El fármaco normalmente se proporciona como parte de un cóctel con medicamentos de quimioterapia, durante un proceso que incluye las mismas partes de ciencia, experiencia y experimentación. “Intentamos retirar los fármacos que no funcionan lo más rápidamente posible,” afirma Agus, “pero normalmente acaba siendo una cuestión de prueba y error.”
Las variaciones genéticas son las que, obviamente, provocan las diferencias en los resultados, afirma Winer, aunque los científicos no han sido capaces de localizar al ADN culpable, o incluso identificar si sus variaciones se dan en los tumores o en el paciente.
No es que haya un deseo de experimentar. Genentech afirma que sus investigadores han comprobado apenas 150 marcadores genéticos en un búsqueda, hasta ahora inútil, por encontrar biomarcadores genéticos que ofrezcan pistas acerca de las diferencias en los resultados, y que se puedan utilizar como test de diagnóstico para seleccionar a aquellos pacientes que puedan disfrutar sus beneficios. El objetivo es crear un test de biomarcadores como que el está disponible en la actualidad para el Herceptin, otro tratamiento contra el cáncer de mama de Genentech diseñado sólo para mujeres que den positivo en las pruebas y tengan más copias del gen HER2 de lo normal.
En la actualidad, Genentech está llevando a cabo unas pruebas clínicas a gran escala con el BRCA1, un gen que en su estado mutante se asocia con el cáncer de mama, aunque los resultados no se sabrán hasta pasado un tiempo.
Por ahora, los oncólogos siguen suministrando Avastin a muchos de sus pacientes, y las aseguradoras son, en gran medida, las que cubren el alto coste del fármaco. Sin embargo Winer duda que esto siga ocurriendo en una época como esta, donde los costes relacionados con los cuidados sanitarios crecen cada día más. “Si no somos capaces de disce ir qué pacientes podrían beneficiarse del tratamiento, lo que tenemos es un fármaco que es carísimo y tiene cierta toxicidad que no obtiene respuesta; no podemos seguir utilizándolo indefinidamente si no somos capaces de utilizarlo con los pacientes a los que sabemos que va a resultar de ayuda,” señala. “Necesitamos, desesperadamente, saber a quién beneficia este medicamento.”
Winer cita una nueva iniciativa de Susan G. Koman de Cure, un grupo de apoyo a los pacientes de cáncer de mama, por la que se dedicarán 6 millones de dólares durante los próximos cinco años para investigar esta cuestión.
Probablemente, la cuestión más difícil para nuestra sociedad tenga que ver con la cantidad de dinero que estamos dispuestos a gastar en tratamientos que no funcionan en la mayoría de los pacientes.
“Nos gustaría pensar que el precio no es un inconveniente, pero la realidad no es así,” señaló recientemente Leonard Saltz, experto en cáncer de cólon en el Centro contra el Cáncer Memorial Sloan-Kettering, a Forbes.
Agus afirma que si logra encontrar un tratamiento contra el cáncer que beneficie de forma sustancial al 10 por ciento de sus pacientes, valdría la pena administrárselo a todos los pacientes. Sin embargo, ¿quién está dispuesto a correr con los gastos? ¿Y cuál es el número de beneficiarios que se consideraría aceptable? ¿Un diez por ciento? ¿Un treinta por ciento? ¿Un tres por ciento? Todas estas son preguntas que no teníamos por qué tener en cuenta dentro del sistema de salud americano—hasta ahora.
Por tanto, continúa la competición entre los costes cada día mayores y la investigación para comprender la complejidad de las reacciones ante un fármaco que fue concebido de forma racional, pero que por ahora ha sido tan difícil de aplicar con precisión como lo es contar las estrellas.
