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Lecciones de la bomba atómica: un gran poder conlleva una gran responsabilidad

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El exsecretario de defensa de EEUU Ash Carter fue alumno de los padres del proyecto Manhattan, que le enseñaron que aunque el progreso no se puede parar, la tecnología debe destinarse para el bien de la humanidad. Y quizá esa es la lección que más necesitan los tecnólogos actuales

  • por Ash Carter | traducido por Teresa Woods
  • 30 Noviembre, 2017

Cuando empecé mi carrera en el campo de la física de partículas elementales, las grandes figuras que me enseñaron e inspiraron habían formado parte del Proyecto Manhattan, aquel que dio lugar a la bomba atómica. Todos estaban orgullosos de haber creado una tecnología "disruptiva" que puso fin a la Segunda Guerra Mundial y desalentó el inicio de una tercera guerra mundial durante más de 50 años de tenso enfrentamiento entre Oriente y Occidente. También estaban orgullosos de haber hecho posible la energía nuclear. Pero su comprensión de la tecnología también generó en ellos un profundo respeto por los increíbles e inevitables riesgos que entrañan esas tecnologías.

A raíz de ese respeto, decidieron dedicarse a inventar tecnologías el control de armas (como los satélites de reconocimiento para verificar el cumplimiento de los acuerdos) y la seguridad de los reactores nucleares (como los buques de contención para las fugas radiactivas). Su experiencia tanto en las brillantes oportunidades como en los complejos dilemas de la tecnología nuclear les llevó a este resumen sobre sus efectos para la humanidad: reconocieron que el avance del conocimiento es inevitable, pero su objetivo debía ser el bien público.

Los tecnólogos de mi generación entendíamos que teníamos la oportunidad, y la obligación, de poner nuestro conocimiento al servicio de la vida cívica y el propósito público. Es obvio que los tecnólogos actuales tienen la misma obligación, y también que la sociedad necesita soluciones prácticas y analíticamente impulsadas para los problemas que surgen en relación con el acelerado cambio tecnológico. Tales soluciones solo surgirán si la nueva generación de jóvenes innovadores tecnológicos recibe el aliento y la inspiración necesarios para asumir las responsabilidades cívicas que conlleva la creación de cambios que acarrearán grandes consecuencias.

No ha habido muchos tecnólogos que hayan llegado a secretarios de Defensa. Pero para mí, había una relación directa de causa y efecto entre mi formación en física y las responsabilidades asociadas. Al principio de mi carrera, trabajé en cuestiones de defensa muy importantes en aquel momento, que tenían un fuerte componente técnico. Uno fue evaluar la idea del presidente Reagan de defensa espacial contra misiles, también conocida como La guerra de las galaxias, para el Pentágono (concluí que no funcionaría). Otra tarea que asumí, primero desde la academia y después en un segundo trabajo para el Pentágono durante la administración Clinton, consistió en controlar las armas nucleares de la Unión Soviética cuando se desintegró al final de la Guerra Fría (algo que afortunadamente sí funcionó).

Tuve la satisfacción de saber que se siguieron mejores caminos porque mis conocimientos técnicos contribuyeron a las decisiones. Los grandes problemas y la posibilidad de ver cómo la formación de uno marca la diferencia son una poderosa combinación para un joven científico. Sentí esa fuerte atracción desde el principio, y durante los siguientes años volví una y otra vez al servicio del Pentágono.

Años más tarde, cuando me convertí en secretario de Defensa de EE. UU. bajo el presidente Obama, una de mis prioridades consistía en asegurarme de que los puentes entre el Pentágono y la comunidad tecnológica fueran fuertes. Creía que mi papel no se limitaba a ser secretario de Defensa en ese momento para luchar contra el Dáesh e impedir la guerra con Rusia, China, Corea del Norte e Irán, también debía ser el secretario de Defensa para el mañana, asegurarme de que dispongamos de nuevas tecnologías para lidiar con cualquier peligro imprevisto que pueda surgir.

Con ese objetivo en mente, ayudé a crear una red en expansión de puestos avanzados del Pentágono llamada Unidades de Innovación de Defensa Experimental (DIUx, por sus siglas en inglés) en centros tecnológicos estadounidenses como Silicon Valley, Boston y Austin, donde los tecnólogos y las nuevas empresas pueden aprender cuestiones de defensa. También son lugares para aprender sobre financiación: el Pentágono gasta unos 60.500 millones de euros al año en investigación y desarrollo, más del doble de la suma de las inversiones de Google, Apple y Microsoft. Y los beneficios son mutuos: en las DIUx, la lenta burocracia del Pentágono puede aprender de la cultura de las start-ups.

Mientras estuve en Washington DC (EEUU), también creé el Servicio Digital de Defensa para incorporar tecnólogos al Pentágono y darles la oportunidad de realizar un "período de servicio" durante algunos meses o un año. El objetivo era resolver problemas críticos como planificar ataques aéreos muy precisos para evitar dañar a los civiles o proteger las redes de defensa del hackeo. Las personas que se unieron a este servicio a menudo me han dicho que sus trabajos allí fueron los más importantes al principio de sus carreras y que les ayudaron a cambiar su mentalidad antes de regresar al sector privado.

Quería aún más ideas para vincular a la comunidad tecnológica con la defensa. Así que establecí una Junta de Innovación en Defensa que fue presidida por el presidente ejecutivo de Alphabet, Eric Schmidt, e incluía a destacados pensadores tecnológicos como Jeff Bezos de Amazon y Reid Hoffman de LinkedIn. Quería asegurarme de que el mejor pensamiento innovador estuviera disponible para la defensa.

La defensa está lejos de ser la única área donde el interés público necesita urgentemente el aporte de personas técnicas. Internet y las redes sociales han transformado radicalmente el comercio y la comunidad, pero también han creado nuevas oportunidades para la hostilidad, las mentiras y el aislamiento. Las empresas digitales, como Facebook, están siendo instadas por una variedad de fuentes, incluido el Gobierno estadounidense, a abordar esos desafíos. A ellas mismas les conviene hacerlo, porque si no lo hacen los propios tecnólogos, los problemas serán "resueltos" por abogados, legisladores y reguladores.

Tampoco hay que olvidarse del efecto de la tecnología sobre el empleo. Los vehículos autónomos harán que las carreteras sean más seguras y devolverán horas de tiempo a los pasajeros. Pero también eliminarán los empleos de millones de personas que se ganan la vida conduciendo camiones, taxis y vehículos de reparto. Quizás la tecnología pueda ayudar al crear nuevos tipos de trabajos para que las personas tengan la oportunidad de mejorar sus vidas, algo esencial para una sociedad cohesionada, tal y como demuestran a veces las políticas de hoy en día.

Mientras tanto, aunque algunos viejos trabajos desaparezcan, muchas compañías informan de estar desesperadas por encontrar trabajadores cualificados para desempeñar trabajos nuevos. Otra vez, la tecnología puede ayudar a esto generalizando la capacitación técnica, haciéndola accesible a varios niveles y convirtiéndola en una actividad para toda la vida gracias a la formación online.

Recordar las lecciones que me enseñó la generación de la física atómica cuando comenzaba me da esperanzas sobre el papel que los tecnólogos pueden desempeñar en el manejo de oportunidades brillantes y los dilemas cívicos que aporta la innovación. Lo mismo ocurre con mi experiencia como secretario de Defensa de EE. UU..

Los jóvenes tecnólogos a los que he conocido quieren marcar la diferencia. Saben que el progreso de la ciencia no se puede detener, pero que también puede ser moldeada para bien. Saben que si no se unen al esfuerzo, los políticos o jueces tomarán decisiones que tal vez no se basen en una formación ni conocimientos técnicos. Peor aún, los efectos del cambio podrían ser víctimas de fuerzas de atraso y oscurantismo. Muchas de estas personas no necesariamente quieren trabajos gubernamentales o filantrópicos, al menos no para toda una carrera. Quieren unirse al motor más potente para marcar la diferencia: empresas privadas impulsadas por la tecnología. Pero también quieren asegurarse de que inventan soluciones a los problemas creados por la propia tecnología, al igual que los científicos de la bomba atómica que inventaron el control de armas durante una era lejana.

Ash Carter fue secretario de defensa desde 2015 hasta 2017. Es investigador de innovación del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, EEUU) y director del Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard (EEUU).

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