A mediados de un mes de julio especialmente caluroso de 2021, se desató un incendio forestal en un denso bosque de píceas negras y abedules de papel en el campus norte de la Universidad de Alaska Fairbanks.
El fuego, posiblemente originado por un rayo, arrasó el manto seco de musgos plumosos y líquenes antes de trepar hasta las copas de los árboles. Para cuando intervinieron los servicios de extinción de incendios, las llamas habían alcanzado los 3,6 metros de longitud y levantado una columna de humo de unos 150 metros.
A escasos días de cumplirse el quinto aniversario del incendio de Yankovich Road, seguí a tres miembros del Alaska Fire Science Consortium hasta el interior del bosque boreal, caminando por pistas de esquí de fondo flanqueadas por plumosas colas de caballo.
En 2024, la organización, que imparte presentaciones para mantener al día a los responsables de la gestión de incendios forestales sobre los últimos avances en la ciencia del fuego, ayudó a transformar la zona en un sendero educativo, con paneles interpretativos a lo largo del recorrido. Tras recorrer unos ochocientos metros, el horizonte se abrió al llegar a un rodal disperso de troncos desnudos y ennegrecidos, despojados de acículas y de árboles vecinos.
Hilary Shook, coordinadora del consorcio, se apartó del sendero con su sonda de deshielo, una varilla metálica puntiaguda en forma de T que se utiliza para detectar el límite superior del permafrost, la milenaria capa de suelo congelado que subyace bajo el 15 % de la superficie terrestre del hemisferio norte y almacena aproximadamente el doble de carbono que la atmósfera.
Una prueba del terreno justo fuera de la cicatriz del incendio topó con una capa similar al hormigón a unos treinta centímetros bajo la superficie. Pero cuando Shook ejerció presión aquí, donde el fuego había consumido el musgo y la capa superficial rica en materia orgánica que aísla el permafrost, la sonda se hundió al menos tres veces más hondo en el suelo.
"Ese fue un efecto inmediato del incendio", señaló Alison York, la coordinadora saliente de la organización, que se encontraba cerca. "Cuando hicimos el seguimiento justo después, ya se había descongelado bastante".

Esta herramienta rudimentaria, que ofrece una medición de la profundidad desde un único punto de la tierra, revela un problema creciente en todo el extremo norte. A medida que el cambio climático alimenta incendios cada vez más frecuentes y graves en las latitudes septentrionales del planeta, estos aceleran el deshielo de más y más permafrost. Esto permite que la materia orgánica se descomponga y libere potentes gases de efecto invernadero que contribuyen a un bucle de retroalimentación climática en espiral, lo que impulsa un mayor calentamiento, más incendios y la pérdida de todavía más permafrost.
De forma aún más alarmante, la intensificación de los incendios forestales en Canadá liberó más carbono que todas las emisiones combinadas de combustibles fósiles del país en 2023. Al igual que en Alaska, muchos de estos megaincendios se producen en vastas zonas remotas donde la política oficial consiste en dejarlos arder siempre que no amenacen zonas habitadas. Sin embargo, si no se pone freno a unos fuegos cada vez más virulentos y al calentamiento global, los bosques boreales y el permafrost del planeta podrían dejar de ser gigantescos sumideros de carbono para convertirse, a un ritmo creciente, en enormes fuentes de carbono atmosférico.
Ahora, equipos internacionales de investigadores de Estados Unidos, Canadá y otros países se apresuran a comprender qué hay en juego, tanto desde el punto de vista económico como ecológico. Están evaluando medidas preventivas, como las quemas prescritas, y estudiando la posibilidad de detectar y extinguir rápidamente los incendios forestales antes de que se descontrolen. Incluso están sopesando lo que antes resultaba impensable: desplegar bomberos no para salvar vidas o infraestructuras, sino para proteger una de las grandes reservas de carbono de nuestro planeta.
"Tenemos que encontrar una forma mejor de convivir con los incendios forestales", afirma Brendan Rogers, científico sénior del Woodwell Climate Research Center, una de las principales organizaciones que impulsan esta iniciativa de investigación colaborativa informal. "Creo que realmente puede marcar una diferencia significativa".

Woodwell, el Instituto Polis para la Gobernanza Ecológica de la Universidad de Victoria y la organización sin ánimo de lucro Alaska Venture Fund se han asociado en una iniciativa multimillonaria conocida como North Fire para estudiar y concienciar a la opinión pública sobre los posibles beneficios de estas intervenciones, según ha podido saber MIT Technology Review.
La idea es compleja y controvertida por varios motivos. Los incendios forestales son un componente natural y necesario de los ecosistemas forestales sanos. Prevenir o sofocar incendios en enormes extensiones de tundra y bosques ártico-boreales, en gran parte no gestionados, exigiría una inmensa cantidad de recursos. Y todavía no está claro hasta qué punto marcarían la diferencia este tipo de intervenciones en las emisiones.
En última instancia, el mero hecho de que los investigadores se planteen intervenciones tan extremas en los sistemas naturales es un sombrío reflejo del peligro en el que nos hemos colocado al seguir generando cada año más y más emisiones de gases de efecto invernadero. Estas amenazas nos obligan a abordar cuestiones cada vez más difíciles que conllevan renuncias cada vez más drásticas: ¿cuál es la mejor manera de emplear nuestros recursos finitos y un tiempo que se agota para evitar los peores peligros del cambio climático? ¿Y cuándo, si es que alguna vez resulta admisible, está justificado poner a personas en posible peligro para reducir riesgos más amplios para el mundo?
"Un enorme punto ciego"
Las emisiones de los incendios forestales han aumentado un 60 % en todo el mundo desde 2001, pero casi se han triplicado en los bosques boreales del extremo norte.
Esta franja del globo se está calentando hasta cuatro veces más rápido que el resto del planeta, lo que está resecando el paisaje. Además, los rayos que desatan incendios han aumentado de forma pronunciada, ya que el aire más caliente incrementa la energía convectiva en la atmósfera, impulsando las corrientes ascendentes que desencadenan tormentas eléctricas.
En ese sentido, los seres humanos ya han intervenido en estos ecosistemas, por lo demás naturales, al generar las emisiones de gases de efecto invernadero que están aumentando las temperaturas y sometiendo a los bosques a patrones de incendios muy alejados de los niveles históricos saludables.
"Para mí, eso tiene más peso que la angustia existencial de «¿deberíamos intervenir o no?»", afirma Kate Hayes, profesora adjunta en la Universidad Western Washington, que colabora con Woodwell en el estudio de los beneficios que supone para las emisiones intervenir contra los incendios. "Se podría decir que ya hemos intervenido. Así que, a partir de aquí, es un poco como poner una tirita en una herida de bala".
El permafrost que rodea las latitudes septentrionales y subyace a grandes extensiones de Canadá, Groenlandia, Siberia, Escandinavia y otros países árticos almacena alrededor de 1,5 billones de toneladas de carbono, gran parte del cual se congeló allí hace milenios. Sin embargo, el constante aumento global de las temperaturas ya ha reducido la extensión del permafrost ártico en torno a un 12 % desde 1850, una pérdida que se ha acelerado rápidamente durante los últimos 50 años.
Para 2100, el deshielo del permafrost provocado por los incendios podría liberar el equivalente a casi 80 000 millones de toneladas de dióxido de carbono en escenarios de alto calentamiento. Esto supone más de la mitad de las emisiones que liberarán los incendios por la combustión directa de la vegetación, según un estudio de enero. Y se sumaría a los más de 400 000 millones de toneladas adicionales que podrían liberarse debido al deshielo derivado del calentamiento general a lo largo de ese periodo.
A pesar de su creciente contribución al cambio climático, solo una minoría de los modelos que han servido de base para los principales informes sobre el clima de la ONU hasta la fecha incluye la pérdida gradual de permafrost provocada por el aumento de las temperaturas, y ninguno incorpora el colapso repentino y el deshielo acelerado que a menudo pueden producirse tras incendios y olas de calor. A la luz de estos fenómenos y de otros potentes efectos de retroalimentación climática escasamente cuantificados, es casi seguro que estemos subestimando la rapidez con la que se calentará el planeta, tal y como advirtieron varios científicos en un artículo a principios de este año.
Estas emisiones derivadas del calentamiento son un "enorme punto ciego", señala Brian Buma, científico climático sénior del Environmental Defense Fund y coautor del estudio, que trabaja en el desarrollo de herramientas que ayuden a los servicios de extinción a decidir qué incendios priorizar.
A medida que las crecientes emisiones de los incendios y del permafrost se convierten en factores adicionales significativos del cambio climático, algunos investigadores han empezado a analizar cuánto costaría asumir la responsabilidad de prevenirlas, del mismo modo en que hemos intentado reducir la contaminación de las centrales eléctricas, los vehículos y las fábricas.
Un artículo de 2022 en Science Advances, liderado por investigadores de Woodwell y de la Union of Concerned Scientists, concluyó que redoblar los esfuerzos para extinguir los incendios boreales podría ser una solución climática rentable (comparable, o incluso más barata, que atajar las emisiones mediante la construcción de aerogeneradores, parques solares o plantas de absorción de carbono).
El proyecto piloto de Yukon Flats
Esos hallazgos económicos fueron fundamentales para que más investigadores se tomaran en serio la idea de atajar las emisiones de los incendios, afirma Peter Frumhoff, coautor del artículo de 2022 y actual asesor sénior de política científica en Woodwell.
Desde hace varios años, los investigadores de Woodwell mantienen conversaciones con gestores forestales, agencias de control de incendios, comunidades indígenas y otros colectivos de toda Alaska para dar a conocer el potencial de este enfoque.
No ha sido fácil vender la idea, dados los limitados recursos y la misión tan estrictamente definida de las agencias federales y estatales responsables de combatir los incendios en Alaska. La política general allí es permitir que los incendios en territorios remotos ardan a menos que representen un peligro directo para las comunidades.
"Esas agencias tienen la misión de proteger la vida y las propiedades ahora y, en menor medida, los recursos naturales", afirma Randi Jandt, ecóloga experta en incendios en el Alaska Fire Science Consortium. "Pero no tienen la tarea de salvar el mundo".
Sin embargo, hubo un notable éxito inicial.
El Refugio Nacional de Vida Silvestre Yukon Flats es un mosaico de 4,5 millones de hectáreas de humedales, bosques y turberas. Sus estribaciones se asientan sobre un tipo particular de suelo congelado conocido como yedoma. Se trata de una forma de permafrost especialmente profunda, rica en hielo y densa en carbono, compuesta por enormes cuñas de sedimentos limosos arrastrados por el viento que se congelaron durante el Pleistoceno tardío, que terminó hace unos 11 700 años. (También reunía las condiciones ideales para conservar restos momificados de mamuts lanudos).
"Hizo falta prácticamente toda la última glaciación para que se acumulara", afirma Hayes. "Así que no hay una forma rápida de volver a acumularlo. En realidad, no podemos reponerlo".
Miembros del Alaska Fire Science Consortium se adentran a pie en zonas afectadas por los incendios para medir las capas de ceniza que quedan en el suelo forestal.
En 2019, la región sufrió una serie de incendios devastadores que arrasaron unas 300 000 hectáreas. Tras una reunión del Alaska Fire Science Consortium en la que científicos de Woodwell destacaron los posibles beneficios climáticos de una extinción de incendios más agresiva, el entonces director del refugio, Jimmy Fox, empezó a explorar la posibilidad de sofocar los fuegos cuando amenazaran dicho permafrost, pusieran o no en peligro asentamientos humanos.
La reacción inicial no fue alentadora.
"¿Vas a tener a gente saltando en paracaídas desde aviones para salvar mamuts lanudos congelados, y tal vez muriendo por ello?", recuerda que le preguntaron.
Pero, con el tiempo, convenció a los responsables del Servicio de Incendios de Alaska de la Oficina de Administración de Tierras de EE UU para llevar a cabo un proyecto piloto en una zona de unas 650 000 hectáreas de los Yukon Flats. Acordaron intentar sofocar los incendios allí si disponían de los recursos necesarios y creían poder contener las llamas en un plazo de 72 horas.
Woodwell y sus socios acordaron estudiar cómo afectaba ese cambio a la pérdida de permafrost y a las emisiones de los incendios, con la esperanza de defender la necesidad de poner en marcha programas similares en otros lugares.
No estaba claro que el programa piloto fuera a sobrevivir tras la reelección de Donald Trump, sobre todo una vez que la iniciativa DOGE recortó de forma retroactiva la financiación pública para esa colaboración de investigación.
Pero en febrero, el Gobierno federal mantuvo formalmente el programa y amplió sus fundamentos para incluir objetivos como la protección de la diversidad de hábitats, la calidad del agua y la calidad del aire.
Mapeo y modelización
Una de las principales tareas de Woodwell ahora es determinar cuándo y dónde deben intervenir los servicios de extinción de incendios. De manera crucial, los esfuerzos excesivos por sofocar los incendios en el pasado han propiciado la acumulación de material vegetal seco que alimenta incendios más graves más adelante.
"No vamos a ir a por todos los incendios todo el tiempo", afirma Rogers durante un almuerzo en un soleado patio del campus de la Universidad de Stanford, donde Woodwell y EDF organizaron en enero un taller sobre posibles intervenciones contra los incendios. "No podemos hacerlo. No queremos hacerlo. No deberíamos hacerlo. Por tanto, ¿cómo priorizamos nuestros recursos?".
Woodwell y sus colaboradores trabajan para dar respuesta a esa pregunta mediante el desarrollo de un mapa de riesgo de incendios y vulnerabilidad del carbono en el interior de Alaska. El plan contempla ampliarlo con el tiempo a gran parte de Canadá.
Estos mapas destacarán la ubicación de ricas reservas de yedoma y otras formas de permafrost, pronosticarán dónde es más probable que se declaren incendios en los próximos 10 a 15 años y predecirán cómo es probable que se comporten y se propaguen.
"Nuestro objetivo final es obtener una capa que nos indique, si se produjera un incendio, qué zonas son más vulnerables a altas emisiones de carbono, al deshielo del permafrost y a la degradación del permafrost", explica Rogers.
En respuesta a una pregunta sobre la posibilidad de poner en peligro a los bomberos, Rogers recalcó por correo electrónico que se trata de "un problema muy grave que requiere una cuidadosa consideración".
Añadió que las tecnologías de detección temprana de incendios, las prácticas preventivas de gestión del fuego, una mejor planificación de la extinción de incendios y otras medidas pueden contribuir a reducir los riesgos tanto para los bomberos como para las comunidades.
"Fuego suave"
Una vez identificadas las zonas de especial riesgo, la primera opción consiste en tomar medidas para prevenir incendios en ellas, o al menos para reducir las probabilidades de que se conviertan en grandes incendios. Esto suele implicar el uso de maquinaria pesada o de fuegos intencionados y controlados para eliminar la vegetación que podría alimentar nuevos incendios, o para crear cortafuegos que puedan frenar su propagación.

Las tribus indígenas llevaron a cabo lo que se conoce como "quemas culturales" durante miles de años para reducir el riesgo de incendios, despejar tierras para cultivos y otros fines. Esta práctica se prohibió de forma generalizada en toda América del Norte a partir del siglo XIX, aunque esas restricciones se han flexibilizado en los últimos años.

Sin embargo, tanto los fuegos culturales como los prescritos siguen siendo controvertidos porque pueden arder fuera de control. E incluso si se mantienen contenidos, pueden seguir generando humo que llega hasta las poblaciones.
Pero apresurarse a apagar las llamas una vez iniciadas nunca permitirá que Alaska se anticipe a su creciente problema de incendios forestales, afirma Edward Alexander, copresidente del Gwich’in Council International, que representa a los pueblos indígenas gwich’in de los Territorios del Noroeste, el Yukón y Alaska.
"No hay dinero en el mundo para que esto sea un problema de motosierra y hacha", señala. "Aquí arriba, este territorio es demasiado grande".
Alexander, que también ejerce como responsable sénior para el Ártico en Woodwell, sostiene que Alaska debería fomentar un uso mucho mayor de las quemas culturales para reducir el riesgo de grandes incendios y las emisiones que conllevan.
"Necesitamos un fuego suave, no incendios forestales", afirma.
Nuevos proyectos piloto
La iniciativa North Fire incluirá varios proyectos piloto de investigación adicionales, entre ellos un estudio sobre el potencial de las quemas culturales para reducir los riesgos climáticos y de incendios cerca de Fort Yukon, Alaska.
El plan prevé que una brigada de bomberos forestales gestionada por el Council of Athabascan Tribal Governments, un consorcio de la región de Yukon Flats, lleve a cabo quemas culturales allí la próxima primavera, señala Rogers.
A continuación, investigadores de Woodwell y de la Universidad de Alaska en Fairbanks recopilarán y analizarán datos sobre la inflamabilidad, los niveles de carbono y el permafrost a lo largo de varios años, con la esperanza de comprender mejor el efecto de este tipo de intervenciones.
Del mismo modo, los investigadores de Polis de la Universidad de Victoria tienen previsto estudiar cómo la creación de cortafuegos, mediante la tala o el cambio a árboles menos inflamables, altera el riesgo de incendios en la Columbia Británica.
El objetivo general de la iniciativa North Fire es acelerar la investigación y ampliar la participación de la comunidad "de un modo que nos ayude a escalar esto como una solución climática natural relevante a escala global en un plazo rápido", afirma Erin Harrington, socia de Alaska Venture Fund, una entidad filantrópica centrada en cuestiones medioambientales, de desarrollo económico e indígenas.
Detección de incendios desde el espacio
Otros observadores, entre ellos Jandt, creen que la mayor oportunidad para reducir las emisiones de los incendios y preservar el permafrost podría residir en el "ataque inicial". Esto implica movilizar aviones, camiones cisterna y bomberos para sofocar los incendios al primer indicio, antes de que tengan la oportunidad de convertirse en conflagraciones.
Una vez que los incendios alcanzan cierto tamaño, contenerlos requiere mucho más tiempo (y la labor se vuelve mucho más peligrosa).
Acelerar los tiempos de respuesta es una de las principales promesas de la constelación de satélites FireSat, que, según lo previsto, comenzará a suministrar datos sobre incendios de todo el mundo al menos dos veces al día a Woodwell, a un puñado de agencias de extinción de incendios y a otros primeros usuarios para finales de este año. Con el tiempo, el sistema incluirá más de 50 satélites que orbitarán la Tierra, equipados con cámaras de alta resolución y sensores térmicos capaces de detectar fuegos más pequeños y de menor temperatura que los sistemas por satélite actuales, de hasta apenas cinco por cinco metros.
Actualmente, detectar incendios puede llevar días. Pero una vez que la constelación completa esté operativa, probablemente a principios de la década de 2030, FireSat debería ser capaz de detectar y proporcionar imágenes actualizadas de incendios en cualquier parte del mundo cada 20 minutos o menos.
El primer satélite prototipo se lanzó en 2025 y tres operativos entraron en órbita en julio. Earth Fire Alliance, la organización sin ánimo de lucro que gestiona la constelación, prevé lanzar cuatro más para finales del próximo año.

El satélite prototipo de FireSat captó imágenes de dos incendios forestales remotos en Alaska, los incendios Moran y Chicken, en el verano de 2025.
Varios sistemas similares también están empezando a funcionar. La compañía alemana OroraTech ha lanzado 18 de sus satélites de detección de incendios en el último año y medio. Del mismo modo, diversas agencias canadienses planean lanzar su propia constelación de satélites, bautizada como WildFireSat, a partir de 2029.
Pero a medida que estos sistemas generen cada vez más detecciones en todo el mundo, resultará cada vez más imprescindible desarrollar herramientas capaces de filtrar esa información.
EDF respalda y colabora en varios proyectos que podrían ayudar en este sentido y, en última instancia, pretende desarrollar una herramienta de triaje basada en IA que ayude a los servicios de extinción de incendios a priorizar sus respuestas a medida que FireSat y otras herramientas de detección entren en funcionamiento.
"Todo esto es en parte como construir el ecosistema de datos en torno a FireSat, para que cuando empiecen a soltar «aquí empieza un fuego, allí, aquí empieza un fuego, allí empieza un fuego», no nos quedemos en plan: «Mierda, hay incendios por todas partes»", afirma Buma. "Tendremos un marco de trabajo. No será perfecto, obviamente. Tendremos que mejorarlo, pero contaremos con la maquinaria para incorporar esos datos".
Respuesta rápida
Pero unas detecciones y decisiones más rápidas solo sirven hasta cierto punto. Las regiones seguirían necesitando hacer llegar el personal y los recursos de extinción a esos fuegos con la rapidez suficiente para evitar que queden fuera de control.
"Supongamos que tenemos toda la constelación FireSat en funcionamiento y detecta un fuego que acaba de declararse en una de estas zonas de alta prioridad y muy vulnerables", les planteé a Rogers y Frumhoff durante nuestra conversación en aquel patio de Stanford. "¿Cómo podríamos desplegar los recursos de extinción en una zona remota con la suficiente rapidez como para que marque la diferencia en ese escenario?".
"Creo que la respuesta, por desgracia, es que depende", respondió Rogers.
Lo ideal, señaló, sería contar con políticas de gestión de incendios que permitan extinguir aquellos con un alto riesgo de producir emisiones que calienten el clima. Además, las regiones podrían desplegar más personal y recursos de extinción en más centros operativos, ubicados estratégicamente en puntos que les permitan llegar rápidamente a esos fuegos.
Frumhoff recalca que Woodwell no promociona ninguna empresa en concreto, pero afirma que hay tecnologías adicionales "en las conversaciones" que también podrían ayudar a prevenir o sofocar rápidamente los incendios.
Entre estos posibles enfoques figuran la siembra de nubes para suprimir los rayos y el despliegue preventivo de helicópteros autónomos de extinción para responder con rapidez a aquellos incendios con un alto riesgo de emisiones.
Sikorsky, una empresa de Lockheed Martin, está desarrollando y probando versiones autónomas del helicóptero Black Hawk, equipadas con sensores térmicos y depósitos de agua. La compañía colabora con Rain Industries, una startup con sede en Alameda (California) que ha desarrollado software para monitorizar las condiciones cambiantes y guiar a aeronaves no tripuladas a lo largo del proceso de extinción de incendios forestales.

La empresa afirma haber hablado con agencias de extinción de incendios y con la "comunidad más amplia de lucha contra incendios de Alaska" sobre el uso potencial de su tecnología, pero ha declinado nombrar entidades concretas con las que haya interactuado.
"Los puntos de inflexión climáticos gemelos del permafrost de yedoma y del bosque boreal, y el hecho de que actualmente se cuente con recursos totalmente insuficientes, hacen que, desde mi punto de vista, sea un caso de uso ideal para las aeronaves autónomas", afirma Max Brodie, director ejecutivo de Rain.
En defensa del carbono
Los avances tecnológicos solo pueden llegar hasta cierto punto si las políticas de prevención y extinción de incendios de los Gobiernos no priorizan la conservación del carbono.
Y seguirá siendo una idea difícil de vender, dados los costes de gestionar extensas áreas de terreno que los países históricamente han dejado, en gran medida, sin intervenir.
El estudio de 2022 publicado en Science Advances estimó que las labores adicionales de extinción de incendios costarían unos 12,63 dólares por tonelada de emisiones de dióxido de carbono evitadas (una cifra que disminuye al tener en cuenta el carbono del permafrost, según una investigación de próxima publicación).
Aun así, esto supondría un gasto adicional de unos 7000 millones de dólares en esta década para mantener las emisiones derivadas de los incendios de Alaska en sus niveles históricos, y otros 7000 a 50 000 millones de dólares a lo largo de los 30 años siguientes a medida que la gravedad de los incendios continúe en aumento.
Frumhoff subraya que esas cifras solo reflejan lo que, según los investigadores, costaría mantener el statu quo, algo que no constituye necesariamente el objetivo político.
Pero ampliar las zonas donde se extinguen incendios supondrá inevitablemente un gran coste añadido para unos servicios de extinción que ya arrastran una notable falta de financiación en EE UU. Aunque Alaska genera alrededor de la mitad de las emisiones por incendios forestales del país, recibe en torno al 4 % de los fondos federales destinados a combatirlos.

El Servicio de Incendios Forestales de EE UU facilitó una declaración por escrito en respuesta a una consulta de MIT Technology Review sobre si la preservación del carbono podría o debería convertirse en una prioridad en determinadas decisiones de gestión de incendios. Su evasiva respuesta sugiere que esta no es la principal preocupación del organismo: "La seguridad de los bomberos y de la población son las máximas prioridades del Servicio de Incendios Forestales de EE UU".
Frumhoff afirma que es posible que los propietarios de tierras o los organismos gubernamentales acaben recurriendo a los mercados de carbono para sufragar parte de los costes adicionales. Woodwell también ha mantenido múltiples conversaciones con los legisladores federales de Alaska sobre el valor de prevenir incendios forestales catastróficos y la necesidad de aumentar el "bote total" de financiación pública, señala.
Patada hacia adelante a los incendios
Unos días después de recorrer la cicatriz del incendio en Fairbanks, conduje despacio por un tramo deformado de Stampede Road, justo al norte del Parque Nacional Denali, donde el permafrost subyacente se había descongelado sin ayuda del fuego.
Llegué a una estrecha cabaña de madera para reunirme con Michelle Mack, catedrática distinguida de ecología de ecosistemas en la Northern Arizona University.
Mack estudia cómo el fuego altera los ecosistemas en las altas latitudes septentrionales a medida que la región se vuelve más cálida y seca, y a veces colabora con Rogers y otros científicos que trabajan en los esfuerzos por proteger el permafrost en otras áreas de investigación. Sin embargo, no está segura de cuánto lograrán estas intervenciones a medida que el cambio climático continúe.
"Soy empirista y, en este momento, no tengo claro que la evidencia empírica sugiera que realmente podamos tener algún impacto en estos incendios", afirma.

Ella prevé que habrá casos claros en los que podríamos y deberíamos actuar con rapidez para apagar incendios y "mantener el carbono en el suelo". Señala el ejemplo del incendio del río Anaktuvuk de 2007, un enorme fuego de tundra en la vertiente norte de Alaska que podría haberse extinguido con relativa facilidad en sus primeros días, pero al que se dejó arder hasta que las nieves invernales lo sofocaron casi tres meses después. Durante ese tiempo, arrasó unos 1000 kilómetros cuadrados y, según demostró la investigación de Mack, liberó más de dos millones de toneladas de carbono a la atmósfera.
"Creo que ese es el fruto más accesible, algo que no cuesta mucho, y ahí es donde considero que la tecnología de detección resulta realmente importante", afirma.
Pero añade que los incendios en los bosques boreales pueden propagarse con rapidez y de forma impredecible, lo que frustra los esfuerzos por extinguirlos rápidamente incluso cuando se detectan de inmediato.
Además, sofocar con rapidez un incendio en una temporada no reduce necesariamente el riesgo de fuego en un bosque determinado, por lo que la extinción podría limitarse a dar una patada hacia delante a la "lata del fuego" (lo que retrasa, pero no evita, una pérdida inevitable de carbono), afirma Mack.
Más recientemente, su postura cambió "un poco" tras descubrir un estudio previo de modelización que mostraba resultados alentadores sobre el potencial de la extinción temprana para reducir la huella de los incendios boreales. Sin embargo, afirma que la prevención mediante el aclareo forestal, las quemas prescritas y la introducción de árboles caducifolios menos inflamables para crear "cortafuegos vivos" es probablemente una vía más prometedora que la extinción potenciada por la tecnología.
"Si pudiéramos solucionar esto con un apaño tecnológico, sería genial", dice. "¿Pero y si lo resolviéramos con la naturaleza?".
"Una diferencia real"
Rogers, en una respuesta por correo electrónico a la preocupación de Mack, afirmó que las intervenciones que están explorando, que sí incluyen tanto la prevención como la extinción, "pueden marcar una diferencia real".
"Sin duda, estoy de acuerdo en que algunos incendios son mucho más fáciles de sofocar mediante un ataque inicial que otros", escribió. "Dicho esto, hasta que no vea datos que demuestren lo contrario, creo que existe un gran potencial para aplanar la curva mediante la gestión".
Buma, de EDF, reconoce que existen varias incógnitas, entre ellas la rapidez con la que los organismos pertinentes podrían actuar ante las detecciones más rápidas desde los satélites (y la magnitud que tendrán los obstáculos políticos para introducir los cambios necesarios en las políticas de gestión de incendios).
"No podemos prometer más de la cuenta sobre lo que es posible. No sabemos qué es posible", afirma. "Todo es nuevo. Pero nos encontramos en un nuevo clima y tenemos que plantearnos probar cosas nuevas".

