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La importancia de definir la línea que separa la Tierra del espacio

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Al igual que la frontera entre la superficie y el mar es indefinible y variable, lo mismo sucede con los confines de nuestro planeta. Y, del mismo modo, definir dónde empieza una cosa y acaba la otra tendrá grandes consecuencias políticas y económicas a nivel internacional

  • por Konstantin Kakaes | traducido por Ana Milutinovic
  • 19 Julio, 2019

Como todos los límites geográficos, la línea que separa la Tierra de los cielos no se puede determinar. Al igual que la frontera entre el mar y la tierra cambia con las mareas y las olas, el espesor de la atmósfera varía de un día para otro.

Pero existen límites físicos y tecnológicos. Si se viaja hacia arriba, el aire se hace más fino y la presión disminuye. Si alguien se acercara a una altitud de 20 kilómetros sin presurización, la sangre en los pulmones herviría. Esa altura es aproximadamente el doble de a la que vuelan los aviones comerciales, aunque los aviones más capaces han volado a casi el doble de dicha cota y algunos globos han superado los 50 kilómetros de altitud.

Al final, al igual que las fronteras terrestres, las características naturales de la atmósfera permiten marcar los límites, pero son las decisiones políticas las que los definen. Los países reclaman la soberanía sobre su espacio aéreo: los vuelos no autorizados sobre el territorio de otro país violan el derecho internacional. Pero desde que el Sputnik sobrevoló por primera vez Estados Unidos sin ser derribado, se ha aceptado ampliamente que la soberanía nacional no se extiende al espacio.

Regresando a los tiempos soviéticos, Rusia y otros países han pedido en la ONU un límite concreto: 100 kilómetros sobre el nivel medio del mar, siempre que se alcance un consenso unívoco. Estados Unidos lleva mucho tiempo bloqueando estos esfuerzos, ya que su Gobierno considera que es la ambigüedad estratégica resulta beneficiosa para vuelos de vigilancia a gran altitud o misiles hipersónicos.

Desde la década de 1960, la Fuerza Aérea de EE. UU. ha dado alas de astronauta a cualquiera que vuele por encima de las 50 millas de altura (un raro número de 80,4672 kilómetros). La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos otorga el galardón de Alas de Astronauta Comercial a pilotos privados que superan esa altitud, algo que la NASA también ha empezado a reconocer. Sin embargo, la Federación Mundial de Deportes Aéreos, que certifica los récords mundiales para vuelos de gran altitud, establece el límite en 100 kilómetros. Para las compañías como Virgin Galactic y Blue Origin que planean llevar a los turistas a la zona liminal durante cortos períodos de tiempo, la altura a la que se trace esta línea será, sin duda, una de sus grandes variables económicas: ¿quién pagaría cientos de miles de euros para casi llegar al espacio?

 

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