El propio cambio climático está alimentando cada vez más el cambio climático. El aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero está elevando las temperaturas globales y desencadenando peligrosos bucles de retroalimentación que no hemos tenido plenamente en cuenta en nuestros modelos climáticos —ni en nuestros objetivos de reducción de emisiones—.
Los científicos llevan mucho tiempo advirtiendo de que el calentamiento provocaría un calentamiento aún mayor de diversas formas, pero un número cada vez mayor de observaciones y estudios ofrece por fin una idea más precisa de lo potentes que podrían llegar a ser estos efectos en cascada. Y, por extensión, muestran cuánto más rápido podría calentarse el planeta en este siglo.
Un estudio publicado en septiembre en Environmental Research Letters, que sintetiza los resultados de investigaciones previas, reveló que solo el dióxido de carbono y el metano adicionales liberados por el deshielo del permafrost, la intensificación de los incendios forestales, unos lagos y embalses más cálidos y unos humedales más húmedos y templados podrían elevar las temperaturas medias globales entre 0,2 °C y 0,4 °C este siglo. Esto se sumaría a los 2,6 °C de calentamiento por encima de los niveles preindustriales que los modelizadores ya prevén hasta 2100. El calor adicional podría someter a muchas ciudades del mundo a olas de calor de meses de duración y exponer a cientos de millones de personas a inundaciones.
Ninguno de los modelos en los que se basan los principales informes climáticos de la ONU, que evalúan cuánto es probable que se caliente el planeta en diversos escenarios de emisiones, tiene en cuenta todos estos efectos de retroalimentación. Muchos de ellos ni siquiera incorporan ninguno. Esto deja un enorme punto ciego en nuestra comprensión de cuánto podría calentarse realmente el planeta en las próximas décadas —y con qué rapidez tendrán que reducir drásticamente sus emisiones las naciones para mantenerse dentro de los límites críticos—.
Otro análisis publicado en One Earth en marzo, que examinó qué implica el problema de la retroalimentación para nuestros objetivos climáticos internacionales, concluyó que el mundo podría estar mucho más desviado del rumbo de lo que generalmente se cree. El estudio constató que solo tres fuentes regionales de emisiones derivadas del calentamiento —el deshielo del permafrost, el aumento de los incendios en los bosques boreales y el calentamiento de los humedales tropicales— podrían acortar hasta en un 25 % el tiempo que queda antes de que el planeta supere de manera constante los umbrales de calentamiento de 1,5 °C y 2 °C.
Nuestros modelos climáticos y los informes de la ONU claramente necesitan actualizarse para reflejar mejor estos efectos. Los países también deben redoblar sus esfuerzos para reducir las emisiones con el fin de responder a esta comprensión cada vez más precisa de los peligros a los que nos enfrentamos, afirma Sam Abernethy, autor principal del artículo y climatólogo en Spark Climate Solutions, un grupo de investigación sin ánimo de lucro con sede en San Francisco.
Al menos una parte de esto ya está empezando a suceder. Spark ha puesto en marcha una iniciativa, llamada Warming-Induced Greenhouse Gas Emissions Model Intercomparison Project, a través de la cual más de 20 equipos internacionales están ejecutando la misma serie de análisis en distintos modelos para comprender mejor el impacto potencial de los efectos de retroalimentación. Los investigadores que participan en el proyecto esperan que la ONU incorpore estos resultados en su próxima gran evaluación climática, prevista para 2029. Dicho informe actualizará las estimaciones de las emisiones remanentes que aún pueden liberarse antes de que el planeta sobrepase umbrales de temperatura críticos.
Pero lo que ya está claro es que el planeta se está calentando rápidamente y que los países no han hecho ni de lejos lo suficiente para reducir la contaminación por combustibles fósiles. E incluso si lográramos detenerla, las emisiones provocadas por el calentamiento podrían continuar.
Por ello, varios de los grupos de investigación participantes en los estudios recientes han comenzado a explorar qué podrían hacer los países para controlar las emisiones derivadas de la retroalimentación. Científicos del Woodwell Climate Research Center de Massachusetts están, por ejemplo, investigando la posibilidad de prevenir incendios o detectarlos con rapidez y extinguirlos cuando amenacen con quemar la vegetación y el suelo que ayudan a aislar cuñas de permafrost especialmente ricas en carbono (un tema que abordé en profundidad en un reportaje reciente). Además, la Iniciativa de Innovación Climática del Environmental Defense Fund ha respaldado investigaciones de laboratorio sobre el potencial de añadir sulfato, hierro u otros compuestos a los humedales para contrarrestar el rápido aumento de las emisiones de metano.
Varias startups también están explorando distintas posibilidades. Están investigando cómo suprimir los rayos que provocan cada vez más incendios en latitudes altas, colocar mantas sintéticas sobre el permafrost para evitar que se derrita y desplegar drones autónomos para sofocar rápidamente fuegos potencialmente de altas emisiones antes de que queden fuera de control.
Vale la pena investigar todas estas ideas. Sin embargo, los investigadores se encuentran aún en una fase muy incipiente a la hora de determinar qué reducción de emisiones podrían lograr tales iniciativas en vastos ecosistemas globales sometidos a enormes transformaciones.
El camino más seguro para reducir el efecto del calentamiento provocado por el calentamiento sigue siendo el que siempre hemos conocido: acabar con la adicción de la sociedad a los combustibles fósiles.
Este artículo es de The Spark, el boletín semanal sobre clima de MIT Technology Review. Para recibirlo en tu bandeja de entrada cada miércoles, suscríbete aquí.

