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Biotecnología

La pregunta clave sobre las vacunas: ¿también reducen la transmisión?

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Aunque bajan el riesgo de infección, aún no se sabe si confieren inmunidad esterilizante, una capacidad clave para reducir las muertes y detener la pandemia. Hasta que no lo sepamos, lo más prudente es mantener las mascarillas

  • por Antonio Regalado | traducido por Ana Milutinovic
  • 05 Febrero, 2021

El año pasado, el periodista argentino Sebastián De Toma participó en el ensayo clínico de la vacuna contra el coronavirus (COVID-19) de Pfizer. Recibió las dos inyecciones en agosto y septiembre, pero aún no sabe si lo que le administraron fue placebo. El domingo 31 de enero, los médicos del ensayo lo llamaron para proponerle otra cosa.

¿Estaría dispuesto a someterse a una serie de frotis nasales para someterse a pruebas periódicas de detección del virus? Los médicos le ofrecieron un Cabify para llevarlo al Hospital Militar de Buenos Aires (Argentina). De Toma explica: "Me realizarían la prueba dentro del coche, por la ventanilla, y ya estaría".

Las pruebas adicionales de detección del coronavirus, que se ofrecen a algunos voluntarios en Argentina y en EE. UU., son parte de un plan de Pfizer para responder a una cuestión clave sobre la COVID-19: con qué frecuencia las personas vacunadas desarrollan la infección asintomática por coronavirus y si, a pesar de haber recibido la vacuna, aún con capaces de propagar el virus.

Es probable que la duda sobre si las vacunas detienen la "futura transmisión" del virus sea una variable crítica para determinar el desarrollo de la pandemia y el tiempo necesario para volver a la normalidad. En estos momentos, según los investigadores, se supone que las vacunas reducen la propagación, pero es posible que no la prevengan del todo.

El director de Operaciones de la Red de Prevención de la COVID-19, Lawrence Corey, que llevó a cabo varios ensayos de vacunas en EE. UU. afirma: "No lo sabemos, pero es una cuestión importante porque la respuesta influirá en el uso de la mascarilla y en el comportamiento; de eso depende la comodidad de ir a restaurantes y al cine y el beneficio general que se podría esperar de las vacunas".

El misterio del propagador asintomático

"Hay tres cosas que la vacuna puede hacer: evitar que se contraiga la enfermedad por completo, frenar la futura transmisión y eliminar los síntomas", explica el investigador de salud pública de la Universidad de Columbia (EE. UU.) Jeffrey Shaman. La vacuna perfecta crearía lo que se denomina la inmunidad "esterilizante", que significa que el virus no podría sobrevivir en el cuerpo humano de ninguna manera. Pero algunas vacunas permiten infecciones de bajo nivel que el sistema inmunológico de las personas que las reciben puede combatir sin experimentar ningún síntoma. Sus cuerpos aún acumulan una cierta cantidad del virus, que podrían transmitir a otras personas.

La razón por la que no sabemos lo bien que las vacunas detienen la transmisión reside en que es algo caro y difícil de medir. Cuando el año pasado las empresas como Pfizer, Novavax, Moderna Therapeutics y otras lanzaron sus grandes estudios sobre sus nuevas vacunas contra la COVID-19, analizaban si sus versiones podrían evitar que las personas contagiadas enfermaran o murieran. Los resultados fueron impresionantes: casi ninguna persona vacunada acababa en una UCI con un respirador.

Lo que no midieron fue el efecto "indirecto" de las vacunas en la prevención de la propagación del virus, aunque algunos modelos informáticos han predicho que la eliminación de la transmisión podría salvar más vidas. Un modelo, publicado en agosto por el equipo de la Universidad de Emory (EE. UU.), descubrió que una vacuna capaz de detener la propagación, pero menos eficaz a la hora de frenar la enfermedad, reduciría el total de muertes porque ralentizaría el brote lo suficiente como para reducir el número total de personas contagiadas.

Lo que Pfizer está haciendo ahora mismo da un paso más hacia la comprensión de la frecuencia con la que las personas vacunadas transmiten el virus: tratan de averiguar si aquellos como De Toma se están contagiando sin experimentar síntomas.

De momento, la pruebas sugieren que las vacunas deberían reducir la posibilidad de contagio, pero puede que no la eliminen por completo. Por ejemplo, los monos vacunados rociados con el virus se infectan, pero no se enferman particularmente. En general, tienen mucha menos carga viral sus vías respiratorias. "Existe una fuerte evidencia de que el contagio se correlaciona con los síntomas. Si se reducen los síntomas, probablemente se disminuye la transmisión del virus", asegura Shaman.

Pero eso no significa que no haya propagación. Al principio de la pandemia, los investigadores descubrieron que algunas personas que habían contraído el coronavirus de forma asintomática y seguían propagando la enfermedad. La evidencia sugiere ahora que el papel de estos "propagadores asintomáticos" es sustancial, aunque de media provoquen menos contagios que los enfermos con síntomas.

En un informe publicado el 7 de enero el equipo, que incluye a algunos epidemiólogos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU., estimó que un tercio de las personas infectadas con coronavirus nunca desarrolla síntomas y que son responsables de cerca del 25 % de todos los contagios.

Moderna Therapeutics no respondió a nuestras preguntas sobre si estaba estudiando el efecto de su vacuna en la transmisión. Sin embargo, los datos preliminares que la empresa presentó en diciembre a la Administración de Medicamentos y Alimentos de EE. UU. ofrecían una pista: las personas que recibieron una dosis de su vacuna tenían un 66 % menos de probabilidades de dar positivo en una prueba del coronavirus que las que recibieron el placebo. Moderna sugirió que "algunas infecciones asintomáticas se empiezan a prevenir tras la primera dosis".

A pesar de que buscar el virus en la nariz de las personas puede detectar infecciones asintomáticas, la prueba nasal no demuestra si estas personas pueden contagiar a otras. Para averiguarlo, los investigadores de la Red de Prevención contra la COVID-19 propusieron el año pasado estudiar a más de 20.000 estudiantes en dos docenas de campus de EE. UU., incluida la Universidad Estatal de Louisiana (EE. UU.). Propusieron realizar los test nasales "casi a diario" para detectar exactamente cuándo aparecía el virus y en qué cantidades, en las vías respiratorias de los estudiantes tanto vacunados como no vacunados. Luego, con el rastreo de contactos, esperaban mapear la frecuencia con la que los estudiantes vacunados transmitían el virus.

"Se puede aprender mucho si se detecta la presencia de anticuerpos virales por la nariz. Luego, el rastreo de contactos cercanos podría estimar la frecuencia con la que las personas propagan el virus, lo que se conoce como la transmisión directa", resalta Corey.

El 31 de diciembre, The Wall Street Journal informó de que el estudio propuesto no había logrado los fondos debido a los altos costes y dudas sobre su viabilidad. Corey asegura que el grupo actualizó la propuesta y que está siendo analizada en los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. Cree que el estudio merece el esfuerzo. Y afirma: "Es algo que simplemente deberíamos saber. Es posible que debamos centrar nuestra atención en los tipos de vacunas que reducen la propagación".

Detener el contagio

Los investigadores saben que la única forma de deshacerse del coronavirus para siempre consiste en frenar la transmisión. Una manera en la que la pandemia podría terminar es alcanzando la "inmunidad de grupo", ese punto en el que suficientes personas se vacunan o infectan para que el brote retroceda por sí solo porque no quedan suficientes nuevas personas para contagiar. Se suele estimar que ese umbral es alrededor del 70 % de la población.

Pero si las personas vacunadas todavía pueden propagar el virus, ese umbral aumentará. De hecho, según el cálculo básico de los brotes, si la vacunación detiene menos de dos tercios de la propagación, resulta imposible lograr la inmunidad colectiva. Y también hay que tener en cuenta que muchas personas rechazarán la vacuna, sin olvidar la creciente evidencia de que la inmunidad podría no ser efectiva contra las nuevas variantes del virus.

Por lo tanto, si las vacunas no detienen la transmisión casi por completo, el virus "seguirá circulando continuamente y no habrá suficiente inmunidad colectiva. Se quedará en la población durante mucho tiempo ", destaca Corey. .  

La experta en riesgos médicos que ha trabajado con la Organización Mundial de la Salud Jody Lanard, cree que hasta que no se responda a las preguntas sobre la relación entre la propagación y la vacunación, los funcionarios de salud pública probablemente enviarán mensajes contradictorios. Por un lado, instar a las personas a "seguir usando la mascarilla" implica que una persona vacunada aún puede transmitir el virus. Al mismo tiempo, animar a todos a vacunarse, incluso a aquellos que no pertenecen a los grupos de alto riesgo, "se basa en gran medida en la idea de que la transmisión probablemente se reducirá con la vacunación".

La propia Lanard tomaba medidas extremas para evitar el virus, sin apenas aventurarse a salir; y cuando salía, usaba mascarillas especiales y gafas en el ascensor de su edificio. Recientemente consiguió una cita para vacunarse, y ahora que se ha puesto la vacuna, cree que podrá relajarse y visitar a algunos parientes más jóvenes.

Pero asegura seguirá usando mascarilla, al menos hasta que el número de casos en Nueva York (EE. UU.), donde vive, vuelvan a bajar. Y concluye: "Sería muy estúpido contraer la COVID-19 en este punto de la pandemia. Ahora soy una abuela bastante bien protegida, gracias a la vacuna. Lo último que quiero es contagiar a alguna otra abuela que no tenga esa protección".

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