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Biomedicina

Nuestro Pasado Está Dentro de Nosotros

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Un nuevo campo conocido como arqueogenética está iluminando la prehistoria.

  • por Mark Williams | traducido por
  • 05 Enero, 2009

¿Cómo nos transformamos en los seres pensantes que somos? Esa es la pregunta que está en el núcleo del estudio de la prehistoria humana, y la que se ha estado preguntando Colin Renfrew desde el verano de 1962 en que viajó a Milos, una de las Islas Cyclades, en el Mar Egeo, una fuente de obsidiana negra que fue una de las primeras mercancías que negociaron los seres humanos.

Renfrew, Lord Renfrew of Kaimsthorn desde que fue nombrado con un título vitalicio Británico en 1991 cuando era estudiante graduado en Cambridge para honrar su gran contribución a la arqueología . Antes de graduarse, primero había estudiado ciencias naturales, luego pasó a la arqueología; buscando así, un medio para determinar la procedencia de la obsidiana que era la favorita de los pueblos prehistóricos para confeccionar herramientas, él intentó una táctica original al utilizar la espectroscopía de emisión óptica para analizar sus oligoelementos.

“Realmente tuvimos suerte”, me dijo Renfrew recientemente. “Con la obsidiana se pueden hacer utensilios mucho más delgados y afilados que con sílex, así que fue el material preferido hallado en casi todos los sitios arqueológicos neolíticos en Grecia. De hecho, supimos que ya se comercializaba durante el Paleolítico Superior”. Sin embargo, las canteras principales del Egeo estaban en Milos. “Por lo tanto, el material documenta la navegación por mar más antigua que conocemos”, dice Renfrew. “Sin embargo, necesitábamos estar seguros de dónde venía. El análisis de los oligoelementos nos permite diferenciar cada fuente de obsidiana, ya que fueron creadas por volcanes relativamente recientes y tienden a ser sistemáticamente posibles de diferenciar”. Renfrew encontró que podía calcular claramente cuánta distancia había recorrido el material: por ejemplo, la obsidiana de un sitio en Anatolia (actualmente Turquía), había sido transportada aproximadamente 500 millas hasta Palestina. En su totalidad, la imagen que emergió muestra un mundo en el cual la mayoría de las personas nunca se alejaban demasiadas millas de su lugar de nacimiento, pero unas pocas iban a todos lados. “Es un cuadro interesante. Fueron quienes navegaron por mar, los que viajaron grandes distancias, pasearon alrededor de las islas del Egeo y eso lo hicieron claramente antes de que se originara la agricultura”, comenta Renfrew.

Luego Renfrew pasó su atención a lo que había sido una suposición preciada en la arqueología: que la innovación cultural de la prehistoria se originó en el Cercano Oriente y que se dispersó hacia Europa. “Solo en términos arqueológicos, yo creo que el planteamiento es bueno”, dice Renfrew. “En Bulgaria y Rumania me maravilló la metalurgia temprana en algunos de los sitios. Así que, cuando llegó la posibilidad de datar mediante el radiocarbono, y particularmente, cuando llegó la calibración de los anillos de los árboles a fines de los años 60, entendí todo”. Los métodos tecnológicos nuevos probaron que, de hecho, ciertos artefactos de Europa Central y Occidental eran más antiguos que los de Cercano Oriente que supuestamente, habían aparecido antes. Renfrew escribió un libro, Antes de la Civilización: La Revolución del Radiocarbono y Europa Prehistórica (1973), destacando que “la cronología de difusión anterior colapsó en varios puntos”.

A través de las décadas, Renfrew siempre estuvo a la vanguardia de su área; estuvo entre los primeros defensores de tecnologías como los modelos por ordenador y la tomografía por emisión de positrones, la última para examinar las actividades cerebrales del sujeto en la medida que replicaban la creación de herramientas en los homínidos del Paleolítico Inferior. En su último libro: Prehistoria: La Creación de la Mente Humana, Renfrew no sólo produce un resumen de lo que es la mayor parte de la historia humana sino que también prové una compilación de los avances de la arqueología desde que hace unos 150 años, los estudiosos europeos se dieron cuenta de que el pasado de los seres humanos se extendía más allá del 4004 antes de nuestra era (el cálculo del Obispo teólogo Ussher del siglo XVII respecto a cuándo Dios había creado al mundo). Dada la vastedad del tema y las críticas sobre el tamaño, probablemente la única crítica real que se le puede hacer es que en el índice, bajo la letra R, falta el nombre del autor. Es una omisión importante: Renfrew es quien le ha informado al mundo de hoy lo que fue la prehistoria, del mismo modo que él dice que fue Gordon Childe (el responsable de los conceptos de la revolución del Neolítico y de la revolución urbana) quien moldeó el pensamiento durante la primera mitad del siglo XX. Al igual que Childe, fue uno de los grandes sintetizadores arqueológicos que trabajaron para construir una teoría del desarrollo humano global. Para Renfrew, a la larga, toda la arqueología conduce a una arqueología cognitiva, la rama que investiga el desarrollo de la cognición humana.

En particular, a Renfrew siempre le preocupó lo que llegó a llamar “la paradoja sapiente”: la inmensa brecha temporal entre la aparición de los seres humanos anatómicamente modernos y el advenimiento de comportamientos culturales que usamos para definir la humanidad.

La prehistoria se define como ese período de la historia humana durante el cual las personas o no habían alcanzado la alfabetización (nuestra tecnología básica de almacenamiento de información) o no habían dejado registros escritos. Por lo tanto, en Egipto, la prehistoria terminó alrededor del 3000 antes de nuestra era durante el Período Dinástico temprano, cuando aparecieron los monumentos inscritos con jeroglíficos, las tablas de arcilla y los papiros. A la inversa, en Papua Nueva Guinea, terminó tan recientemente como al final del último siglo. Los arqueólogos y los antropólogos aceptaron esta definición de región por región del fin de la prehistoria, pero están mucho menos de acuerdo con respecto al comienzo. Algunos consideran que la prehistoria comenzó tan recientemente como 40.000 años antes de nuestra era, con la aparición del Cro-Magnon; quien al igual que el Homo sapiens sapiens era casi indistinguible de nosotros (aunque en promedio, los Cro-Magnon tenían cerebros más grandes y contexturas más robustas). Sin embargo, la mayoría de los expertos probablemente dirían que la prehistoria comenzó en el Pleistoceno Medio, hace alrededor de unos 200.000 años, cuando emergieron el Homo neanderthalensis (a veces clasificado como Homo sapiens naenderthalensis) y el arcaico Homo sapiens. Sea como sea, se supone que la aparición del Homo sapiens sapiens disparó “un ritmo de cambio … que fijó un desarrollo cultural sobre … el paso acelerado del desarrollo”, como escribe Renfrew en Prehistoria. Pero él piensa que esta aceleración se debió a alguna otra cosa.

“Que la prueba de la llegada del Homo sapiens se equipare a habilidades lingüísticas completas, a la revolución en el comportamiento humano, y etc. etc. es muy limitada”, me dijo Renfrew, agregando que no ve nada que separe claramente a las herramientas de sílex de los Neanderthals de las que se asocian al Homo sapiens. En cuanto a las pinturas rupestres de Altamira, Lascaux y otros sitios arqueológicos al sur de Europa que tienen de 15.000 a 17.000 años: “Son asombrosas, pero singulares en su estilo y de distribución muy restringida. Tal vez ni siquiera sean características del Homo sapiens temprano”. Visto en su totalidad, Renfrew piensa que si los alienígenas hubieran comparado al Homo sapiens recolector-cazador con sus homólogos anteriores, probablemente no hubieran notado grandes diferencias.

Hace dos millones y medio de años, los primeros protohumanos, el Homo habilis, moldearon piedras para que hicieran el papel de las garras y los colmillos de los cuales carecían, y las usaron para matar animales pequeños y hurgar en los restos de animales más grandes. La recompensa fue inmensa: mientras que las necesidades metabólicas como procesar la comida termina restringiendo el tamaño del cerebro en la mayoría de los mamíferos, comer carne le permitió al habilis que desarrollara intestinos más cortos, y eso liberó energía metabólica que utilizó el cerebro. Después de unos cientos de miles de años, homínidos posteriores como el erectus y el ergaster habían desarrollado huesos de los dedos más rectos, pulgares más fuertes y piernas más largas. La expansión del cerebro de los homínidos, los cuales aumentaron al doble en un millón de años y al triple para el Paleolítico Medio, les permitió la comunicación simbólica y el pensamiento abstracto. Para el 50.000 antes de nuestra era, nuestros ancestros habían pasado de África a Asia, Europa y Australia.

 

Emerge la Arqueogenética

La paradoja, o el enigma, es el siguiente: si el Homo sapiens arcaico emergió hace tanto como 200.000 años, ¿por qué necesitó de tantos milenios nuestra especie antes de su transición, de 12.000 a 10.000 años atrás, de cazador-recolector nómada que caraterizó a todos los homínidos anteriores a asentarser permanentemente, que luego permitieron la elaboración de los elementos culturales de la humanidad? Para responder esta pregunta, Renfrew pide la síntesis de tres métodos: la arqueología científica que recolecta datos en bruto mediante estudios de radiocarbono y técnicas similares; el estudio lingüístico destinado a construir historias claras de los lenguajes del mundo, y el análisis genético molecular.

A Renfrew le parece que este último método, que él llama arqueogenética, está avanzando más rápidamente. Hasta ahora, los arqueólogos se basaban principalmente en el análisis del ADN mitocondrial humano (mtDNA) que no se halla en los pares de cromosomas dentro de los núcleos de las células sino en bucles pequeños, llamados plásmidos, dentro de la mitocondria que genera la mayoría de la energía de la célula. A diferencia del ADN de los cromosomas, el mtDNA deriva sólo del óvulo, por lo tanto sólo representa linaje materno, y no se recombina de generación en generación. Sin embargo, a través de miles de años, los polimorfismos de nucleótidos simples – mutaciones que alteran un único par de la base del ADN – ocurren en las mitocondrias con una proporción que se puede calcular mediante estadísticas. Dada esa proporción de mutación, los investigadores actuales pueden analizar y comparar muestras de mtDNA de individuos de todo el mundo, utilizando las semejanzas y diferencias para construir el gran árbol genealógico humano.

Además, Renfrew me dijo que, “los estudios de la proporción de la mutación del mtDNA nos lleva a una cronología aproximada que se asocia bastante bien con los datos de las fechas del radiocarbono de los restos fósiles”. Al igual que fijar fechas mediante el radiocarbono, el análisis del mtDNA ha refutado los mitos tan preciados sobre la raza que dicen que la humanidad probablemente tuvo un origen único en África, dispersandose luego desde el continente hace unos 60.000 años y que probablemente involucró a una cantidad relativamente pequeña de seres humanos. Durante la diáspora global de la humanidad, muchas poblaciones quedaron aisladas. Actualmente, los haplogrupos mitocondriales, grupos que comparten los mismos ancestros, se identifican con orígenes en África, Europa, Asia, las Américas y las Islas del Pacífico

El análisis del mtDNA no es la única herramienta existente en la expansión del arsenal genómico. El cuadro más amplio tal vez sea más espectacular de lo que propone Renfrew. Nos parecemos, cada vez más, a una variante taxonómica única dentro del continuo del clado homínido: por ejemplo, una variante de gen FOXP2 que está muy implicada en nuestras capacidades del idioma, es la que compartimos con los Neanderthales de hace 60.000 a 100.000 años atrás. Según John Hawks, un antropólogo y genetista de la población de la Universidad de Wisconsin-Madison, los Naenderthal y los Homo sapiens tal vez se hayan reproducido entre sí: “Ninguna especie de primates ha establecido límites reproductivos que los llevara a la esterilidad en menos de un par de millones de años. Tal vez los Neanderthals y nosotros nos parecemos a los chimpancés y a los chimpancés enanos que en la naturaleza están separados geográficamente pero que se cruzan libremente si se los coloca en un zoológico juntos”.

En resumen, aunque tendemos a ser especie-céntricos respecto al concepto de la humanidad, la realidad es que todos los organismos son receptáculos temporales del ADN que se vuelca en ellos, y los límites entre especies son más fluidos y tenues de lo que pensamos. En cierto sentido, la idea de Homo sapiens como especie distintiva es otro mito racial.

Otras suposiciones tampoco tienen mucha credibilidad. Por ejemplo, los Cro-magnon no sólo tenían cerebros más grandes que nosotros, sino que la diferencia era grande. “En los últimos 10.000 años nuestros cerebros se han reducido unos 200 centímetros cúbicos. Si los redujéramos 200 más seríamos iguales al Homo erectus. Una posibilidad es que esto represente mayor eficiencia, que nuestros cerebros usan menos energía, que necesitan menos tiempo de desarrollo, y que las señales se transmiten más rápidamente. Por supuesto, alternativamente,  podríamos estar volviéndonos más tontos”, explica Hawks.

Reflexionando sobre esta y otras cuestiones similares, Hawks y otros investigadores se preguntan si los datos del Internacional HapMap Project (un consorcio establecido para catalogar los patrones de las variaciones genéticas humanas entre distintas poblaciones del mundo entero) pueden ayudar a aclarar las cosas.

En la genética de la población, “desequilibrio de enlace” significa que ciertos alelos (las versiones alternativas de un gen dado que es responsable de variaciones tales como ojos celestes o marrones), ocurren juntos más veces de lo que puede explicarse como por casualidad. Es una señal de que la selección evolutiva ha estado trabajando: están apareciendo nuevas mutaciones ventajosas. Hawks y sus colegas aplicaron métodos originales para escanear al genoma con los datos del HapMap para rastrear desequilibrios de enlace, y en diciembre de 2007, publicaron un artículo controvertido “La Aceleración Reciente de la Evolución de la Adaptación Humana”, en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

“Cuando estudiaba para graduarme en los años 90, el dogma era que la cultura había interrumpido a la evolución”, me dijo Hawks. Pero sus colegas y él hallaron pruebas genéticas de que, al contrario, la cultura ha aumentado el paso de la evolución humana durante los últimos 40.000 años, y especialmente en los últimos 10.000. Lo que motivó esta aceleración, sostuvieron en PNAS, es la explosión demográfica global que comenzó hace 10.000 años, como consecuencia de la revolución agrícola. La humanidad inventó la agricultura, comenzó a comer cosas diferentes y comenzó a vivir en ciudades; se expandieron las poblaciones y eso permitió una gran cantidad de mutaciones. La selección natural promovió la expansión de variaciones beneficiosas.

Según Hawks, las pruebas indican una selección reciente en más de 1.800 genes humanos. Él agrega que, más allá de identificar un alelo selecto, a menudo los análisis pueden determinar algo de lo que el alelo hace. Hawks cree que algunos de los alelos nuevos confieren capacidades digestivas nuevas tales como la tolerancia a la lactosa y a la glucosa; resistencia a los patógenos tales como la malaria; mejor capacidad de recuperación del ADN que puede asociarse con mayor longevidad humana, y nuevas variaciones en los neurotransmisores como la variante de dopamina DRD4-7R, que fue muy elegida en ciertas poblaciones hace unos 40.000 años y está implicada en tendencias intensificadas hacia la impulsividad, trastornos por déficit de atención, y alcoholismo. Los genetistas de población más conservadores sostienen que si bien los seres humanos probablemente estén evolucionando todavía, no es claro que la evolución se esté desacelerando, y también es menos cierto cuáles alelos son de origen reciente.

Discutir las diferencias entre las poblaciones no es algo que disfrute nuestra sociedad igualitaria. Pero uno de los coautores de Hawks, Henry Harpending, un genetista de la población y antropólogo de la Universidad de Utah, piensa que debería disfrutarlo: “Los ciudadanos tendrían que apreciar que la evolución continúa, varias diferencias humanas verdaderas existen, y están haciéndole mucho daño a muchas personas al negarlas”. Harpending también hace notar que las industrias de las ciencias de la vida siguieron al artículo, buscando oportunidades de desarrollar medicamentos y medicina personalizada. “En vista del silencio embarazoso de los científicos del mundo, no se sienten cohibidos. Quieren hacer dinero y están como los cuervos a la espera de carroña”. Si Harpending está en lo cierto, aprenderemos nuevas verdades respecto al desarrollo humano nos guste o no.

 

Mark Williams es editor contribuyente en Technology Review

Copyright Technology Review 2008

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