Apuesto a que todo el mundo tiene una respuesta ensayada para la que es, sin duda, una de las peores preguntas de entrevista de trabajo del mundo: «¿Cuál es tu mayor debilidad?». Siempre que me la han hecho, respiro despacio —e incluso pensativo— y suelto mi frase: «Me digo que no a mí mismo con demasiada frecuencia».
No voy a mentir. Es un poco descarado: un caso indiscutible de falsa modestia. Tengo una mentalidad sistémica: en cuanto surge una idea, pongo en marcha de inmediato un análisis de viabilidad en mi cabeza. Hago listas, trazo cronogramas y calculo partidas presupuestarias. A veces incluso empieza a tomar forma un tosco diagrama de Gantt. (Soy el alma de la fiesta, como seguro que ya te imaginas).
A lo largo de mis más de 20 años de carrera como periodista de ciencia y tecnología, mi cerebro ha sido el escenario de un tira y afloja casi constante entre la ambición y la realidad. Aprender a encontrar ese equilibrio es, en gran medida, lo que me ha ayudado a sobrevivir en este sector y, en última instancia, lo que me ha traído hasta aquí. La pasada primavera tuve el gran privilegio de unirme al increíble equipo de periodistas que hay detrás de MIT Technology Review para tomar las riendas de la revista impresa.
Si nos has estado leyendo en los últimos números, quizá hayas notado que empiezan a materializarse algunos cambios. Hemos recuperado una selección habitual de listas e infografías (dos cosas que a las revistas se les dan especialmente bien). Pero el mayor cambio apenas está empezando a tomar forma, motivo por el cual Mat Honan, nuestro director editorial, me pidió que interviniera para presentarme —y presentar el número que tienes ahora mismo entre las manos.
Nos estamos dando permiso para jugar y experimentar. Para ser un poco… audaces.
Porque, por muy práctico que sea, sigo teniendo muchas ideas. Es solo que a veces necesito un recordatorio para dejar de bloquearme y pasar a la acción. Ese es el espíritu que impulsa este número en particular.
Queríamos cerrar 2026 con una serie de reportajes que repasasen ideas imposibles. ¿Por qué? Porque, francamente, es muy divertido soñar con vivir en la Luna o subir nuestro cerebro a la nube. Porque es demasiado fácil perder de vista la ambición cuando da la sensación de que solo estamos jugando al juego de los topos con los problemas del mundo. Pero también porque los científicos e ingenieros que se niegan en rotundo a rendirse ante las iniciativas más audaces —como fabricar sangre sintética o descifrar el lenguaje de los animales— nos recuerdan para qué se supone que sirve todo esto de la tecnología en primer lugar.
Se supone que debe aprovechar la investigación y el desarrollo de vanguardia y aplicarlos para hacer la vida mejor, más segura, más saludable e incluso más alegre. Y cuando metemos la pata y empeoramos las cosas (véanse los contaminantes eternos, las muertes por accidentes de tráfico y la IA que fomenta comportamientos potencialmente peligrosos entre los usuarios), se supone que debemos volver a la carga, evaluar los daños y encontrar formas de arreglar lo que hemos roto. Incluso cuando desenredar el embrollo parezca, en sí mismo, imposible.
Justo antes de llegar a MIT Technology Review, editaba una newsletter sobre acciones individuales que pueden ayudar a abordar la crisis climática, algo que algunos calificarían —y han calificado— de esfuerzo inútil, dada la descomunal magnitud del problema. Podrían decir que es tan inverosímil como un botón de apagado de emergencia para la IA, la fusión nuclear viable o un superconductor que funcione a temperatura ambiente. Pero si algo aprendí de los tres años que pasé buscando formas de que un simple mortal como yo (¡o como tú!) pudiera hacer mella en una de las mayores amenazas existenciales de la humanidad, es que centrarse en lo que no podemos hacer solo hace que la oscuridad sea aún más profunda.
Así que sí, esto va por quienes tienen la audacia de intentarlo y se niegan a que nadie —ellos mismos incluidos— les diga que no.
Espero que disfrutes del viaje.

