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Negocios

Siete retos para el futuro de la nanotecnología española

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Seis expertos analizan para 'MIT Technology Review' en español los siete factores que determinan la existencia del temido ‘valle de la muerte’ entre el laboratorio y la empresa.

  • por Elena Zafra | traducido por
  • 06 Septiembre, 2012

“La nanotecnología ha dejado de ser la eterna promesa: es una realidad que ya está ahí, aunque no la veamos”. Las palabras del ingeniero Javier Arcos suenan etéreas y alejadas de los asuntos prioritarios en el contexto de crisis económica que atraviesa España; sin embargo, constatan un hecho muy tangible -el éxito de la investigación básica en esta área- y dejan entrever una esperanza. Allí donde la materia se manipula a escala de átomos y moléculas para crear procesos y compuestos novedosos hay una invitación a buscar el crecimiento por la vía de la mejora de la competitividad.

Arcos, responsable de la preincubadora de Empresas del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid (COIIM), cree que su transversalidad convierte a la nanotecnología en una herramienta con un enorme potencial para cambiar el modelo productivo. “Tras diez años de trabajo en el laboratorio estamos en el momento de saltar al mercado”, sentencia.

Con este objetivo en mente, algunos de los actores llamados a implicarse en esta transición del laboratorio a la industria -investigadores, empresarios, políticos  y divulgadores- han analizado para MIT Technology Review en español  los siete factores que determinan la existencia de ese temido ‘valle de la muerte’ entre el laboratorio y la empresa:

El recorte de inversión en I+D

Aunque el Gobierno español considera que aumentar la partida de I+D no es prioritario, los datos indican que esta decisión compromete directamente la capacidad competitiva del país y limita sus ingresos. El Fondo Monetario Internacional estima que la balanza por cuenta corriente de Alemania superará en 2013 los 140 mil millones de euros mientras que la de España ofrecerá un balance negativo de más de 19 mil millones. Alemania, situada en el quinto puesto del ranking de las economías más competitivas que elabora el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), es la gran potencia exportadora de la Unión Europea (UE), pero ¿cómo consigue vender mucho más de lo que importa?

 “La respuesta está en su fuerte inversión en I+D y en una apuesta firme por productos de alto valor añadido”, asegura José Manuel Berzal, director de la empresa Nanoconecta, dedicada a la transferencia tecnológica en el área ‘nano’. Con esta estrategia -explica Berzal- el país germano no solo habría conseguido llegar a nuevos mercados, sino también arrebatar cuota a las empresas que ya estaban instaladas en ellos.

Lejos de aplicar una política semejante, en España la empresa privada y las administraciones públicas redujeron en 2011 su aportación a la I+D en casi 600 millones de euros respecto a 2010, lo que verifica que el país ha retrocedido a los niveles de inversión del año 2007 (en el que esta suponía un 1,3 por ciento del PIB). Mientras tanto, Alemania cifra su inversión en el 2,8 por ciento, cerca del 3 por ciento que marca el Tratado de Lisboa como meta para la UE en el año 2020.

La falta de valor añadido

Una inversión en I+D estrangulada limita la innovación y, sin innovar, es difícil generar valor añadido que mejore la competitividad. Muestra de ello es que la contribución de los productos de alta y media tecnología a la balanza comercial de España apenas supone el 0,3 por ciento de la misma, lejos de las cifras de Estados Unidos (5,4 por ciento) y de la media de la UE (5,1 por ciento).

Sin embargo, frente al pesimismo dominante destaca el ejemplo de algunas empresas españolas que investigan en nanotecnología, catalizan proyectos que la incorporan y comercializan productos de alto valor basados en ella, como Nanoconecta y Nanoinnova, dirigidas por Berzal y el químico Rafael Ferritto. Nanoinnova diseña y comercializa un reactor de deposición química (CVD) que vende a centros de investigación en todo el mundo para que puedan sintetizar su propio grafeno. “También obtenemos y funcionalizamos este nanomaterial mediante transformaciones químicas”, afirma Ferritto, que asegura que esta segunda línea es tan puntera que apenas tienen competidores. “Lo que falta es que el mercado madure”, asegura.

Aunque ya venden sus productos en países como Australia, EE.UU. o Singapur, estos investigadores no dejan de buscar campos a los que extender su actividad. “Nos gustaría trabajar en biosensores, y el grafeno podría servir para análisis medioambiental, ya que absorbe muchos metales pesados”, apunta Ferritto. Su idea es moverlo a aplicaciones competitivas, muy relacionadas con el nivel industrial y que cubran necesidades existentes. De hecho, están trabajando en un proyecto para industrializar la oxidación de grafito y obtener grafeno químico mediante métodos sostenibles. “Se utilizaría en química fina, plásticos conductores o matrices para barreras de gases”, enumera Ferritto.

La falta de inversión privada

El porcentaje de gasto público en investigación y desarrollo en España es parecido al de Alemania, sin embargo, la aportación de las empresas a la I+D supone el 1,9 por ciento del PIB en la segunda, mientras que apenas roza el 0,7 en la primera. “Aquí radica parte del problema” -asegura Berzal- ya que “existe una correlación entre el gasto privado en I+D y el número de patentes que se generan”.

Berzal menciona otro índice -el número de patentes por cada mil millones de euros de PIB- en el que España obtiene 1,28 patentes de media, lejos de las 4 de la UE. “Si nos preguntamos cuánto representan en lo que se refiere a ingresos, su explotación supone solo un 0,07 de la riqueza en España, mientras en la UE supera el 0,2”, afirma Berzal. “Lo que nos falta es llevar la inversión en I+D al mercado y competir”, añade.

De hecho, no basta con captar capital, hacer I+D y disponer de productos valiosos. El siguiente paso es precisamente garantizarles ese acceso al mercado. En el caso de Nanoinnova –que reconoce que el 80 por ciento de sus clientes son extranjeros- este es uno de sus grandes retos actuales. “Nuestras raíces están en la universidad pero el canal de comercialización de nuestros aparatos es a través de una empresa alemana, y nos interesa asociarnos con firmas que tengan ya una posición en mercados más o menos definidos”, explica Ferritto.

La barrera psicológica

El ranking de competitividad del WEF sitúa a Suiza, Singapur y Suecia como los países con más capacidad para incrementar su productividad y, por tanto, su prosperidad a largo plazo. Esta percepción, no obstante, parece no haber calado todavía entre los empresarios españoles, aún demasiado apegados al cortoplacismo. “Hace falta un salto de mentalidad del industrial iberoamericano y español en particular”, asegura Joaquín Tutor, profesor del departamento de Electrotecnia y Sistemas en la Universidad Pontificia Comillas (España).

Tutor considera que el conformismo y la aversión a perder lo apostado todavía rigen las decisiones del empresario español que históricamente ha mantenido “la visión de invertir hoy para recuperar mañana” en la que no tiene cabida el concepto de capital riesgo. “Carece de esa filosofías anglosajona que consiste en apostar a todos los caballos de la carrera porque si gana uno, le cubre todas las apuestas”, explica Tutor.

En opinión de Bonifacio Vega, coordinador de Transferencia y Desarrollo Empresarial de IMDEA Nanociencia, esta reticencia a arriesgar en el campo de la innovación es un rasgo de la herencia cultural. “Hay muy poco interés por la ciencia y el conocimiento en España”, afirma. “Parte de lo que ocurre hoy día es fruto de no haber sabido articular una estrategia para generar una economía basada en ellos”, añade.

Ciencia y empresa no hablan el mismo idioma

Otro de los obstáculos a la hora de aumentar la competitividad es que desde los ámbitos empresarial y académico parece imposible remar en la misma dirección. “El lenguaje del científico es el de la vocación filantrópica, y el del empresario, el de la ganancia”, afirma Tutor. El investigador cree que la sinergia entre ellos que ya existe en Alemania o EEUU hace falta también en España y Latinoamérica. ”Hay que involucrar a docentes, investigadores y empresarios, sentarlos en la misma mesa”, afirma.

Vega coincide con esta valoración y añade que muchos científicos españoles “viven aislados de la realidad” y no conciben que su trabajo deba tener “la mínima utilidad para el país”.

En el lado más optimista, Ferritto ve en el “mestizaje” entre la alta calidad científica y el conocimiento del mercado la única vía para alcanzar una posición competitiva. “Lo que te aporta know how tecnológico es apoyarte en gente que conoce los problemas reales  del mercado y que tiene canales para que el valor añadido llegue a alguien”, afirma.

Para Rubén Risco, responsable de incubadoras del Parque Científico de Madrid (PCM), otra de las necesidades es gestionar bien los recursos que tienen a su disposición las pymes y dimensionar el alcance de los servicios que pueden prestar. “Antes nos venían muchos proyectos de investigación básica”, explica Risco. “Ahora las start-ups marcan objetivos más a corto plazo y más dirigidos al mercado”.

Con este planteamiento, varias empresas de base tecnológica están ya teniendo éxito desde sus laboratorios instalados en el PCM. Entre ellas destacan las que comercializan sistemas de eficiencia energética o plásticos funcionales para alimentos- como Ideas Lura o Nutec –y las que se han centrado en el desarrollo de cosméticos. “Tenemos 150 empresas asociadas y 700 empleos directos relacionados con I+D”, afirma Risco.

Obsesión por patentar y falta de estándares

La gestión de la propiedad intelectual es otro de los factores que generan incertidumbre entre los emprendedores. En primer lugar, la tendencia a patentar sin analizar exhaustivamente cómo y dónde hacerlo puede resultar contraproducente. “He visto empresas arruinadas por llevar carteras de patentes sobredimensionadas”, asegura Arcos.

Para el responsable de la preincubadora del COIIM, el objetivo no es aumentar el número de empresas y patentes sino el de proyectos y emprendedores. “Solicitar la patente internacional es una buena solución pero no hay que empeñarse en patentar lo que ya está patentado, ni creer que lo que no lo está es que nadie lo está haciendo”, afirma.

Otro de los problemas es conseguir la certificación de calidad para comercializar productos que aún no han sido claramente encuadrados en una categoría dentro un campo tan amplio y cambiante como la nanotecnología. “Cuando una empresa desarrolla un producto -por ejemplo, un biofilm- es complicado identificarlo en las clasificaciones tradicionales”, asegura Risco, que calcula que esta falta de definición puede alargar el camino al mercado “entre 6 meses y un año”, aunque reconoce que la situación “ha mejorado” en los últimos años.

En opinión de Tutor, si ciertos controles de calidad no están estandarizados esto puede disuadir al industrial de avanzar hacia el desarrollo de aplicaciones nanotecnológicas. “El empresario tiene que presionar para establecer las normas ISO que corresponden al mundo ‘nano’ porque, después de haber invertido, su cliente le va a exigir esos parámetros”, afirma.

La falta de divulgación y formación

Por último, además de los factores institucionales y macroeconómicos, otro de los pilares los  que se asienta una economía productiva es la calidad de la educación primaria y superior. “Los ejecutivos del futuro están hoy en las aulas”, advierte Tutor. El experto cubano, que coordina la red ‘José Roberto Leite’ de Divulgación y Formación en Nanotecnología del Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (Nanodyf-CYTED), asegura que en el ámbito de la educación reglada es necesario “enseñar nanociencia y nanotecnología desde la educación primaria” para conseguir progresivamente una “alfabetización de la sociedad” en estas áreas.

En cuanto a los contextos no académicos, según Tutor hace falta “divulgar más lo relacionado con nanotecnología en el sector de la salud, farmacéutico y de la alimentación”, ya que muchas veces se incorpora a productos de estos campos y provoca preocupación o falsas expectativas. “Es necesario explicar a la gente que el hecho de que un champú o un fármaco tenga base nanotecnológica genera unos beneficios y unos riesgos que no hay que sobredimensionar”, advierte Tutor. 

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