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Tecnología y Sociedad

Cómo implementar la vigilancia masiva sin invocar al Gran Hermano

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La lucha por controlar la pandemia de coronavirus nos obliga a monitorizar nuestros contactos sociales, algo que no puede hacerse de cualquier manera y cuya estrategia deberá tener fecha de caducidad. Es una gran oportunidad para reinventar nuestra forma de recopilar datos sin sacrificar la privacidad

  • por Genevieve Bell | traducido por Ana Milutinovic
  • 20 Abril, 2020

Cuando le vi caminando lentamente por el vacío sendero que hay fuera de nuestro edificio ahora cerrado, paré el coche; sabía que vivía en el campus y estaba lejos de su casa. La semana anterior les había dicho a mis alumnos que se fueran lejos. Ahora los considero como una diáspora, y aunque no es necesariamente remota, sí me sorprendió verle. Hablamos de sus estudios y de su prometida en San Francisco (EE. UU.), y de lo extraño que era este momento en el que nos encontrábamos: casi imposible describirlo. Después de un último repaso y la promesa de llamarme en el caso de que pensara que pudría ayudarle, me dijo con una voz rara: "Sabe que tendré que informar sobre esto".

La Universidad Nacional de Australia (ANU), donde trabajo, está actuando rápidamente para dar una respuesta al coronavirus (COVID-19). Las clases ya se imparten online y hemos enviado al personal a casa. Todos navegamos en un nuevo mundo de intermediación digital y a distancia. Para los estudiantes que permanecen en las residencias, encerrados en un país que ha cerrado sus fronteras y al que las aerolíneas ya no vuelan, se trata de una situación de cambio constante. La gran prioridad es mantenerlos a salvo.

Se practica el alejamiento social y las labores de limpieza se han vuelto más intentas. El acceso a los servicios se espacia en franjas de tiempo. Hay normas y recomendaciones médicas, y la inminente realidad de controles de temperatura diarios. Y, al parecer,  también existe en un registro de contactos en el que ahora debo figurar, y que más adelante se podría entregar a los servicios sanitarios locales.

El riguroso uso del rastreo de contactos, tanto en el ámbito físico como en el digital, se considera una herramienta para limitar la propagación del COVID-19 en varios lugares, especialmente en Singapur, Taiwán y Corea del Sur, así como en Kerala (India). La estrategia ya goza de un largo historial de uso contra epidemias previas, como el SARS y el SIDA, hasta la fiebre tifoidea y la pandemia de gripe de 1918-19. En las circunstancias actuales, como la aplicación móvil que los surcoreanos expuestos al virus deben descargar para poder ser monitorizados durante la cuarentena, ha generado nuevas preocupaciones sobre la vigilancia y la privacidad, y sobre la relación entre la salud, el bienestar comunitario y los derechos individuales. Incluso aquí en la ANU estamos intentando encontrar una manera de equilibrarlo todo.

Estamos negociando un nuevo contrato social, un contrato está empezando a extenderse al papel que desempeña la tecnología para responder a una crisis sanitaria. Y mientras negociamos este nuevo contrato, es inevitable que surjan preguntas sobre nuestra relación con los datos que existen sobre nosotros, la gran cantidad de información que generamos y cómo se podría utilizar en nuestro beneficio y en nuestro perjuicio. 

Imagínese haciendo su propio registro de contactos. ¿Sabe dónde estuvo ayer, con quién y qué hizo?

En esta negociación, hay muchos factores a tener en cuenta. Imagínese haciendo su propio registro de contactos. ¿Sabe dónde estuvo ayer, con quién y qué hizo? ¿Y hace una semana? ¿Hace dos semanas? ¿Cómo nos rastrearíamos? ¿Por el calendario? ¿Por la bandeja de entrada? ¿Por los recibos de la tarjeta de crédito? ¿Facebook? ¿Mapas de Google? ¿La tarjeta de transporte público? ¿Los perfiles de servicios compartidos? ¿La aplicación de citas? ¿Las aplicaciones de chat? ¿El reloj inteligente? ¿La cámara? ¿El teléfono? ¿Se fiaría de su propia memoria o de la de otra persona? ¿Nuestros dispositivos digitales; nuestra información; sus datos? ¿Podríamos reconstruirlo todo?

Y, si pudiéramos hacerlo, ¿qué significaría y cómo podría usarse, y por quién, para qué y por cuánto tiempo? ¿Cómo se sentiría al saber que forma parte de la reconstrucción de otra persona? ¿Y al saber que un momento pasajero fue capturado, registrado, despojado de su contexto y utilizado para contar de forma diferente cada historia, no sobre dos personas, sino sobre dos posibles nodos en una epidemia?

Y cuando reconstruya el arco de sus últimas dos semanas, con todos sus puntos de intersección y encuentro, ¿se sentiría cómodo enseñándoselo a alguien? ¿A sus hijos? ¿A su pareja? ¿A sus padres? ¿A su mejor amigo? ¿A su amante? ¿A su proveedor de servicios? ¿A su jefe? ¿A su profesor? ¿A su médico? ¿A sus vecinos? ¿A su comunidad? ¿A su gobierno? ¿Cómo se sentiría si no tuviera elección sobre esta divulgación? ¿Qué pasaría si usted ni siquiera supiera que eso había ocurrido?

Cuando era niña visité Port Arthur (Australia) con mi madre. Era un campo de prisioneros, construido en la isla de Tasmania para albergar a los enviados a Australia más reacios durante el principio del período colonial. En 1853 se construyó una nueva prisión, inspirada en la Eastern State Penitentiary en Filadelfia (EE. UU.) y fuertemente influenciada por las ideas de Jeremy Bentham sobre el panóptico, una prisión donde todos los internos pueden ser observados en todo momento, pero nunca ver al observador, una versión de vigilancia masiva, o del Gran Hermano.

En Port Arthur, los guardias podían verse entre ellos y observar a los prisioneros a través de una pequeña mirilla, conocida coloquialmente como el agujero de Judas, ubicada en la puerta de cada celda y colocada estratégicamente para evitar cualquier punto ciego. Durante una hora al día los reclusos salían de sus celdas, con máscaras, y caminaban en silencio por los patios amurallados al aire libre. Sus vidas estaban reglamentadas, registradas y limitadas. Por supuesto, encontraron formas de resistir y subvertir ese proceso, pero fue una experiencia muy dura. Las relaciones entre el poder, la vigilancia y la disciplina me quedaron totalmente claras, a pesar de que solo era una niña.

El rastreo de contactos también se define por este tipo de experiencias pasadas. Se empleó para identificar a la cocinera inmigrante irlandesa Mary Mallon como portadora asintomática de la fiebre tifoidea en la ciudad de Nueva York (EE. UU.), alrededor de 1900. La pusieron en cuarentena y la satanizaron en repetidas ocasiones. A día de hoy, aún hay quien se refiere a ella como "María Tifoidea".

El rastreo de contactos fue utilizado a gran escala durante la Segunda Guerra Mundial para controlar la propagación de enfermedades venéreas por los soldados estadounidenses en Reino Unido: las superposiciones del nacionalismo, el interés lascivo en el sexo y la dinámica de poder en las relaciones de género son muy visibles. En la década de 1980 en Australia también se usó para identificar las comunidades de riesgo al inicio de la epidemia del SIDA, y los homosexuales tuvieron que soportar el peso de la política conservadora, la reacción religiosa y el estigma.

La pregunta es: ¿podríamos redefinir el rastreo de contactos y otras formas de revelación de datos para que no se parezcan a un agujero de Judas?

En este contexto, deberíamos redefinir el concepto de "contacto" (que en los últimos dos ejemplos equivalía a un contacto sexual que la sociedad desaprobaba) y el de "rastreo" (asociado con investigaciones criminales y castigos) y preguntarnos: ¿podríamos despojarlos de sus capas morales y punitivas? Si queremos usar estas tácticas de manera más efectiva en el futuro, antes debemos deshacernos de algunas de las connotaciones sociales y culturales del pasado.

Entonces, supongo que la pregunta es: ¿podríamos redefinir el rastreo de contactos y otras formas de revelación de datos para que no se parezcan a un agujero de Judas?

Parte de la respuesta radica en nuestra postura sobre la base del seguimiento de contactos: los datos y su recopilación. Por supuesto, las preocupaciones sobre las formas en las que las grandes corporaciones y los gobiernos usan y controlan los datos existen desde hace mucho tiempo. Seguramente surgirán preguntas como ¿quién puede usar los datos o poseerlos?, ¿se pueden combinar los datos de fuentes que en un principio se suponía que permanecerían separadas, como los servicios sanitarios y la policía?, ¿se automatizarán las decisiones sobre quién tiene acceso a ellos?, ¿nuestros diagnósticos y estados de anticuerpos se compartirán con otros países cuando viajemos, o se nos realizará una prueba en la frontera?, ¿las personas de riesgo serán expuestas bajo un poco?, y si es así, ¿quién lo hará? Y no olvidemos que todo esto está pasando dentro de otros sistemas y contextos más grandes.

Varios países ya están trabajando para mejorar la regulación, la recopilación de datos, prevenir el sesgo algorítmico y limitar el uso de la vigilancia masiva (incluida la tecnología de reconocimiento facial). Eso será claramente relevante para responder a estas preguntas, así como las normas y estándares que están surgiendo en la actualidad, principalmente en Europa, sobre la privacidad, el uso de datos personales y la toma de decisiones condicionada por algoritmos. Y todo eso se tiene que hacer, como me ha recordado un amigo mío, a la velocidad del virus, es decir, muy rápido.

Pero hay otros aspectos a tener en cuenta para no llegar al potencial del panóptico, como, simplemente implementar las restricciones técnicas y legales sobre quién controla los datos. Y a lo mejor, también habría que redefinir nuestra forma de pensar en qué se recopilan los datos y con qué fin.

Quizás podamos comenzar diferenciando entre tres distintos propósitos para el rastreo de contactos: uno centrado en la salud pública, otro en los pacientes y el último en los ciudadanos. Todos son necesarios, pero también son diferentes.

La salud pública es el enfoque más obvio. Este es el objetivo con el que países como Corea del Sur y Singapur han estado monitorizando los contactos por el coronavirus, así como las intervenciones médicas correspondientes: notificación, divulgación, registro, aislamiento y tratamiento. Se trata de aprovechar al máximo los recursos limitados en nombre de una salud pública más amplia. En este caso, el seguimiento de contactos se refiere a contener un brote antes de que sea demasiado grande.

El propósito centrado en el paciente requiere que modifiquemos nuestra noción de rastreo de contactos a algo que se asemeje a un viaje del paciente. Aquí el enfoque podría consistir en ayudar a alguien a decidir si debería buscar atención y cómo, y guiar a los proveedores de atención médica al tratamiento adecuado. Como me dijo recientemente un médico, se trata de ayudar a los pacientes a "evaluar su preocupación", determinar cuándo deberían preocuparse e, igualmente importante, cuándo no deberían.

Sin embargo, el tercer propósito, el de centrarse en los ciudadanos, es muy diferente. ¿Podríamos imaginar el rastreo de contactos comunitarios? Sería una forma de averiguar los puntos calientes sin tener identificar a las personas: un depósito de rastros y patrones anónimos, o un rastreo de proximidad descentralizado que preserva la privacidad. Estos datos podrían ayudar a los investigadores o agencias gubernamentales a crear estrategias a nivel comunitario, tal vez cambiando el diseño de un parque para reducir las aglomeraciones, por ejemplo. Podría ayudarnos a ver nuestro mundo de una manera un poco diferente y a tomar otras decisiones: un aplanamiento colectivo de la curva. Podríamos crear soluciones de código abierto o herramientas locales.

La velocidad del virus y la respuesta que exige no deberían engañarnos a pensar que debemos crear las soluciones que permanezcan para siempre.

En los tres contextos, necesitamos ampliar bastante nuestra comprensión de los datos, de las plataformas y de los dispositivos resulten más útiles. ¿Podrían los datos del teléfono móvil identificar lugares que más ayuda necesitan para lograr un mejor alejamiento social? ¿Podrían los termómetros inteligentes ayudar a identificar posibles puntos calientes? ¿Los datos a nivel comunitario resultan tan útiles como los datos personales para mapear una epidemia y las respuestas a ella? También tendríamos que cambiar nuestro razonamiento en torno a los datos. El problema con el que debemos lidiar ya no son solo los datos personales, o las ideas de privacidad que hemos estado disputando durante años. También son los datos íntimos y compartidos, y los datos que implican a otros. Se puede tratar de los patrones y no de los individuos. La forma en la que se almacenan y se accede a ellos, y por quién, también variará según las herramientas disponibles para acceder a ellos. Habrá muchas decisiones y, espero, mucho debate.

La velocidad del virus y la respuesta que exige no deberían hacernos creer que necesitamos crear soluciones que duren para siempre. Existe un fuerte argumento de que gran parte de lo que construyamos para esta pandemia debería tener una cláusula de extinción, sobre todo cuando se trate de datos privados, íntimos y comunitarios. Las decisiones que tomamos ahora para optar por la recopilación y el análisis de datos pueden no parecerse a las decisiones que tomaríamos en otros momentos. También es importante crear marcos que permitan un cambio en los valores y cálculos de compensación.

Habrá muchas respuestas y muchas soluciones, y ninguna será fácil. Aquí en la ANU probaremos distintas opciones, y sé que otros harán lo mismo. Tendremos que elaborar acuerdos técnicos, actualizar las regulaciones e incluso modificar algunas de nuestras instituciones y hábitos. Y tal vez algún día, no dentro de mucho, podamos reunirnos en público y compartir lo que hemos aprendido y lo que aún tenemos por delante, para tratar esta pandemia, pero también para construir sociedades justas, equitativas e imparciales, sin agujeros de Judas ni el Gran Hermano.

*Genevieve Bell es directora del Instituto de Autonomía, Agencia y Garantía de la Universidad Nacional de Australia y miembro sénior de Intel.

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