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KATE WARREN

Tecnología y Sociedad

Siracusa, campo de pruebas de la apuesta de Biden por los chips

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¿Puede una inyección masiva de dinero para fabricar chips de ordenador transformar la economía de Siracusa y mostrar a EE UU cómo reconstruir la base industrial nacional?

  • por David Rotman | traducido por
  • 10 Agosto, 2023

Por ahora, los 4.046 kilómetros que podrían presagiar un futuro más próspero para Siracusa (Nueva York, EE UU) y las ciudades circundantes son solo que una anodina extensión de matorrales, hierba crecida y árboles. Pero un día de finales de abril, se ve una pequeña plataforma de perforación en los campos para tomar muestras del suelo. Es el primer indicio de la construcción de lo que podría convertirse en la mayor fábrica de semiconductores de EE UU.

La primavera ha llegado por fin al norte del estado de Nueva York tras un largo y gris invierno. Se instala una pequeña carpa en el terreno. Un grupo de políticos locales se agrupan alrededor, entre ellos se encuentran el director ejecutivo del condado y el supervisor de la ciudad de Clay, a unos 24 km al norte de Siracusa, donde se encuentra la obra. También hay un par de periodistas locales. Las grandes líneas de alta tensión que revalorizan este terreno se ven justo detrás de una línea de árboles.

Entonces, aparece un enorme todoterreno negro con hombres bien trajeados y 100.000 millones de dólares (unos 91.080 millones de euros).

La Ley CHIPS y de Ciencia, aprobada en 2022 con el apoyo bipartidista del Congreso, fue ampliamente considerada por los líderes del sector y los políticos como una forma de asegurar las cadenas de suministro, reforzar el gasto en I+D y hacer que EE UU vuelva a ser competitivo en la fabricación de chips semiconductores. Según la administración Biden, también pretende crear buenos puestos de trabajo y, en última instancia, ampliar la prosperidad económica.

Ahora, Siracusa está a punto de convertirse en una prueba piloto del ámbito económico. En las próximas décadas, las agresivas políticas gubernamentales y las masivas inversiones empresariales pueden impulsar la destreza manufacturera del país y revitalizar regiones como el norte del estado de Nueva York. Todo empieza con un tipo de fábrica cara y compleja, la fábrica de chips.

Micron, fabricante de chips de memoria con sede en Boise (Idaho), anunció el pasado otoño que tiene previsto construir hasta cuatro de este tipo de fábricas. Cada una de ellas tendrá un coste aproximado de 25.000 millones de dólares (22.772 millones de euros) y se ubicarán en el emplazamiento de Clay durante los próximos 20 años. Aquel día de abril, de pie bajo la carpa, Sanjay Mehrotra, CEO de Micron, evocó una visión de lo que significará esta inversión de 100.000 millones de dólares (91.080 millones de euros): "Este solar, que hoy no tiene nada, dentro de 20 años tendrá cuatro grandes edificios. Y cada uno tendrá el tamaño de 10 campos de fútbol, es decir, un total de 40 campos de fútbol de salas limpias". Y con el tiempo las fábricas crearán 50.000 puestos de trabajo en la región, 9.000 de ellos en Micron, según ha prometido Mehrotra, "así que esto va a ser una gran transformación para la comunidad".

Para cualquier ciudad, una inversión empresarial de 91.080 millones de euros es un gran negocio, pero para Siracusa promete un cambio de fortuna. Al estar situada en la esquina noreste del cinturón del óxido (zona de producción de industria pesada y de manufactura), Siracusa lleva décadas perdiendo puestos de trabajo y población a medida que sus principales fábricas fueron cerrando. Primero cerró GE y más tarde Carrier, que llegó a emplear a unos 7.000 trabajadores en su planta de East Syracuse.

Según datos del censo, en la actualidad, Siracusa tiene la tasa de pobreza infantil más alta entre las grandes ciudades de EE UU. Además, tiene la segunda tasa más alta de familias que viven con menos de 10.000 dólares (9.104 euros) al año.  

Un edificio abandonado con las palabras "Hope 4 U inc" en la fachada. Las puertas están tapiadas con madera contrachapada.
Un edificio abandonado en Syracuse, que ha perdido la mayor parte de su legado de fabricación.

Por supuesto, Siracusa no está sola en su malestar postindustrial. La economía de EE UU está cada vez más impulsada por las industrias de alta tecnología, y esos puestos de trabajo y la riqueza resultante se concentran en unas pocas ciudades. Así Boston (Massachusetts), San Francisco, San José, San Diego (California) y Seattle (Washington) representaron más del 90% del crecimiento del sector de la innovación de EE UU entre 2005 y 2017, según un informe de la Brookings Institution. Sin estos empleos de alta tecnología y con la industria manufacturera convencional desaparecida, ciudades del cinturón del óxido como Detroit (Michigan), Cleveland (Ohio), Siracusa y Rochester (Nueva York) encabezan la lista de las ciudades más pobres del país.

La inversión de Micron inyectará miles de millones de dólares en la economía local, algo que permitirá mejorar las infraestructuras, las viviendas y las escuelas. Si todo va según lo previsto, servirá de base para un nuevo centro de fabricación de semiconductores en el centro de Nueva York. Ya que se prevé una explosión de la demanda de chips, en especial, del tipo de chips de memoria que Micron tiene previsto fabricar en Clay, dado el papel esencial que desempeñan en la IA y otras aplicaciones basadas en datos.

En definitiva, es un intento de darle la vuelta a una región que lleva décadas atravesando dificultades económicas. El éxito o fracaso del proyecto será un indicador importante sobre si EE UU puede aprovechar las inversiones en alta tecnología para revertir años de desigualdad geográfica creciente, así como el malestar social y político que esta ha generado.

Miles de millones de dólares para las fábricas

La inversión de Micron es un ensayo sobre el terreno de la reciente adopción por parte de EE UU de la política industrial. Es decir, las intervenciones gubernamentales que favorecen a determinados sectores y regiones. En los últimos dos años, el gobierno estadounidense ha destinado cientos de miles de millones de dólares a apoyar nuevas fábricas de chips o una serie de plantas de fabricación de baterías por todo el país. Micron, por ejemplo, afirma que no construiría en EE UU sin la financiación que espera de la Ley CHIPS y de Ciencia, que destinó 39.000 millones de dólares (35.542 millones de euros) para apoyar la fabricación nacional de semiconductores y otros 13.200 millones de dólares (12.000 millones de euros) para I+D en semiconductores y desarrollo de mano de obra.

Aunque los semiconductores se inventaron en EE UU, hoy día solo fabrica el 12% de la oferta mundial, mientras Taiwán y Corea del Sur dominan el mercado. En el caso de los chips DRAM (memoria dinámica de acceso aleatorio), que Micron tiene previsto fabricar en Siracusa, la situación de la fabricación nacional es especialmente mala. Menos del 2% de los chips DRAM se fabrican en EE UU. Incluso Micron, una de las tres empresas que controlan el mercado de DRAM, fabrica la mayoría de sus chips en Taiwán, Japón y Singapur.

Fabricar chips en EE UU cuesta un 40% más que en Asia, debido a las diferencias en los costes de construcción y mano de obra, además de los incentivos gubernamentales. Los fondos de la Ley CHIPS pretenden que la construcción de fábricas en EE UU vuelva a ser atractiva desde el punto de vista financiero.

Parte de esa cantidad se destina a lugares donde la fabricación de chips está bien establecida: Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) ha invertido 40.000 millones de dólares (36.450 millones de euros) para nuevas fábricas en Phoenix (Arizona), e Intel está construyendo fábricas en Chandler. Otros proyectos, como el que Intel está construyendo cerca de Columbia (Ohio) por un valor de 20.000 millones de dólares (18.200 millones de euros) y el de Micron en Siracusa, abrirán nuevos emplazamientos para la fabricación de chips. Así crearán centros de actividad económica en torno a las grandes inversiones.

Según Mark Muro, investigador principal de Brookings, la intención de la Ley CHIPS no solo es apoyar la construcción de "un gran espacio" para fabricar semiconductores, sino ayudar a crear agrupaciones económicas regionales en torno a estas inversiones. Tras años de una desigualdad creciente entre las distintas partes del país, afirma Muro, esta estrategia refleja un renovado énfasis en las políticas económicas basadas en la relocalización para apoyar el desarrollo local de la fabricación de alta tecnología.

Un autobús escolar conduce por una calle rural de Nueva York.
Burnet Road en Clay, Nueva York, donde se construirá la fábrica de Micron, sigue siendo rural, pero eso podría cambiar pronto.

Como era de esperar, los estados están compitiendo por las inversiones. Nueva York atrajo a Micron con la asombrosa cifra de 5.800 millones de dólares (5.280 millones de euros) en incentivos de desarrollo económico. Pero los millones de dólares que llegan a Siracusa vienen acompañados de incertidumbre. ¿Se producirá una transformación económica sostenible? ¿O las grandes cantidades de dinero se limitarán a proporcionar una explosión temporal de crecimiento y puestos de trabajo para algunos? Esto dejaría atrás a gran parte de la comunidad, y causaría un grave caso de remordimiento del comprador para la ciudad y el estado.

Los incentivos que se ofrecieron para atraer a Micron representan "una cantidad de dinero salvaje, salvaje", afirma Nathan Jensen, profesor de Gobierno de la Universidad de Texas (Austin).

Aunque la inversión de Micron traerá buenos puestos de trabajo y podría ser una gran oportunidad para una ciudad en apuros, asegura Jensen, los dirigentes locales y estatales tendrán que gestionar múltiples riesgos a largo plazo. Las estrategias empresariales pueden cambiar, y 20 años es mucho tiempo para apostar por la creciente demanda del mercado de una tecnología específica. Además, según Jensen, al ofrecer generosas exenciones fiscales a las empresas, las comunidades locales y estatales pueden limitar sus fuentes de ingresos en las próximas décadas. Incluso cuando -si todo va bien- hagan frente a una gran demanda de viviendas, carreteras y escuelas. Lo llama la "maldición del ganador".

El reto para Siracusa es que no hay "recetas infalibles" para hacerlo bien, explica Maryann Feldman, profesora de Política Pública en la Universidad Estatal de Arizona. "Pensamos como si tuviéramos una máquina de hacer salchichas para el desarrollo económico", ironiza Feldman. "Alineas un puñado de factores y, voilà, tienes una economía productiva y en crecimiento. Es más difícil que eso".

Un negocio ariesgado

Cuando en 2018 Ryan McMahon se convirtió en director ejecutivo del condado de Onondaga, el parque industrial en Clay languidecía. Los presidentes del condado anteriores lo habían promocionado como la ubicación perfecta para una fábrica de semiconductores. Pero durante dos décadas nadie se interesó. McMahon decidió apostarlo todo e invirtió millones de dólares en ampliar y mejorar el polígono.

No podía haberlo hecho en un momento mejor. Incluso antes de que se aprobara la Ley CHIPS el verano de 2022, los fabricantes de semiconductores habían comenzado a buscar emplazamientos en EE UU para expandirse. Según McMahon, TSMC e Intel estuvieron tanteando Clay antes de elegir otros emplazamientos. Se iniciaron conversaciones preliminares con Micron, pero todo dependía de si se aprobaba la ley.

Una vez aprobada, el acuerdo con Micron ya estaba cerrado. A finales de octubre, el presidente Biden fue a Siracusa para celebrar lo que llamó "una de las inversiones más importantes de la historia de EE UU".

El negocio de los chips de memoria, como los chips DRAM que Micron fabricará en Clay, es competitivo y tiene márgenes muy bajos. Como sus primos más glamurosos, las puertas lógicas fabricadas por Intel y TSMC, son más complejos y caros de fabricar. Ya que el proceso implica insertar miles de millones de transistores en cada chip, que tiene el tamaño de un pulgar y una precisión de unos pocos átomos. Para sobrevivir, las empresas tienen que hacer funcionar sus fábricas de forma continua, con una eficiencia y un rendimiento extraordinarios.

Las exigencias técnicas y del mercado dificultan la búsqueda de un lugar adecuado. Micron cuenta que eligió Clay por su tamaño, el acceso a energía limpia y la abundancia de agua. Pues según algunas estimaciones, las grandes fábricas de chips utilizan hasta 10 millones de litros de agua al día. Las líneas de transmisión que lo atraviesan obtienen energía de una gran central hidroeléctrica en las cataratas del Niágara y centrales nucleares en el lago Ontario. El lago tiene un suministro casi inagotable de agua, y está a menos de 50 kilómetros.

 

La inversión de Micron, incluidos los 250 millones de dólares (228 millones de euros) que ha destinado a un fondo comunitario, ayudaría a la ciudad a reparar sus deterioradas infraestructuras.

"Pocos lugares en el país estarían listos en el plazo previsto", afirma Manish Bhatia, vicepresidente ejecutivo de Operaciones Globales de Micron. Bhatia también destaca el legado manufacturero de la zona que, a pesar de haberse "vaciado en los últimos 20 años", ha dejado una "gran reserva de talento en ingeniería". Si añadimos los generosos incentivos del Estado, la empresa compró, cuenta Bhatia.

Los ambiciosos planes de expansión de Micron para las próximas décadas se ven impulsados en parte por la prevista demanda de IA, así como por un mayor uso de la memoria en apps de automoción y centros de datos. "La inteligencia artificial tiene que ver con la memoria", explica Bhatia. "Necesita conjuntos de datos cada vez mayores para extraer información". Y más datos significa más memoria.

La construcción de la primera fábrica está prevista para 2024, pero no entrará en funcionamiento hasta la segunda mitad de la década. Está prevista una nueva ampliación, pero dependerá de la demanda de chips de memoria. Otra fábrica podría empezar a funcionar a mediados de la década de 2030. Después, si el mercado lo permite, están sobre la mesa dos fábricas más.

Micron prevé que contratará a 9.000 personas para trabajar en las fábricas, entre ellas, 3.000 serán necesarias para su construcción inicial. También asegura que se crearán hasta 41.000 empleos adicionales en otras empresas, desde las que suministrarán materiales y mantenimiento a las fábricas hasta los restaurantes que atenderán las necesidades de la creciente mano de obra.

Las fábricas necesitarán trabajadores con una amplia gama de cualificaciones, desde ingenieros eléctricos hasta un número similar de técnicos sin titulación universitaria pero con formación especializada. Esto implica grandes inversiones en las escuelas de formación profesional, los colegios comunitarios y las universidades de la zona.

En respuesta a la inversión de Micron, la Universidad de Siracusa tiene previsto ampliar la financiación de su facultad de Ingeniería e Informática en un 50% en los próximos cinco años. Aunque algunos licenciados trabajarán en Micron, el objetivo es formar a personas con diversas habilidades y conocimientos. Por ejemplo, la ciencia de los materiales o la automatización, así la inversión en las fábricas generaría una creciente comunidad local de alta tecnología.

Un grupo de 5 hombres trabajan instalando un medidor eléctrico en un salón de clases.
La inversión de Micron podría significar muchos puestos de trabajo para trabajadores calificados, como estos aprendices en capacitación en el sindicato eléctrico local.

"Es un experimento fascinante", afirma Mike Haynie, vicerrector de Iniciativas Estratégicas e Innovación de la Universidad de Siracusa. "Gran parte de la industria se fue hace 25 años y la economía, en gran medida, se ha sostenido gracias a la sanidad y las universidades, son las impulsoras de la economía". Ahora, "se introduce esta inversión de 100.000 millones de dólares en alta tecnología en la economía regional, y a ver qué pasa".

Hasta el momento, explica Haynie, "no hemos sido capaces de mirar a la cara a un estudiante de Ingeniería o Informática y decirle: 'Hay una razón para que te quedes en el centro de Nueva York'".

Vamos mal

Si Siracusa y las ciudades de alrededor quieren una lección sobre cómo no hacer desarrollo económico, solo tienen que conducir 241 kilómetros por la autopista a Búfalo.

En 2012, el gobernador Andrew Cuomo anunció el proyecto Búfalo Billion, una ambiciosa iniciativa de reurbanización destinada a reactivar la maltrecha ciudad. El proyecto estrella de Búfalo Billion era la creación de un polo de tecnologías limpias con un gasto de 750 millones de dólares (685 millones de euros) para construir y equipar una gran planta de fabricación de SolarCity, una empresa de Silicon Valley que financia e instala paneles solares.

SolarCity prometió que produciría un gigavatio de paneles solares en 2017, así crearía 3.000 puestos de trabajo en Búfalo, incluidos los 1.500 empleos destinados a construir  la planta. Esta gigafactoría sería el mayor fabricante de paneles solares del hemisferio occidental, según presumía la empresa.

A finales de la primavera de 2015, visité la planta de SolarCity, que se construía en Riverbend. En su día, esta había sido una extensa planta de Republic Steel. A menos de seis kilómetros del revitalizado paseo marítimo del centro de la ciudad, parecía el lugar perfecto para centrar una nueva economía manufacturera.

“Búfalo Billion fue fracaso con mayúsculas”.

jim heaney

Los años siguientes resultaron ser un fracaso para la gigafactoría solar. Con SolarCity endeudada en varios miles de millones de dólares, Tesla Motors compró la empresa. En medio de una gran algarabía, Elon Musk, su CEO, anunció que fabricaría tejas solares, un producto ya probado pero que nunca había funcionado. Resultó ser  un fracaso de mercado. Panasonic, que Tesla incorporó a la planta para fabricar células solares, se retiró en 2020.

En la actualidad, Tesla tiene a 1.500 empleados en sus instalaciones, pero muchas no trabajan en la fabricación de energía solar, según informan los medios locales. Muchos de los empleos consisten en montar estaciones de carga para los coches de Tesla y anotar escenas de tráfico para entrenar las funciones autónomas de sus vehículos. La promesa de ser el mayor fabricante de energía solar en EE UU hace tiempo que se olvidó y, sin el auge previsto en la producción de paneles solares, hay pocos puestos de trabajo nuevos para los proveedores y otras empresas que esperaban apoyar un centro de fabricación en expansión.

La fachada de Tesla Gigafactory en Buffalo, Nueva York, con el logotipo de Tesla en letras enormes en el exterior.
Gigafactoría solar de Tesla en Buffalo, Nueva York, a principios de 2022.

"El proyecto Búfalo Billion fue un fracaso con mayúsculas", afirma Jim Heaney, editor del Investigative Post de Búfalo, que ha seguido la iniciativa estatal desde sus inicios. El boyante centro tecnológico que Búfalo Billion pretendía crear nunca llegó a materializarse. Heaney señala que la única consecuencia aparente de las inversiones en Riverbend es Tim Hortons, la tienda de donuts al otro lado de la calle.

En muchos sentidos, los planes para el proyecto Búfalo Billion no tenían bien asentados los pilares sobre el desarrollo económico. Por un lado, SolarCity, que debía ser el ancla de fabricación de tecnología limpia, era una empresa que instalaba paneles solares residenciales. Es decir, tenía poca experiencia en fabricación a gran escala.

Se plantearon preguntas más amplias sobre la inversión estatal. ¿Por qué construir en Búfalo, que carece de una cadena de suministro de esta tecnología y tiene poca demanda local? Además, es una de las ciudades más nubladas de EE UU. ¿De dónde saldría la mano de obra cualificada para fabricar paneles solares? 

La lección clave del caso Búfalo Billion no es que la gigafactoría solar fuera un despilfarro del dinero de los contribuyentes, aunque lo fuera, sino que la política económica financiada por el gobierno debe respetar los recursos y talentos de una región.

Richard Deitz, economista del Banco de la Reserva Federal de Nueva York en Búfalo, contrasta esta estrategia con las inversiones que el estado hizo anteriormente en Albany. Allí, el dinero se destinó a un centro de investigación nanotecnológica y a apoyar una industria de semiconductores ya existente. También se crearon asociaciones entre empresas, enseñanza superior, y las administraciones estatal y local. Es decir, las inversiones reforzaron una agrupación existente de expertos en torno a esos recursos.

"Eran planteamientos muy distintos, y el de Búfalo no funcionó muy bien", afirma Deitz.

¿La inversión de Micron cambiará la trayectoria económica del norte del estado de Nueva York? Es la pregunta correcta, "pero nadie podrá responderte", asegura el economista.

Por otro lado, asegura que le anima lo ocurrido en Albany en los últimos diez años. "Te haces una idea de lo que es posible". Albany añadió unos 4.000 puestos de trabajo entre 2010 y 2020, mientras que Búfalo perdió unos 25.000, según Deitz. "No es que [Albany esté] creciendo como la espuma, pero lo está haciendo bien y se está reinventando".

Ganar la lotería

La inyección inicial de dinero de Micron creará puestos de trabajo de alta tecnología y tendrá lo que los economistas llaman efecto multiplicador, ya que esos trabajadores gastarán sus generosos salarios en empresas locales. Según Enrico Moretti, economista de la Universidad de California en Berkeley, el beneficio real y sostenible llegará si las fábricas desencadenan la creación de un grupo de empresas que desarrollen nuevas actividades de innovación y traigan un crecimiento a largo plazo de la alta tecnología, más allá de Micron.

Hace diez años, Moretti escribió The New Geography of Jobs (La nueva geografía del empleo), un libro que mostraba cómo el auge de los clúster de innovación en algunas zonas de EE UU, sobre todo a lo largo de la costa, ha provocado profundas desigualdades económicas. Esas disparidades, explica ahora el economista, no han hecho sino empeorar y ser más preocupantes desde que Moretti publicó el libro. Las industrias innovadoras aportan "buenos empleos y salarios elevados a las comunidades", escribió. Tienen un efecto multiplicador mayor que otros empleadores, incluso los del sector manufacturero. Pero las comunidades que carecen de clúster de innovación, "tienen dificultades para crear uno" y se quedan cada vez más rezagadas.

El truco para Siracusa no consiste en intentar ser otro Silicon Valley, una lista de nombres bien conocida ya han fracasado en esa tontería, tampoco otro Austin. Siracusa debería utilizar sus recursos y capacidades para definir su propia marca de innovación.

Como Albany, pero a una mayor escala.

Para demostrar la importancia de estas agrupaciones de alta tecnología para el crecimiento de la productividad, recientemente Moretti mostró lo que había ocurrido con la innovación en Rochester después de que la fortuna de Kodak decayera a finales de la década de 1960. Kodaj había contribuido a hacer de Rochester una de las ciudades más ricas del país durante el siglo XX, pero entonces llegó la invención de la fotografía digital. El negocio de Kodak, que entonces se centraba en la venta de películas en lugar de en la fabricación de cámaras, se vino abajo.

Como documentó Moretti, el daño a la ciudad no solo fue la pérdida de puestos de trabajo en Kodak, sino un colapso paralelo de su capacidad para inventar nuevas tecnologías. Descubrió que incluso los inventores ajenos a Kodak, no implicados en el negocio fotográfico, también se volvieron menos productivos -medidos por la cantidad de patentes- tras el declive de Kodak. Las ventajas de una boyante comunidad de innovadores que interactuaban entre ellos, así como los servicios jurídicos y financieros que facilitan la creación de empresas, y también los emprendedores parecían haber abandonado la ciudad junto a Kodak.

Ahora, Siracusa quiere hacer lo mismo que Rochester, pero a la inversa. La perspectiva es que una gran presencia empresarial impulse su propio clúster de innovación en torno a los semiconductores.

"A Siracusa le ha tocado la lotería del desarrollo económico", afirma Dan Breznitz, profesor de Estudios de Innovación de la Universidad de Toronto (Canadá). Además de la cuantía de la inversión, Micron tiene una larga trayectoria en la fabricación de chips y el compromiso de crear su propia capacidad de producción. Pero, según Breznitz, la comunidad ahora necesita una visión pragmática de cómo serán la región y su economía dentro de 15 o 20 años, aparte de las fábricas de Micron.

Al haberles tocado la lotería, la comunidad y las empresas locales pueden decir: "Ya no tenemos que preocuparnos" o "Este es nuestro momento para crear una visión local de cómo convertirnos en un emplazamiento importante para la industria mundial de semiconductores, o industrias afines".

¿Prosperidad compartida?

Cuando entrevisté a Kevin Younis a finales de abril, parecía consciente de que a él y a Siracusa les había tocado la lotería. Como director de Operaciones de Empire State Development, la agencia responsable de promover el crecimiento económico, Younis había ayudado a dirigir los esfuerzos para contratar a Micron. Ahora, sentado en el patio de un animado mercado de alimentación, disfrutaba del resurgimiento de la ciudad y sus posibles perspectivas.

Younis creció a un kilómetro y medio de distancia, y cuenta que la ciudad se ha ido recuperando poco a poco en los últimos años. "Cuando era niño, entre la década de 1980 y 1990, el centro se estaba vaciando. Venía con amigos a la tienda de cómics y éramos los únicos aquí", recuerda. Ahora, los jueves por la tarde, el mercado y sus quioscos sirven comida de todo el mundo, está lleno de familias jóvenes, empresarios y veinteañeros que toman una cerveza después del trabajo.

 

Hay nuevas viviendas a la venta, y también grandes esperanzas de que las instalaciones de Micron contribuyan a despegar el mercado inmobiliario local.

Sin embargo, Younis sabe que ese billete de lotería podría cambiarlo todo, ayudaría a una ciudad arrastrada a alcanzar o superar su antiguo éxito. Además de los 100.000 millones de dólares para construir las fábricas, hay otros 70.000 millones de dólares (68.500 millones de euros) en costes operativos, lo que supone 170.000 millones de dólares (155.300 millones de euros) que se gastarán en el centro de Nueva York en los próximos 20 años. "Es una media de 15.000 millones de dólares (13.700 millones de euros) anuales en el PIB del centro de Nueva York durante los próximos 30 años", afirma Younis. En la actualidad, el PIB del área metropolitana de Siracusa es de unos 42.000 millones de dólares (38.367 millones de euros), según el Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Según Younis, esto solo es una estimación conservadora.

Sin embargo, Younis no es el tipo de persona que gana la lotería y se sienta sin preocupaciones. "Hay muchas cosas que me quitan el sueño", admite. La vivienda. Las infraestructuras. "Nadie ha hecho nunca algo así a esta escala".

El estado intenta ser estratégico, afirma, señalando el plan anunciado a principios de 2023 para abrir su primera Oficina de Expansión, Gestión e Integración de Semiconductores. Cuando habla de la experiencia ya existente en la región en torno a sensores inteligentes, drones y automatización, se perciben los hilos conductores del tipo de visión estratégica de la que habla Breznitz.

“Muchas cosas me quitan el sueño. Nadie ha hecho nunca algo así a esta escala”.

kevin yunis

No obstante, hay otro reto en la mente de Younis, uno muy personal que se remonta a su infancia como uno de los 12 hijos de una familia de clase trabajadora de Siracusa. "La zona central de Nueva York es una de las más pobres del país. Crecer en esa pobreza y poder cambiarla es una oportunidad generacional".

La pobreza está por todas partes, explica: "Está donde estamos, aquí mismo, está donde crecí. Estos son algunos de los distritos censales más pobres del país. Imagínense vivir y criar a una familia con menos de 10.000 dólares al año. ¡Es una locura! Eso es lo que me quita el sueño, sentir que he fracasado si no hacemos algo al respecto".

Se muestra una vibrante puesta de sol naranja, rosa y azul sobre un vecindario suburbano en Syracuse, Nueva York.
Atardecer en el vecindario Eastwood de Syracuse.

Quizá la prueba definitiva del experimento de Siracusa sea si, además de aumentar las oportunidades en los suburbios de clase media que rodean Clay, la inversión de Micron también ayuda a los pobres de los barrios del centro de Siracusa de los que habla Younis. ¿Puede el inevitable crecimiento económico beneficiar a una amplia franja demográfica? ¿O agravará la desigualdad en la comunidad? Los resultados en otros polos de innovación en auge no son alentadores. ¿Siracusa puede ser diferente?

Robert Simpson, presidente de CenterState Corporation for Economic Opportunity y estrecho colaborador de Younis en la contratación de Micron, plantea el reto de la siguiente manera: "El crecimiento económico no garantiza una mayor prosperidad compartida. Se puede crecer sin mejorar la calidad de vida de muchas personas de la región. Sin embargo, el crecimiento económico es una condición previa necesaria para un mayor nivel de prosperidad compartida. Se necesita crecimiento, de lo contrario, solo se redistribuye la renta y la riqueza de un lugar a otro. Y eso pone a la gente molesta y nerviosa".

La enorme inversión de Micron, "nos da la oportunidad de hacer algo que hemos querido durante mucho tiempo, pero para lo que no teníamos las herramientas necesarias: salvar las diferencias socioeconómicas que han frenado a nuestra región", concluye Simson.

Es un objetivo elevado que, sin duda, se pondrá en tela de juicio en los próximos años. Habrá luchas inevitables por la vivienda, dónde y cómo invertir los cientos de millones de dólares destinados al desarrollo comunitario. Y seguirá habiendo escépticos, sobre todo, teniendo en cuenta los generosos incentivos estatales y los años que se tardará en poner en marcha las fábricas.

Transformar una ciudad y su economía no es tarea fácil, conlleva enormes riesgos. Pero, en muchos sentidos, Siracusa no tiene elección. El gran experimento que se está desarrollando allí es algo que la ciudad -de hecho, el país- necesita para tener éxito.

Tecnología y Sociedad

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