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Negocios

Business Report: La fabricación a examen

La mano de obra barata ha definido los procesos de fabricación en la última década. El futuro quizá pertenezca a la tecnología.

  • por Antonio Regalado | traducido por Lía Moya (Opinno)
  • 04 Enero, 2013

Cuando General Electric amplió la fabricación de calentadores domésticos y neveras en su planta de Kentucky el año pasado, lo hizo porque había conseguido una rebaja considerable de salarios en su negociación con los sindicatos y por la ventaja que suponía estar más cerca de sus clientes estadounidenses. Pero en un artículo en la revista Harvard Business Review del último mes de marzo, el director ejecutivo de la empresa, Jeffrey Immelt, explicaba que uno de los factores que más pesó en la decisión de GE de volver a traer la fabricación desde China y Corea del Sur era su deseo por mantener a los diseñadores de electrodomésticos cerca de la fabricación y de los ingenieros.

“En un momento en el que la rapidez con la que se llega al mercado es lo más importante, separar el diseño y desarrollo de la fabricación no tenía ningún sentido”, escribió Immelt. Ahora, alguien con una idea para construir un lavavajillas con menos componentes y que pese menos puede intentar hacerlo. Además, estos diseños tardarán menos en ser copiados por los proveedores de GE. “La fabricación subcontratada en el extranjero basada solo en los salarios es un modelo pasado”, afirmaba Immelt.

A principios de este siglo, el salario de los trabajadores de fábricas en el sur de China estaba en torno a los 58 centavos de dólar por hora (unos 44 céntimos de euro), lo que representaba un 3 por ciento de los salarios equivalentes en Estados Unidos. GE y otros fabricantes se dieron prisa para aprovechar el denominado arbitraje laboral al trasladar la fabricación al extranjero. En 2004 la consultora Boston Consulting Group decía a sus clientes que la decisión no era si trasladar la producción al extranjero o no, sino “cómo de rápido hacerlo”.

La estrategia adoptada por muchas multinacionales, ya tuvieran su sede en Estados Unidos o en Europa, era sencilla: sustituir capital por mano de obra barata. ¿Por qué invertir en una máquina capaz de montar iPhones cuando las empresas chinas podían dedicar medio millón de trabajadores al problema? Internet, los teléfonos y los vuelos y el transporte marítimo baratos hacían que fuera mucho más fácil que nunca coordinar el trabajo desde la distancia.

Debido en parte a esto, Estados Unidos perdió unos seis millones de puestos de trabajo en tareas de fabricación -un 33 por ciento del total- entre 2000 y 2010 y China superó a Estados Unidos como el mayor productor mundial de productos manufacturados. Pero el impacto va más allá de las estadísticas macroeconómicas.

En Producing Prosperity, un libro publicado en 2012, los profesores de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard (EE.UU.) Gary Pisano y Willy Shih denominan el traslado de la producción al extranjero como un “gran experimento en la desindustrialización”. Ahora ellos y otros creen que las consecuencias han sido desafortunadas porque resulta difícil separar la innovación de la fabricación en el campo de la tecnología avanzada. Sin comprender los detalles de la producción no se pueden diseñar los productos más competitivos. Con el tiempo, se ponen en situación de riesgo lo que Immelt denomina “competencias centrales”, como el diseño del producto o el conocimiento de los materiales.

Sin embargo, últimamente las tendencias económicas están cambiando. Los salarios en las ciudades del sur de China están subiendo rápidamente y pronto pueden llegar a los 6 dólares la hora (unos 4 euros),  aproximadamente lo mismo que en México. Boston Consulting Group, la misma consultora que aconsejó a sus clientes que salieran corriendo al extranjero, afirma ahora que ha llegado el momento de “reevaluar” China y calcula que en el caso de algunos productos las ventajas de coste que presenta el país podrían desaparecer para 2015.

Que la ventaja comparativa de Asia en términos de mano de obra esté desapareciendo no es la única razón por la que las empresas empiezan a cuestionarse la idea de la fabricación en el extranjero. Puede haber catástrofes naturales en cualquier parte del mundo, pero el riesgo que conllevan las cadenas de suministro largas se hizo patente en 2011 cuando el terremoto y el tsunami en Japón interrumpieron varios envíos de chips de ordenador y las inundaciones en Tailandia dejaron a las fábricas de discos duros a tres metros bajo el agua. Mientras tanto, la subida del precio del petróleo han ido aumentando poco a poco el coste de transporte de las mercancías. Y una abundancia de gas natural barato ha convertido a Estados Unidos en un lugar relativamente barato para fabricar numerosos productos químicos básicos y proporciona a las industrias una fuente de energía barata.

El tipo de fabricación en el que los costes de la mano de obra son lo más importante no volverá nunca de los países con mano de obra barata (montar cinco millones de iPhones para el lanzamiento de un modelo solo se puede hacer en China), pero los recientes cambios económicos están dando a las empresas la posibilidad de cambiar de rumbo. Una corriente de pensamiento generalizada, la que recibe el mayor apoyo por parte de la Casa Blanca, afirma que Estados Unidos debería centrar sus esfuerzos en avances en la tecnología de la propia fabricación, las nuevas ideas, innovaciones fabriles y procesos que se analizarán con especial atención este mes en MIT Technology Review.

Estados Unidos posee ventajas en numerosas tecnologías avanzadas, como por ejemplo la simulación y el diseño digitales, el uso de 'grandes datos' y la nanotecnología. Todos ellos pueden tener un papel importante a la hora de crear nuevos e innovadores procesos de fabricación (y no solo productos). Andrew McAfee, investigador de la Escuela de Negocios Sloan del MIT, en EE.UU., afirma que también resulta difícil ignorar los cambios que se avecinan como la presencia de robots en los almacenes, los camiones que se conducen solos y las tecnologías de fabricación aditivas capaces de crear una compleja pieza de avión por una fracción de lo que cuesta construir una sencilla. Cuanto más se invierta en la automatización, menor importancia tendrán los costes de mano de obra.

Puesto que la fabricación es tan heterogénea, no existe una única tecnología capaz de definir el rumbo que esta tomará en el futuro. Pero para las economías avanzadas, como la de Estados Unidos, las preguntas siguen siendo las mismas. McAfee afirma: “Si la mano de obra no es el factor diferenciador, hay que preguntarse cuál puede serlo”.

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