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J.D. Pooley | Getty Images

Negocios

De cómo el empleo, los robots y el miedo a la IA hicieron ganar a Trump

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Esta es la historia de una próspera región de EE. UU. que logró resurgir de las cenizas de la globalización y la automatización. Tras la crisis, Toledo supo adaptarse al contexto con formación especializada, pero nadie quiere hablar de los riesgos de la impredecible llegada de la inteligencia artificial

  • por Brian Alexander | traducido por Mariana Díaz
  • 26 Junio, 2018

Hasta hace poco, a Ronald Shrewsbery II se le conocía como el 'doctor robot'. Ahora, su alias es bastante más burocrático, pues se ha convertido en "Técnico Eléctrico Especialista de WCM (World Class Manufacturing o Fabricación de Excelencia)". Pero a pesar de la pompa de su nuevo cargo, Shrewsbery sigue siendo un médico experto en robots. Cada día, se codea con  miles de estas máquinas en el Complejo de Montaje de Toledo en Ohio (EE. UU.), una fábrica de dimensiones monstruosas de 1,25 kilómetros cuadrados que se dedica a producir Jeeps. Un montón de robots de un solo brazo trabaja con piezas de metal, juntando las partes por su cuenta. En el taller de pintura, otros autómatas rocían capas de pintura sobre la carrocería de los modelos Wrangler.

El Complejo de Montaje de Toledo es una de las fábricas de automóviles más automatizadas en Estados Unidos. En la instalación se pueden ensamblar hasta 500 vehículos en un solo turno, muchos más de los que se montaban en Cove, la antigua planta de Jeep que cerró en 2006. Las máquinas facilitan el trabajo. Antes, los trabajadores humanos tenían que levantar muchas más piezas. Y los encargados de la pintura debían usar grandes máscaras con mangueras de aire, como los buceadores de antaño. Los soldadores del taller de carrocería luchaban contra las armas colgantes. El resultado era que los trabajadores acaban con "[lesiones en ] espaldas, brazos, túnel carpiano. El trabajo era un desgarro físico", recuerda Shrewsbery. Algunos lugares de la nueva fábrica están tan limpios como un quirófano, nada que ver con la fábrica oscura y sucia de Cove. Y los vehículos que se producen en Toledo son mejores.

Shrewsbery se unió a la fábrica de Cove en 1984 para trabajar en la línea de montaje. Después apostó por conocer y dominar el oficio de electricista. Su historia refleja el cumplimiento de un sueño tecno-optimista: la automatización le permitió aprender una nueva habilidad y acceder a un salario mucho mejor, al igual que hizo que la fábrica en la que trabaja sea más eficiente, más segura y más limpia.

Las cifras actuales de la fábrica de Toledo son las mejores en años, gracias en gran parte a las decisiones de autoridades locales y empresas de adoptar nuevas tecnologías agresivamente. Pero estos cambios también están creando un futuro incierto y preocupante para muchas personas; que están expresando su descontento en las urnas.

El eslogan de campaña electoral del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, era: "Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande", una idea que resonó con una fuerza especial en esta zona del país. Los condados fuertemente industrializados a lo largo de la orilla oeste del lago Erie de Ohio votaron dos veces por Barack Obama. Pero en las elecciones de 2016, la mayoría votó por Trump, lo que hizo que el estado pasara de demócrata a republicano. En el condado de Lucas (EE. UU.), donde se encuentra Toledo, ganó Hillary Clinton, pero con un margen mucho menor del 2:1 que Obama había disfrutado.

Una investigación publicada recientemente por la Universidad de Oxford (Reino Unido) concluye que "Michigan, Wisconsin y Pensilvania se habrían inclinado a favor de Hillary Clinton si la adopción de robots hubiera sido un 2 % menor durante el período investigado". Otro estudio realizado en 2017 por la Institución Brookings afirmaba que el área metropolitana de Toledo es la región más robotizada de Estados Unidos, con nueve robots por cada 1.000 trabajadores. En 2010, solo había 702 de estas máquinas en la zona, pero para 2015, la cifra había crecido hasta las 2.374 unidades. Y actualmente son muchas más. En marzo, otro estudio estimó que el estado había perdido 671.000 empleos a causa de la automatización entre 1967 y 2014, más que por la competencia interna (como los estados de derecho al trabajo, que restringen el poder de los sindicatos) y el comercio exterior combinado.

Michigan, Wisconsin y Pensilvania se habrían inclinado a favor de Hillary Clinton si la adopción de robots hubiera sido un 2 % menor durante el período investigado

Crédito: Joe Wilssens / Fiat Chrysler.

Pero lo que hace que la historia de lugares como Toledo se vuelva incomprensible para muchos políticos e incluso economistas es que la ansiedad de sus habitantes no solo se debe a la automatización y la cantidad de empleos. Para muchas personas, el trabajo define su vida. La disrupción que han provocado los robots y otras tecnologías está afectando profundamente a las comunidades locales involucradas. Estas fuerzas tecnológicas se han unido a muchas otras, algunas culturales y otras políticas, para provocar una angustia generalizada de que se está perdiendo mucho. La gente ha empezado a creer que su supervivencia, sus trabajos, sus comunidades y el contrato social que los vincula al trabajo, a la región y entre ellos, están amenazados. Y no les falta razón.

Solo unos días después de hablar con Shrewsbery, gran parte del complejo de Jeep cerró. Cientos de personas fueron despedidas. Se trataba de despidos temporales que durarían el tiempo que la empresa tardara en adaptar sus instalaciones para fabricar un nuevo modelo de Jeep. Pero si el vehículo no se vende y el volumen total de producción se desploman, los buenos tiempos se habrán acabado. Aunque los robots seguirán funcionando.

Buenos tiempos, de momento

Los promotores locales defienden que, tras 30 años complicados, Toledo está remontando. La planta de montaje de Jeep produce a toda su capacidad. Un nuevo y brillante parque industrial abrió al público en el antiguo emplazamiento de la fábrica de Cove, dejando a la vista una única chimenea, conservada a modo de monumento conmemorativo. La antigua planta de Libbey-Owens-Ford, que se construyó para fabricar parabrisas para el Ford Modelo A y para las siguientes generaciones de automóviles durante 100 años, está sacando los parabrisas a la línea de montaje de Rossford. Y Whirlpool, en el condado Sandusky (EE. UU.), fabrica miles de lavadoras cada día. El centro de Toledo muestra signos de rejuvenecimiento.

Pero no hay euforia, no se percibe un ambiente de: "Los buenos tiempos han vuelto". "Todo parece demasiado bueno ahora mismo", me explicó la comisaria del condado vecino de Wood, Doris Herringshaw. Ella y su equipo son "cautelosos" sobre el futuro. La responsable afirma: "Tenemos esa sensación de 'Bueno, de momento es genial'. Esperemos poder seguir así".

La dura experiencia ha sido una gran lección para Toledo. Si conduce a lo largo de la avenida que bordea la orilla norte del Maumee, podrá ver una serie de grandes mansiones que demuestran que la prosperidad de los titanes desapareció hace mucho tiempo. Esos titanes hicieron de Toledo un paraíso cultural. El fundador de Libbey Glass, Edward Libbey, proporcionó el dinero para comenzar el Museo de Arte de Toledo, que se convirtió en uno de los mejores museos del país.

Pero las ventanas de esas mansiones están cubiertas por jardines muertos, y las aceras están destruidas. Las calles del que una vez fue un barrio de élite están llenas de baches y los vecinos afirman que su actual alcalde ganó las elecciones porque prometió arreglarlas (la congresista Marcy Kaptur y su vecina planean usar su propia grava y alquitrán para rellenar un socavón que hay frente a sus casas). A pesar de las recientes buenas noticias económicas, muchos edificios del centro que solían ser oficinas o almacenes aún permanecen vacíos y en mal estado.

Durante la última recesión, Chrysler y GM (que fabrican transmisiones en la región) se declararon en bancarrota. En 2010, el desempleo llegó a casi el 14 %. La población del área metropolitana de Toledo, que incluye los condados de los alrededores, lleva años disminuyendo.

Los líderes regionales creen que una de las razones por las que el área sufrió tanto fue por su incapacidad de adaptarse a la tecnología. Así que después de la recesión se centraron en cerrar la "brecha de habilidades". Herringshaw explica que querían crear una "línea de personas" capaz de dar servicios de mantenimiento a los robots, trabajar con ellos y programarlos. Un simple diploma de instituto ya no servía.

Los niños en el programa de Tecnologías Avanzadas de Fabricación de Robert Golden en el Centro de Empleo Penta en Perrysburg (EE. UU.) son los beneficiarios de ese esfuerzo. Trabajan en un espacio grande de techos altos con taladros y tornos, tanto manuales como controlados por ordenador. Un robot Fanuc LR Mate 200iD se sienta en una caja de plexiglás esperando a los estudiantes de programación y operación. Algunos de ellos han recibido ofertas de trabajo incluso antes de graduarse. Golden, un hombre increíble con el cabello gris que lleva gafas de seguridad casi todo el rato, enseña habilidades demandadas en toda la región.

Pero, ¿qué sucederá cuando el entorno tecnológico en el que se están formando vuelva a cambiar?

Pocos líderes locales hablan de inteligencia artificial (IA) o robots inteligentes. El vicepresidente ejecutivo y director de Operaciones de Northwest Ohio Regional Growth Partnership, Gary F. Thompson, ha oído hablar de estas nuevas tecnologías y ha leído un poco sobre ellas, pero cuando se reúne con los alcaldes y otros líderes locales, nadie menciona nunca lo que podría pasar si la próxima ola de automatización convierte al empleado actual en una cara redundancia. El presidente del Local 12 de la Unión de Trabajadores del Automóvil (UAW, por sus siglas en inglés) Bruce Baumhower, que tiene un puesto en la junta de la asociación, no puede recordar ninguna conversación sobre ese problema (ver La revolución de la IA necesita un reparto más justo de la riqueza).

Cuando viajé a las zonas rurales de Ohio para visitar B-K Tool and Design en la aldea de Kalida, el responsable general, Kevin Kahle, me dijo que sus clientes tampoco hablan de la IA. Nadie informa de sus planes comerciales. Eso puede parecer extraño, ya que B-K es una de las empresas más grandes de la región que ayuda a fabricantes, desde Honda hasta los pequeños independientes, a diseñar e instalar sistemas robóticos. Pero está tan ocupados añadiendo nuevos empleados y tratando de mantenerse al día con la demanda, que no tienen tiempo para investigar algo tan conceptualmente confuso como la inteligencia artificial.

Dichas tecnologías aún parecen demasiado esotéricas y vagas como para influir en la estructura política o social de las comunidades, especialmente cuando nadie puede decir con certeza si influirán en el mercado laboral de forma significativa. Mientras tanto, la región tiene necesidades inmediatas. Los baches necesitan repararse, el centro necesita rehabilitarse y los estudiantes necesitan formación para acceder a los trabajos que más se demandan ahora mismo.

Algunos líderes de la región de Toledo podrían darse cuenta de que un meteorito tecnológico se dirige hacia ellos. Pero, ¿qué se supone que deben hacer frente a algo tan impredecible? Ante este desconocimiento, hacen hincapié en el "aprendizaje continuo". Tanto los niños de instituto que acuden al campamento de robótica como los empleados de la fábrica deben convertir su vida en un ajetreo constante para poder mantener la cabeza por encima de la marea y lo que esta quiera traer.

Lo que Silicon Valley no entiende

Rickey golpeó la barra de Andy's Bar and Grill y exclamó: "¡No me lo puedo creer!". Trabaja en una fábrica relacionada con el automóvil en el Condado de Wood. Cuando su amigo (que estaba sentado a su lado bebiendo una cerveza después del turno) y él empezaron a trabajar en la fábrica, tenían unos 1.600 compañeros de trabajo. Ahora la cifra ronda los 600 trabajadores. Pero esa destrucción de empleo no fue lo que agitó a Rickey. El empleado hablaba de la noche de las elecciones presidenciales de EE. UU. de 2016, y añadió: "Lo que quiero decir es que me sorprendió".

Crédito: Jeff Kowalsky | Getty Images.

Rickey es un afroamericano al que no le gusta culpar de nada al racismo a menos que sea tan obvio que haya que estar ciego y sordo para no percibirlo. Para él, el eslogan de campaña de Trump no eran más que palabras vacías. Rickey exclamaba: "¡¿'Que vuelva a ser grande'?!, ¿qué significa eso? ¡No fue nada 'grande' para las personas como yo. No me puedo creer cuánta gente ha votado por Trump".

Rickey pensó que tal vez el fenómeno Trump no se debía tanto a una cuestión racial, precisamente. Cuando hablaba con alguien que llevaba una gorra roja de MAGA (iniciales en inglés del eslogan de Trump Make America Great Again), siempre debatían el tema del empleo. Rickey solía mencionar que el presidente Obama y los demócratas del Congreso habían favorecido el rescate de Chrysler y GM, pero ese argumento nunca le ayudó demasiado. Los rescates habían sucedido hacía casi una década. Pero ahora, los empleados de las fábricas volvían a estar preocupados por sus sueldos, la jubilación y el trabajo.

El amigo de Rickey recordó: "Solíamos reírnos de los robots. Cuando aparecieron por primera vez, eran muy lentos. Nos gustaba darnos prisa y superarlos. Pero entonces, en cada línea trabajaban unas 18 personas, ahora bastan unos cinco trabajadores para ejecutarla".

Rickey y su amigo repitieron el discurso, casi palabra por palabra de otros dos hombres con quienes compartí cervezas en el bar Agenda, que no está lejos del Complejo de Montaje de Toledo. Ambos hombres de 30 años que habían empezado contratados en Cove, ahora trabajaban en el de Toledo. Ambos mencionaron a los directivos y coincidieron: "Quieren que salgamos de allí". Uno dijo: "Si pudieran reemplazarnos por robots, lo harían. Trabajan cada vez más rápido. ¡A mí no me engañan!... Nos van a reemplazar en cuanto puedan". Ambos también estuvieron de acuerdo en que, a pesar de la recomendación del Local 12 de la UAW Local, "muchas personas de la planta votaron por Trump" (ver Quien posea los robots acaparará las riquezas del mundo).

"Si pudieran reemplazarnos por robots, lo harían. Trabajan cada vez más rápido. ¡A mí no me engañan!... Nos van a reemplazar en cuanto puedan".

El amigo de Rickey exclamó: "Mira, tío, soy tonto. ¡Lo soy! En la escuela tenía una discapacidad de aprendizaje, pero sí podía trabajar en la fábrica. Así que trabajé en una fábrica. Ahora los robots hacen ese trabajo. ¿Qué le pasará a la gente como yo? Los empleados de las fábricas creen que alguien va a salvarles, alguien como Trump. Pero no les va a salvar nadie". Rickey me miró y me dijo que les dice a sus propios hijos que si ellos terminan trabajando en la fábrica, "es porque fracasé como padre".

Todas las personas de Toledo con las que hablé dijeron que la tecnología era tan imparable como el amanecer. La inevitabilidad y la incertidumbre sobre lo que significaría, pesaba sobre ellos como la espada de Damocles. De los dos hombres del bar Agenda, el abuelo y el padre de uno habían trabajado para Jeep y el padre del otro también lo había hecho. Pero el legado ya no significaba nada.

Kaptur escucha a los vecinos den su distrito, y todos parecen decir lo mismo: "La gente se siente muy sola, vulnerable". Sus votantes ya han sufrido las consecuencias de la globalización del comercio, la subcontratación, la recesión y la llegada de los robots. Y pronto llegará la inteligencia artificial. Mientras tanto, los planes de pensiones han optado por el plan 401(k).

Cada vez más compañías, como Fiat Chrysler, optan por más trabajadores temporales, con salarios más bajos. Un borrador del informe sobre el desarrollo mundial del Banco Mundial advirtió a los gobiernos de que "los cambios rápidos en la naturaleza del trabajo aumentan la flexibilidad de las empresas para ajustar su fuerza de trabajo y los trabajadores también se benefician de los mercados laborales más dinámicos", una forma elegante de decir que el trabajo es desechable.

Los efectos van mucho más allá de los trabajos mismos. Kaptur explica: "Las relaciones afectivas también son importantes. Ya sea se trate de una organización relacionada con el trabajo, veterinaria o eclesiástica, con el barrio o con el negocio del barrio, todas se están evaporando. Es la desaparición de todo por lo que han trabajado. Su identidad, básicamente".

Esto es lo que Silicon Valley (EE. UU.), defensor de parches como la renta básica universal, no logra entender (ver Los robots y la inteligencia artificial reavivan el sueño de la renta básica universal). Los líderes tecnológicos responsables de las máquinas que están destruyendo el empleo parecen pensar que pueden comprar a los trabajadores desplazados con dinero gratis. Pero muchas personas no trabajan por dinero. Necesitan el dinero, y quieren el dinero, pero el dinero en sí no es el motivo por el que alguien trabajó 40 años en Cove. Se pararon en la línea de montaje a soldar y pintar porque eran trabajadores automotrices en un país en el que lo que haces te define, al igual que Shrewsbery es el doctor robot. Podían mirar un Wrangler, un parabrisas de vidrio o una lavadora Whirlpool y decir: "yo lo fabriqué".

Probablemente nadie votó a Trump únicamente por el problema de la tecnología. Pero cuando las personas se sienten impotentes, tienden a apoyar cualquier objeto, persona o creencia que prometa devolverles algo de autonomía o les ayude a preservar lo que temen que están perdiendo.

Rickey me explicó: "Nada es permanente. Estamos en una etapa de transición, y me asusta". A pocos kilómetros de Andy's Bar and Grill, un gigantesco Bass Pro Shops Outdoor World, construido para parecerse a una enorme cabaña de madera de dos plantas, estaba lleno de adultos y familias. La tienda ofrecía cualquier tipo de caña de pescar y carrete, un gigantesco acuario repleto de peces de agua dulce, cabezas de venado montadas a lo largo de un balcón y ropa para casi cualquier tipo de expedición.

En la planta inferior, los clientes podían acceder a una "tienda general" separada. Una "tienda de chocolate" tentó a los niños y niñas de todas las edades. Era la calle principal de un pueblo de un sueño nostálgico de un Estados Unidos que ya no existe, pero que se siente cada vez más seductor a medida que la vida estadounidense se vuelve cada vez más impredecible e injusta.

*Brian Alexander es el autor de 'Glass House: The 1% Economy' y 'The Shattering of the All-American Town'.

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