecho, añade, «el plan actual parece excesivamente ambicioso». La agencia, por ejemplo, quiere instalar el primer reactor nuclear en la Luna para 2030. (China, en colaboración con Rusia, quiere instalar allí su propia central nuclear hacia 2035).
«Este tipo de proyectos —aunque muy apasionantes y potencialmente transformadores para la humanidad— son los primeros en retrasarse o cancelarse», afirma Middleburgh, del Nuclear Futures Institute. El rumbo de la NASA tiende a cambiar cuando una nueva administración llega al poder —a veces de forma drástica—.
Sin embargo, varios expertos ajenos a la NASA coinciden en que, al menos por ahora, existe un impulso evidente y voluntad política detrás de la base lunar. «La NASA ha expresado con mucha claridad hacia dónde quiere ir, cuáles [son] sus prioridades, cuál es su ambición y cómo quiere hacerlo», señala Aschbacher, de la ESA. «Resultó bastante impresionante de ver».
Incluso si la voluntad política tras la iniciativa liderada por Estados Unidos se mantiene durante las próximas décadas, expandirse más allá de una base lunar inicial y compacta requerirá algo más que financiación gubernamental. «Tiene que haber una economía lunar para que esto sea autosuficiente», afirma Dreyer, experto en recursos espaciales. Quizá eso provenga de la producción de combustible para cohetes o de la extracción de materiales valiosos en la Luna que puedan sustituir a actividades contaminantes similares en la Tierra. Pero no está nada claro hasta qué punto será valiosa, o no, una economía lunar.
Ni siquiera Isaacman, el director de la NASA, cree que la Luna vaya a ser una gran fuente de ingresos. «Ahora mismo no conozco nada en la Luna que vaya a ser más fácil y asequible de extraer, fabricar y luego traer de vuelta a la Tierra que lo que podríamos fabricar aquí en la Tierra», señaló el pasado febrero. (En cambio, sospecha que la minería de metales en asteroides será el camino hacia la prosperidad).
¿Y si, por el contrario, una base lunar se ganara el derecho a existir por ser un enclave para la investigación científica pionera? Aschbacher se la imagina como los asentamientos de la humanidad en la Antártida. Allí abajo, en lo que verdaderamente parece otro mundo, científicos exploradores trabajan en una tierra de hielo reluciente e infinito para comprender mejor el clima de nuestro planeta, su pasado remoto y sus resistentes formas de vida. «Comprendemos el planeta Tierra al observar esos lugares remotos», afirma. La Luna ofrece una oportunidad similar. ¿Qué descubrimientos esperan a los astronautas en esos tubos de lava primordiales? ¿Qué verán los astrónomos lunares en el cielo nocturno —prácticamente sin atmósfera ni contaminación lumínica de por medio— que resulte imposible ver desde la Tierra?
Como en todos los programas de vuelos espaciales, las tecnologías desarrolladas allí arriba sin duda se adaptarán para utilizarse en la Tierra. Y una base en la Luna facilitará la exploración del resto del sistema solar. Tecnológica, fisiológica y psicológicamente, la Luna «es un banco de pruebas para las tecnologías que necesitamos para Marte», señala García-Galán, de la NASA.
Si proyectamos hacia el futuro la carrera entre EE. UU. y China, tal vez el polo sur lunar de 2100 albergue varias extensas bases operadas por múltiples rivales geopolíticos. Quizás sea un polvorín extraterrestre de ambiciones territoriales militarizadas y chovinismo belicista. Pero tal vez podría convertirse, en cambio, en una catedral internacional para la ciencia y en el destino de aventura definitivo. «Aunque a los países en el planeta Tierra les cueste dialogar entre sí», señala Aschbacher, podrían comportarse de forma diferente cuando se trate de la Luna. «Estoy bastante seguro de que se reunirán para ver qué podemos hacer juntos y qué problemas podemos resolver». Al fin y al cabo, afirma, allí arriba, lejos de casa, «dependes muchísimo de los demás».
Robin George Andrews es un galardonado periodista científico y doctor en vulcanología afincado en Londres. Escribe habitualmente sobre la Tierra, el espacio y las ciencias planetarias, y es autor de dos libros aclamados por la crítica: Super Volcanoes (2021) y How to Kill an Asteroid (2024).

