En el mundo empresarial estadounidense, afirma Stanley Anderson (’79), los directivos suelen dar por sentado que sus colegas crecieron en circunstancias privilegiadas.
No fue su caso.
«Pasé mis primeros años intentando que no me reclutaran en bandas, esquivando disparos, viendo cómo asesinaban a mis amigos y pensando que, si no me iba de allí, moriría», afirma Anderson, que creció en Chicago. «Tuve la suerte de sobrevivir».
Sin embargo, prosperó y forjó una carrera impresionante en compañías de la talla de HP, Intel y el Palo Alto Research Center. Ahora aplica su experiencia en gestión como director ejecutivo de Costa Pickleball, una startup con sede en Las Vegas que vende palas de alto rendimiento con diseños decorativos. Más allá de ofrecer a los clientes una forma de, como él dice, «llevar su identidad a la pista», también apuesta por la tecnología: está desarrollando un tipo de pala más silenciosa que confía en que le proporcionará una ventaja competitiva.
Tener éxito en el mercado actual del pickleball será difícil, pero Anderson cree que tiene lo necesario, en parte gracias a una importante lección que aprendió en el MIT: «No hay nada que no puedas lograr si estás dispuesto a esforzarte».
Lee más en www.technologyreview.com/alumni-profiles.

