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Tecnología y Sociedad

Vivir sin internet ni redes: historias de seis jóvenes desconectados

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Ya sea por imposición, tradición, incapacidad o voluntad propia, estos seis adolescentes demuestran que no toda la Generación Z está enganchada a la red. Eso sí, todos valoran tener acceso a estas tecnologías como herramientas necesarias para no quedarse atrás a nivel educativo y social

  • por Andy Wright | traducido por Ana Milutinovic
  • 29 Enero, 2020

Sharon Hofer: 16 años, Nueva York (EE. UU.)

Sharon Hofer vive en una comunidad de los Bruderhof en Walden, Nueva York. Los Bruderhof, que tienen 23 colonias en siete países, son cristianos que viven en comunidad y utilizan la tecnología moderna con moderación.

He vivido toda mi vida en una comunidad Bruderhof. Somos alrededor de 300 personas y vivimos en grandes edificios de apartamentos que albergan a hasta ocho familias. Tenemos un comedor donde preparamos todas nuestras comidas, y almorzamos y cenamos juntos. Tenemos un jardín donde cultivamos vegetales, una granja donde criamos vacas y nuestra propia planta de procesamiento de carne. La hierba es realmente verde; hay muchos árboles.

Voy a una escuela privada en Esopus. Es una escuela secundaria que dura cuatro años y no tiene nada de tecnología, excepto un aula de informática donde los estudiantes de último curso aprenden mecanografía. No tengo teléfono ni ordenador, así que nunca estoy realmente online. Hago mis deberes con bolígrafo, papel y calculadora. Nunca he visto las redes sociales. Si tengo que buscar algo, por ejemplo para un trabajo de investigación, le pregunto a mi madre y me conecto con su ordenador, que ella usa para trabajar.

No hay reglas sobre lo que está permitido y lo que no, y por eso Bruderhof es diferente a otros grupos religiosos. Tenemos ganas de probar cosas nuevas. No vemos la tecnología como algo malo a menos que sustituya las interacciones reales y las conexiones entre las personas.

Aquí la gente sí que tiene teléfono, pero no lo mira todo el tiempo. Cuando estaba en octavo grado fuimos a visitar la ciudad de Nueva York y vi a un montón de gente que lo único que hacía todo el tiempo era mirar su teléfono. Fue algo diferente para mí. Fue gracioso, porque en las calles nadie hablaba con nadie. Aquí, cuando nos cruzamos con alguien, decimos: "Hola, ¿qué tal?"

Si tuviera la opción de usar internet durante un día, creo que sería divertido ver cómo funciona y qué hay ahí fuera. Me gustan los deportes, así que quizá viera algún partido en YouTube o buscara lo más destacado. Para un día estaría bien, pero no mucho más. Me preocupa no pasar tiempo con mi familia si tengo acceso constante a internet.

Judá Siegand: 15 años, Tennessee (EE. UU.)

Los padres de Judah Siegand fundaron Parents Who Fight, una organización que aboga por la seguridad ‘online’ de menores. A lo largo de su vida, su uso de la tecnología ha estado muy limitado, pero en 2018 fue uno de los 15 estudiantes elegidos para participar en el Consejo para el Bien Digital de Microsoft.

Durante mi infancia, mi acceso a la tecnología fue prácticamente inexistente. Mis padres creen que, si no es algo necesario, entonces no hace falta tenerlo. No tenemos televisión inteligente. Mi mamá tiene un ordenador para trabajar, pero realmente lo solo lo usa para eso.

Mientras iba a cuarto grado, hubo una época en la que di la lata a mis padres para tener un teléfono móvil. En octavo grado me dieron uno plegable para poder coordinar mi horario de fútbol con ellos. Había un montón de niños que siempre se me acercaban y decían: "¡Haz lo del móvil!". Lo abría con el pulgar y me lo ponía en la oreja y todos se reían a carcajadas.

Finalmente, el pasado verano recibí un iPhone 6. No tengo redes sociales ni ningún juego en mi teléfono. Tengo una aplicación que me permite 30 minutos de acceso a internet al día y con búsquedas guardadas controladas por mi mamá y mi papá. Cuando termino los deberes y después de mi tiempo de estudio, veo algún vídeo de YouTube durante unos 10 minutos y no me vuelvo a conectar a internet en todo el día. Me regalaron una Xbox en pasadas Navidades, y puedo jugar con ella cuatro horas a la semana.

Al final, en realidad ni siquiera quiero tener redes sociales. Me parece que incitan a tener amistades basadas únicamente en seguidores, y de alguna manera convierten a tus amigos en un número. Al no tenerlas, me mantengo alejado del drama que empieza allí. Dedico mi tiempo a las amistades más profundas y duraderas. Para mí, una verdadera amistad es alguien con quien puedes hablar sobre cosas profundas y no sientes que tienes que impresionarlas todo el tiempo.

Seguro que cuando vaya a la universidad querré tener algún tipo de sistema de juego. Así es como muchos de mis amigos y yo nos conectamos. Probablemente quiera tener redes sociales para mantenerme en contacto con mis amigos. Espero que hasta entonces pueda sopesar esas decisiones y aprender a equilibrar la diferencia entre vivir y estar online.

Aliza Kopans: 16 años, Massachusetts (EE. UU.)

Aliza Kopans se tomó un descanso de su escuela pública para asistir a un programa especial que limita el uso de la tecnología.

Ahora mismo estoy participando en un programa escolar en Vermont (EE. UU.) y ya llevo la mitad del semestre. Se trata de un espacio alternativo de estudios combinado con una granja de trabajo. Cultivamos el 70 % de nuestra propia comida. Y una de las medidas del programa consiste en quitarnos el teléfono durante la primera mitad del semestre.

Tengo un iPhone y escribo muchos mensajes de texto, algo que ha ido en aumento durante este último año. En comparación con otros chicos de mi edad, mi uso del teléfono es mínimo, pero definitivamente es mayor del que quisiera. El resto del año voy a una gran escuela pública en un barrio residencial de Boston (EE. UU.), y tengo el teléfono durante el día y algunas veces en las clases, pero lo apago de vez en cuando o lo dejo en mi casillero. Solía pasar mucho tiempo viendo cosas sin sentido en Instagram y luego no me sentía bien. Así que mis mejores amigos y yo hemos borrado juntos nuestras cuentas. Cuando se trata del tiempo frente a la pantalla, realmente intento autocontrolarme

En las montañas donde estoy ahora, solo tenemos wifi en el edificio de estudios para los deberes y otras cosas de clase. Cuando estaba en casa, si me atascaba mientras escribía un ensayo, abría YouTube y dos horas después no había avanzado nada. A veces apagaba el wifi para evitar distracciones. Aquí eso no es un problema. Sin embargo, ahora que estamos a la mitad del semestre, podemos elegir si queremos recuperar el teléfono o no. Personalmente, no creo que debamos recuperarlos, porque ahora mismo la dinámica del grupo es muy buena sin la distracción de los teléfonos de todos.

Me gustaría que la generación anterior nos orientara más sobre cómo controlar el uso de la tecnología, especialmente los maestros. Pero parece que todo el mundo está buscando soluciones a la vez. Las generaciones anteriores no han convivido con esto desde jóvenes. Realmente creo que casi nadie quiera perder horas viendo Netflix y navegando por la web en solitario.

Keiki Kanahele-Santos: 20 años, Hawái (EE. UU.)

Keiki Kanahele-Santos vive en la isla de Oahu en una aldea rural de 18,2 hectáreas, fundada en 1994 en un esfuerzo por crear un estado soberano para los hawaianos nativos. El pueblo casi no tiene acceso a internet.

Durante mi infancia, la tecnología era inexistente. Aquí no existe ese servicio. Cuando era pequeño, no sabía que podía acceder a internet en mi casa. Pensé que solo se podía en las escuelas. No necesité acceso a internet hasta que empecé la educación secundaria. Y luego pensé, wow, tendremos coches voladores el próximo año. Ni siquiera sabía que los juegos online existían hasta que empecé la escuela. Todos los niños hablaban de eso y me sentía excluido.

Como no tenía internet en casa, iba a la escuela temprano para hacer los deberes. Practico deporte, así que la opción para poder hacer los deberes era unos 30 minutos para los trabajos online antes de empezar con los entrenamientos. Terminaba, alrededor de las siete de la tarde, y tenía que volver a casa, hacer mis deberes y luego levantarme temprano a la mañana siguiente para ir a la escuela a tiempo para conseguir un buen ordenador.

Ahora tengo Facebook, Snapchat, Twitter. No los uso para contar la historia de mi vida, solo trato de seguir el ritmo del mundo. Ya no quiero quedarme atrás. Intentamos conseguir internet aquí. Eso animaría un poco este lugar. Puede sonar aburrido, pero sería bueno tener algunos sitios de películas. Muchos de los adultos de aquí arriba quieren volver a la escuela, pero no pueden porque tienen hijos y nietos. El acceso a internet les ayudaría a convertirse en estudiantes online, como yo.

La comunicación sería mejor. Mi abuelo envía muchos correos electrónicos y nadie responde.

No quiero decir que las cosas son aburridas porque no tenemos internet. Sería bueno si lo tuviéramos. Pero seguiría viviendo aquí todos los días sin internet. Tenemos las vistas más hermosas que he podido contemplar. Se ve el océano, las islas y los barcos en el mar. Es como tener vacaciones de verano todos los días. Nos hace olvidar que internet existe.

Ethan Snyder: 17 años, Virginia (EE. UU.)

Ethan Snyder es un alumno de secundaria de una zona rural, donde poco más de la mitad de los residentes tiene acceso a banda ancha que cumpla con los puntos de referencia del Gobierno federal.

Donde yo vivo es lo que la gente definitivamente llamaría un campo sureño o área rural. Es muy divertido y tenemos un gran sentido de la comunidad.

Y prácticamente no hay acceso a internet. En mi casa, tenemos internet supuestamente ilimitado, pero ya nos hemos quedado sin conexión varias veces y el otro día me fue prácticamente imposible hacer los deberes. No pude cargar mi drive ni abrir los documentos. Cuando eso ocurre, solo funciona si hay un único dispositivo conectado, pero en mi casa vivimos entre seis y siete personas. Eso puede complicar la situación porque todos queremos hacer las cosas a la vez. Tenemos que programar cuándo llevar a cabo cada tarea. Normalmente soy el primero que llega a casa, así que puedo hacer mis deberes. Intento acabarlos rápido. Me he quedado despierto hasta más las 12 de la noche un par de veces, porque en esas horas no hace falta preocuparse por tener la velocidad súper alta ya que todos los demás están dormidos.

A veces simplemente me cuesta muchísimo abrir cualquier página. Resulta muy frustrante cuando me conecto y está lloviendo o el viento sopla tanto que mueve los árboles y bloquea la señal, o está nevando, entonces internet va demasiado lento y es muy difícil incluso conectarse y abrir el correo electrónico. En un día realmente malo, puede tardar entre cinco a 20 minutos. Suelo dejar el ordenador funcionando y me hago algo para comer, o salgo fuera y juego un partido de béisbol y luego regreso.

Me gusta estar al aire libre, internet nunca me ha interesado demasiado ni la electrónica tampoco. Hasta hace unos meses no tenía teléfono. Tengo redes sociales, pero no soy muy activo. No tengo una necesidad real de sentarme y enviar mensajes de texto a todos mis amigos o usar Snapchat, porque puedo ir a verlos.

No tengo que quedarme para siempre viviendo aquí. Hay otros factores, pero una parte importante de la decisión de mudarme es el servicio de internet, porque aquí es muy malo.

Katrina Quinoz. 20 años, California (EE. UU.)

Katrina Quinoz, estudiante de primer año en la universidad y antigua miembro de un programa de acogida familiar, formó parte de un comité que ayudó a redactar el proyecto de ley de 2018 que reclama el acceso a los ordenadores y a internet para los jóvenes en centros de acogida en California.

Entré en el sistema de acogida familiar por primera vez en 2009, y desde entonces he vivido en siete hogares de acogida diferentes. En el primero, mi madre adoptiva no nos dio acceso a internet. Temía que los jóvenes de acogida tuvieran más probabilidades de ser objeto de la trata y cosas así. Ella misma vivió de acogida cuando era joven, así que entiendo por qué tenía esos miedos. Pero nunca nos dio la contraseña del wifi para nada. Me sentía muy desconectada. Estaba en un nuevo entorno, en una nueva ciudad. No sabía dónde encontrar las cosas.

No tenía ninguna forma de contactar a mis familiares y amigos. Normalmente, lo hacía a través de las redes sociales. Me separó de mis hermanas, que habían entrado al sistema al mismo tiempo. Mi madrina se enteró muy tarde de que habíamos estado en acogida y quería obtener la custodia y que me quedara con ella, pero no pude contactarla para informarla sobre lo que pasaba. 

Mi segunda madre adoptiva también tenía el mismo miedo; no me permitía tener un teléfono inteligente, ni siquiera si lo pagaba yo misma. Teníamos un poco de acceso a la tecnología, pero no mucho. Si tenía que hacer algo con wifi, me aseguraba de terminarlo en la escuela. Era una madre que solo quería proteger a los niños, pero al final, eso hizo que mis estudios fueran más difíciles.

Justo antes de mi último curso, me mudé de nuevo. Esa madre adoptiva era mucho más joven que las que anteriores. Ella sabía que la mayoría de las cosas dependían de la tecnología. Tenía ordenadores para que los usaran todos los jóvenes en caso de que necesitaran llevar a cabo sus tareas escolares, y luego me proporcionó un teléfono inteligente. Quería enseñarme a ser independiente, y me animó a sentirme segura dándome las herramientas para reconocer mentiras. Me educó sobre los peligros en vez de aislarme de ellos.

Cuando cumplí 18 años y pude acceder a internet libremente, al principio fue un poco extraño. Nadie me preguntaba a quién enviaba mensajes de texto o qué hacía en el ordenador. Tardé un tiempo, pero me acostumbré.

Tecnología y Sociedad

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