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Cambio Climático

Por qué el impuesto fronterizo al carbono de la UE es injusto e imperialista

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La medida incluida en el nuevo plan de recuperación europeo propone gravar a los países productores de bienes como el acero en función de las emisiones durante su fabricación. Aunque 'a priori' parece lógico, la actual industria fósil de los países en desarrollo es fruto de años de subvenciones de Occidente

  • por Arvind P. Ravikumar | traducido por Ana Milutinovic
  • 04 Agosto, 2020

El nuevo plan de recuperación económica de la Unión Europea (UE) destaca por su enfoque en la acción contra la emergencia climática, las inversiones sostenibles y el Fondo para la Transición Justa. Como parte de este acuerdo, la UE también propone para 2023 un ajuste de carbono en la frontera sobre las importaciones, también conocido como impuesto fronterizo al carbono. En pocas palabras, se trata de un impuesto sobre los bienes importados como el acero o el hormigón, cuyo total depende de las emisiones de carbono asociadas con la producción de esos bienes.

El argumento a favor es que los ajustes de carbono en las fronteras presionarán a los países en desarrollo a reducir sus emisiones y nivelar el campo de juego para las empresas locales que fabrican productos bajos en carbono. La idea no solo se está explorando en Europa: varias organizaciones estadounidenses y antiguos candidatos presidenciales demócratas, incluida la senadora Elizabeth Warren, han propuesto la idea de ajustes de carbono en las fronteras como mecanismo para que Estados Unidos lidere la acción climática internacional.

Aunque a primera vista, los ajustes unilaterales de carbono en las fronteras parecen razonables simplemente, en realidad representan una nueva forma de imperialismo económico y contradicen a los principios de la equidad consagrados en el Acuerdo de París (Francia) (pdf). El artículo 2 claramente establece que el Acuerdo "se aplicará de modo que refleje la equidad y el principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas". Sin la aceptación de los países como la India y China, los ajustes de carbono en las fronteras corren el riesgo de convertirse en un régimen de sanciones climáticas.

Una breve lección de historia podría ser útil para entender el problema. El hecho de que China, la India y otros países en desarrollo dependan de los combustibles fósiles para impulsar sus economías no es casual. Sus modelos de crecimiento son la consecuencia del dominio global por parte de Occidente, posterior a la Segunda Guerra Mundial, en el ámbito económico, político y financiero.

Hasta hace muy poco, distintas organizaciones internacionales como el Grupo del Banco Mundial (pdf) ofrecían financiación a los países en desarrollo para expandir su infraestructura de combustibles fósiles, incluidas centrales eléctricas de carbón. En esos países, incluso hoy en día, las industrias extractivas como la minería, el petróleo y el gas están casi siempre lideradas por corporaciones multinacionales con sede en Occidente, con el apoyo activo de los gobiernos occidentales. Estas inversiones obligan a los países en desarrollo a mantener una línea de desarrollo de altas emisiones durante las próximas décadas.

Promover activamente ese desarrollo de combustibles fósiles y luego castigar a los países en desarrollo por las emisiones que producen a través de los ajustes de carbono en las fronteras resulta bastante hipócrita. También injusto. Al fin y al cabo, estas mismas fuerzas de globalización ayudaron al mundo desarrollado a modificar la fabricación y externalizar sus cargas de contaminación a China y a otros países en desarrollo.

La decisión de imponer dicho impuesto a los países en desarrollo refleja la práctica colonial de transferencia de riqueza del mundo en desarrollo al mundo desarrollado. Sin la debida consideración a los daños históricos, los ajustes de carbono en las fronteras perpetúan un ciclo en el que el mundo en desarrollo sufre por las acciones del mundo desarrollado.

En Estados Unidos, que está en proceso de retirarse del Acuerdo de París, las políticas comerciales proteccionistas, como los ajustes de carbono en las fronteras, suelen contar con apoyo bipartidista. Pero a los mismos responsables políticos que reconocerían la inequidad de imponer impuestos al carbono a los estadounidenses con pocos ingresos les parece justo penalizar a los países en desarrollo por sus emisiones.

Un ejemplo: en 2016, EE. UU. ganó un caso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) contra el uso de requisitos de contenido nacional por parte de la India, una norma que requería que los desarrolladores de proyectos solares compraran equipos a fabricantes nacionales. Estados Unidos argumentó que las reglas de la India eran proteccionistas y discriminatorias. Resulta difícil rechazar algunas políticas proteccionistas mientras se promueven otras.

¿Cómo sería una política climática equitativa? Si el objetivo real consiste en reducir las emisiones globales de carbono, la política climática debería centrarse en ofrecer un refuerzo positivo y desarrollar capacidades de los países en desarrollo en vez de imponer medidas punitivas como los ajustes de carbono en las fronteras.

El principio fundamental para una acción global efectiva sobre el cambio climático debe consistir en la redistribución de la riqueza con foco en el medio ambiente. El Fondo Verde para el Clima, creado como parte de las negociaciones de París, es un buen comienzo, pero ni es suficiente ni ha sido dotado en su totalidad.

Otro paso importante sería realizar cambios estructurales en las instituciones económicas y comerciales. Las reformas de las normas de la OMC deberían permitir a los países en desarrollo establecer un sector nacional de fabricación verde sin provocar una disputa en la OMC. Los países desarrollados y las instituciones financieras mundiales deberían extender el acceso a la financiación de bajo interés, así como a la transferencia de tecnología y a los programas bilaterales de comercio e intercambio que ayudan a crear la capacidad de mitigación y adaptación climática en las economías en desarrollo.

Ningún país es capaz de resolver el cambio climático por sí solo. La cooperación es fundamental. Pero para que estos esfuerzos tengan éxito, los líderes y los responsables políticos deben descolonizar las normas de compromiso. Deben priorizar las necesidades de los países menos desarrollados, que además serán quienes soporten los mayores impactos del cambio climático.

El Acuerdo de París tuvo éxito porque dio una verdadera representación a los países en desarrollo. Los convirtió en socios en la lucha contra el cambio climático, en vez de ser simples observadores. Así es como el mundo resolverá la crisis climática, con una comprensión profunda de lo que significa compartir la carga equitativamente. Sin ese enfoque en la política climática, el mundo corre el riesgo de retirarse a los rincones del aislacionismo y del populismo nacionalista (ver El impulso del coronavirus al nacionalismo: una tragedia para el clima) que finalmente nos pondrá a todos en un peligro mayor.

*Arvind Ravikumar dirige el laboratorio de desarrollo de energía sostenible en la Universidad de Ciencia y Tecnología de Harrisburg (EE. UU.). Su grupo estudia la política energética y climática de Estados Unidos y las transiciones equitativas en el mundo en desarrollo.

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