Cuando la comunidad del MIT se reúne de nuevo para el inicio de un nuevo curso académico, ofrece un espectáculo fascinante. Furgonetas de mudanzas y todoterrenos cargados hasta los topes hacen cola frente a las residencias de estudiantes. Multitudes de alumnos de primer año se congregan para recorrer y descubrir el campus. Grupos de posgraduados y estudiantes veteranos intercambian anécdotas sobre sus prácticas de verano y sus proyectos de investigación. Los deportistas universitarios saltan al terreno de juego y a las instalaciones de entrenamiento con renovadas energías. Todo el campus del MIT cobra vida, rebosante de determinación y electricidad: hemos vuelto, estamos juntos y estamos deseando ponernos manos a la obra.
En enero, cuando el MIT encargó a un comité de profesores que analizara cómo puede adaptarse el Instituto a la IA, potenciar esta energía constituía el núcleo fundamental de la petición. El informe del Comité ad hoc sobre el uso de la IA en la docencia, el aprendizaje y la formación investigadora, publicado justo antes de que comenzaran las clases de otoño, ofrece una visión oportuna, inspirada y lúcida de la labor que tenemos por delante, reflejando el compromiso de sus autores con nuestra misión. Su fe —nuestra fe— en el MIT como una comunidad que se une para forjar conexiones, desarrollar habilidades para resolver problemas y potenciar la capacidad de descubrimiento resulta contagiosa.
La transición hacia la IA «no es un ejercicio opcional», escriben los autores del informe. Señalan cambios que ya se han producido en la cultura universitaria, como una menor asistencia a las tutorías, una reducción de la participación en los debates en línea y una caída en el uso de los espacios de estudio compartidos. «Lo que más debería preocuparnos», añaden, son los «usos de la IA que privan a los estudiantes de la oportunidad de aprender».
El informe nos insta a «situar en el centro a las personas, la comunidad y la experiencia residencial para fortalecer nuestro tejido social y sostener la profunda comunidad intelectual del MIT». También refuerza los esfuerzos del MIT por hacer honor a su lema: Mens et Manus. Esta combinación —mente y mano, comprender y crear, saber y hacer— es fundamental para el modo en que las personas del MIT se perciben a sí mismas y a sus experiencias en el campus. El informe nos pide que nos reorientemos y adaptemos nuestras prácticas docentes y de investigación para ofrecer a los estudiantes un mapa claro de lo que «necesitan saber y saber hacer». Presenta una visión de futuro que se nutre de nuestras tradiciones más arraigadas.
Tras haber contribuido a impulsar muchas de las innovaciones técnicas más importantes del mundo durante los últimos 165 años (incluida la propia IA), el MIT está configurado para fomentar el cambio en lugar de resistirse a él. Este momento no es una excepción. «Las circunstancias exigen una remodelación sustancial de la experiencia estudiantil», señala el informe, pero «preservar lo más importante requerirá un cambio deliberado». A medida que implementamos estos cambios, nuestra responsabilidad sigue siendo, como siempre, «definir y fomentar una educación residencial de la máxima calidad: de humanos, por humanos, en apoyo del florecimiento humano y para la mejora de la humanidad».

