¿Te has parado a pensar alguna vez en qué te hace ser tú? La ciencia nos asegura que todo se reduce a ese órgano de kilo y medio que tenemos entre las orejas, con sus miles de millones de neuronas y billones de delicadas conexiones. Pero resulta mucho más complicado explicar por qué tenemos autoconciencia o determinar con precisión dónde reside exactamente ese primer recuerdo de mamá. A medida que envejecemos, olvidamos la mayor parte de lo que hemos vivido y, aun así, existe una continuidad innegable: a los 30, a los 50 o a los 70 años, seguirás siendo tú.
Para preservar esa esquiva continuidad del yo, algunos tecnólogos visionarios están trabajando en formas de mantener tu cerebro en funcionamiento, incluso más allá de la muerte. Llamémoslos los «salvadores de mentes». Están explorando desde congelar cerebros en nitrógeno líquido hasta potenciar los vivos o subir nuestros recuerdos a la nube. En este artículo, analizamos seis posibles vías para mantener activa tu mente, hasta qué punto serían viables y qué beneficios podría aportar la investigación actual, incluso si la inmortalidad cognitiva no llega a materializarse.

Trasplante de cabeza
Desde entonces, los experimentos de White han sido objeto de una macabra fascinación. Pero, para unos pocos neurocientíficos, suponen una inspiración al sugerir que, algún día, un trasplante de cabeza humana —o, como algunos lo llaman, un trasplante de cuerpo— podría tener éxito.
El principal defensor de la idea es Sergio Canavero, un polémico cirujano italiano que, hace diez años, llegó a afirmar que había encontrado a un voluntario: Valery Spiridinov, un programador informático que sufre una enfermedad muscular degenerativa. Al principio, Spiridinov aceptó que transfirieran su cabeza al cuerpo de un donante con muerte cerebral en China, pero más tarde se desvinculó del plan y, en su lugar, se casó. Y puede que fuera lo mejor. Los críticos sostienen que la intervención se parecería más a un asesinato que a la medicina. O, en el mejor de los casos: los voluntarios quedarían paralizados y dependiendo de un respirador de por vida.
Canavero asegura que eso no es necesariamente cierto. Sostiene que la postura de la gente respecto a la operación cambiará una vez que se acepte que reconectar médulas espinales seccionadas ya es posible. Remitió a MIT Technology Review a un artículo de investigación del pasado verano del que fue coautor junto a cirujanos del Instituto Clínico y de Investigación de Medicina de Urgencias Sklifosovsky de Moscú. El equipo seccionó la médula espinal de tres cerdos a media altura de la espalda y luego comprobó si los cuerpos nerviosos seccionados podían volver a fusionarse mediante un sellador quirúrgico. Según ese artículo, publicado en la revista PLOS One, todos los cerdos recuperaron la capacidad de ponerse en pie e incluso de caminar con cierta inestabilidad.
¿Significa eso que se podría unir una cabeza a un nuevo cuerpo y luego llegar a controlarlo realmente? La comunidad científica mayoritaria no está convencida. Grégoire Courtine, especialista en rehabilitación medular en la École Polytechnique Fédérale de Lausanne (Suiza), afirma que ha seguido las declaraciones de Canavero «con poco respeto» y cree que deberíamos «prestarle cero atención».
«No existe ninguna tecnología … capaz de una idea tan descabellada», escribió Courtine en un correo electrónico.

Clones mentales
Apenas 12 años después de que saliera el libro, la tecnología de inteligencia artificial ya ha dado «vida», por así decirlo, a algunas de sus predicciones. Servicios como StoryFile, Afterlife AI y Synthesia permiten a los usuarios subir su información personal y su imagen para generar tanto bots conversacionales que comparten sus recuerdos como bustos parlantes en vídeo que suenan (y se ven) exactamente como ellos. Ahora, los influencers dejan que sus «clones de IA» hagan su trabajo en TikTok, y algunas personas incluso están creando avatares de sus padres mayores para preservar su personalidad.
Aunque este mimetismo puede producir resultados cómicos, apegos poco saludables o sensaciones inquietantes, el creciente realismo de la IA generativa invita a la gente a aceptar emocionalmente a los avatares como seres reales. Ese fue el caso cuando Rothblatt apareció como un avatar digital durante un evento de 2025 organizado por el Departamento de Comunicación de la UCLA llamado «The Bridge to Humanizing AI».
Su copia, llamada Marvatar, se proyectó en una pantalla, moderó los debates y habló de igual a igual con la Rothblatt de carne y hueso, llegando a decir en un momento dado: «El baile no consiste en quién guía, sino en cómo nos movemos juntos». Según la universidad, los asistentes estaban «visiblemente conmovidos» y lloraron «de asombro» ante la visión de Rothblatt sobre la igualdad digital.
Lo que todavía le falta a la predicción de Rothblatt sobre los clones mentales son pruebas de que estos avatares tengan —o vayan a tener alguna vez— algún tipo de autoconciencia real. (Preguntamos a ChatGPT si es consciente y respondió: «Probablemente no»). Pero todo esto sigue siendo una zona gris. Los neurocientíficos no cuentan con una definición clara de la conciencia, y mucho menos con una prueba diagnóstica que puedan aplicar a un avatar.
¿Y si, en cambio, la decisión final dependiera de los ojos de quien mira? Puede que tu clon digital no seas tú. Pero en algún momento podría ser suficiente para mí.

Cerebro en un frasco
Así pues, como amantes del cine de ciencia ficción de serie B que somos, el año pasado nos llamó la atención que una empresa llamada Bexorg empezara a mostrar a los periodistas cerebros humanos reales en cubetas, los cuales ha estado adquiriendo de donantes de órganos poco después de su muerte para luego «reiniciarlos» infundiéndoles sangre artificial rica en oxígeno.
La empresa afirma que estos «cerebros humanos fisiológicamente intactos» serán más útiles que los animales para probar fármacos y más seguros que realizar experimentos con voluntarios vivos. Añade un compuesto contra el alzhéimer a uno de estos cerebros incorpóreos y los investigadores podrán medir con exactitud qué hace el fármaco en el interior del órgano.
El CEO de Bexorg, Zvonimir Vrselja, está «seguro» de que a algunas personas les gustaría devolver la conciencia a cerebros fuera del cuerpo, pero ha intentado disipar tales especulaciones. Aunque son metabólicamente activos, según la empresa, los cerebros han perdido toda actividad eléctrica coordinada. Eso significa que no son conscientes —aunque, solo para asegurarse, los neurocientíficos que dirigen los experimentos añaden a los tejidos el potente anestésico propofol—.
Es más, ahora mismo un cerebro solo puede mantenerse «vivo» fuera del cuerpo durante unas 24 horas. Eso no sería precisamente una segunda vida. Aun así, se está trabajando para mejorar los sistemas de soporte vital. Bexorg asegura que espera llegar a mantener sus cerebros en funcionamiento durante dos semanas.

Sustitución gradual del cerebro
Sobre el papel, el objetivo es fabricar tejido para injertarlo en el cerebro de víctimas de ictus, revirtiendo el daño y recuperando la funcionalidad. De forma menos oficial, la existencia del proyecto supone un triunfo inesperado para un plan extremo contra el envejecimiento impulsado por Jean Hébert, el neurocientífico que lidera el programa, quien defendió en su libro de 2020, Replacing Aging, que podemos vivir más tiempo si sustituimos nuestras células cerebrales envejecidas por otras jóvenes.
No queremos perder nuestra identidad. Por eso —según Hébert— tendría que producirse de forma gradual, en pequeños fragmentos, para que nuestro cerebro tuviera tiempo de adaptarse al nuevo tejido.
Los científicos que solicitaron participar en el programa afirman que Hébert insistió en un enfoque tecnológico muy concreto. Mientras que la mayoría de los investigadores diseñan tipos celulares individuales, ARPA-H solicitó fragmentos complejos de corteza joven y funcional, más o menos como lo que encontrarías en un feto en desarrollo. «En esencia, quería crear una forma embrionaria de corteza que pensaba que se podría injertar de algún modo en un cerebro adulto», señala Marius Wernig, investigador de células madre de la Universidad de Stanford que se presentó a la convocatoria.
Los escépticos señalan que se desconoce si los fragmentos de cerebro de reemplazo llegarán a funcionar correctamente como parte de tu cerebro —por ejemplo, asumiendo los recuerdos—. Es más, aún no está claro cómo fabricar corteza joven, o lo que ARPA-H denomina «tejido precursor neocortical», en el laboratorio. Una idea es recurrir a los últimos avances en organoides cerebrales. Imagina, si quieres, una corteza humana cultivada en una placa de laboratorio sin cuerpo.
Sabemos que la agencia tiene unos plazos muy ambiciosos: a lo largo de cinco años, quiere que los investigadores sienten las bases de los primeros ensayos en humanos de corteza de reemplazo. El objetivo, afirma, es «quitarle lo “permanente” al daño cerebral». Y tal vez también a la vejez.

Subida del cerebro
Los científicos ya están cartografiando este cableado en animales más simples. Hace dos años, Seung participó en el análisis del cerebro de una mosca que había sido seccionado en láminas tan finas como el papel y fotografiado con un microscopio electrónico. Después, él y sus colegas utilizaron un software de análisis de imágenes para rastrear 139.255 neuronas y unos 55 millones de sinapsis. El mapa de la mosca podría dar lugar a un software energéticamente eficiente que procese la información de la misma manera que los cerebros reales, afirma Seung.
Otros creen que el resultado definitivo de la investigación en «conectómica» será lo que se conoce como «emulación cerebral completa» o, a veces, simplemente «uploading». Es la idea, muy popular en ciertos círculos de Silicon Valley, de que una simulación creada a partir de un cerebro seccionado en finas capas podría llegar a ser tan detallada que reproduciría no solo una inteligencia genérica, sino una en particular, como la tuya —con recuerdos y opiniones incluidos—, y capaz de volver a vivir en algún servidor de datos.
Dejando a un lado la cuestión de si una simulación serías realmente tú, todo el mundo coincide en que esta tecnología no llegará a tiempo para quienes estamos vivos hoy. Una encuesta a 312 neurocientíficos, publicada en 2025 en PLOS One, estimaba que la emulación cerebral completa en humanos no se lograría antes de 2125.
Ese horizonte tecnológico tan lejano e impredecible ayuda a explicar por qué dos empresas estadounidenses, Nectome y Sparks Brain Preservation, ofrecen hoy en día preservar cerebros humanos (o cuerpos) infundiéndoles las mismas potentes sustancias químicas que se utilizan para «fijar» los cerebros de las moscas de la fruta para el mapeo del conectoma. La idea: si se pueden preservar los detalles minuciosos de la estructura de un cerebro, algún día, en un futuro lejano, podría reanimarse.
Pero hay un giro sorprendente. Dado que el tejido cerebral debe preservarse con rapidez tras el fallecimiento de una persona, ambas empresas afirman que quieren trabajar con personas que recurren a la ayuda médica para morir, legal actualmente en 13 estados y en Washington D. C. En este procedimiento, los médicos suministran una dosis letal de fármacos, pero es el paciente —alguien con un pronóstico terminal— quien acciona el émbolo. A cambio de una tarifa, aseguran las compañías, pueden tener preparado un equipo de preservación. Por ahora, el servicio no es popular. Ambas empresas afirman que todavía están esperando a su primer cliente que recurra a la ayuda médica para morir.

Neocórtex sintético
Así es: un cerebro extra.
Recientemente, hemos visto indicios de cómo podría materializarse esto. En 2024, Science Corporation, en California, presentó una interfaz cerebro-ordenador «biohíbrida» que incorpora células nerviosas cultivadas en un chip digital. Colocadas sobre el cerebro de un animal, estas células emitieron axones largos y finos que se integraron con las propias neuronas del animal. El resultado: una comunicación bidireccional del ordenador al cerebro, en el lenguaje del cerebro.
La tecnología podría permitir nuevos tipos de medicina, como un implante que ordene a las células cerebrales producir dopamina y tratar así el párkinson. Pero Max Hodak, CEO de la empresa, afirma que también podría considerarse una nueva parte del cerebro, a la que compara con un «gran nervio craneal externalizado».
Un dispositivo así podría servir de conector con el neocórtex computarizado en la nube de Kurzweil, lo que proporcionaría a una persona viva una potencia de procesamiento adicional ilimitada. Otros emprendedores creen incluso que, si siguieras añadiendo componentes biohíbridos a un cerebro, con el tiempo podrías transformarlo en una máquina inmortal.
Daniel Burger, fundador de la startup en modo sigilo financiada con capital riesgo Eightsix Science (su nombre hace referencia a los 86.000 millones de neuronas de un cerebro humano), afirma que este sueño podría requerir combinar varias de las técnicas de preservación cerebral de esta lista. Cree que podríamos necesitar cerebros en cubetas que faciliten el acceso a los neuroingenieros, de modo que puedan sustituir gradualmente partes del cerebro por injertos neuronales biohíbridos.
El objetivo final es migrar tu mente a tu cerebro artificial adicional, sin romper en ningún momento la continuidad del yo. «No se trata del típico "escanear, almacenar y simular"», afirma Burger. «No creo que las simulaciones vayan a ser conscientes». Y añade: «Lo que decimos es que va a ser mucho más complicado, y probablemente se parecerá a una sustitución gradual del cerebro por un cerebro de hardware».
Una vez que tu mente sea hardware, ya no necesitarás un cuerpo biológico. En su lugar, podrías instalarte en un centro de datos en cualquier lugar e incluso tener copias de seguridad distribuidas por todo el mundo. «A partir de ese punto», reconoce Burger, «la cosa se vuelve una auténtica locura».

