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Tecnología y Sociedad

Si no regulamos las imágenes de satélite, nos vigilarán las 24 horas

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La capacidad de tomar imágenes terrestres desde el espacio con cada vez más frecuencia y resolución podría dar lugar a un Gran Hermano celestial capaz de controlarnos continuamente. Aunque la tecnología aún no lo permite, las leyes de privacidad vigentes no bastan para garantizar la libertad humana

  • por Christopher Beam | traducido por Ana Milutinovic
  • 26 Julio, 2019

En 2013, la policía de Grants Pass (EE. UU.), recibió un aviso de que un hombre llamado Curtis W. Croft cultivaba ilegalmente marihuana en su patio trasero. Para comprobarlo, utilizaron el servicio Google Earth. En efecto, la imagen del satélite que llevaba cuatro meses funcionando mostraba ordenadas filas de plantas que crecían en la propiedad de Croft. Los policías se dirigieron a ella e incautaron 94 plantas.

En 2018, la policía del estado de Amapá (Brasil) detectó un lugar donde los árboles habían sido arrancados del suelo mediante imágenes de satélite en tiempo real. Cuando fueron allí, descubrieron que la zona se usaba para producir carbón de manera ilegal y arrestaron a ocho personas relacionadas con el negocio.

Las autoridades del Gobierno chino han negado o minimizado la existencia de campos de reeducación de los uigures en la provincia de Xinjiang (China). En lugar de eso, los describen como "escuelas de formación profesional". Pero grupos activistas de derechos humanos han utilizado imágenes satelitales para mostrar que muchas de las "escuelas" están rodeadas de atalayas y alambradas.

Cada año, las imágenes de satélites disponibles en el mercado se vuelven más nítidas y frecuentes. En 2008, había 150 satélites de observación de la Tierra en órbita; ahora ya son 768. Las compañías de satélites no ofrecen vigilancia en tiempo real las 24 horas pero, a medida que la confianza en ellos aumenta, el objetivo se vuelve cada vez más cercano. Los defensores de la privacidad advierten que la innovación de las imágenes satelitales va por delante de la capacidad de los gobiernos del mundo para regular la tecnología. En su opinión, si no se imponen límites más estrictos ahora, llegará un día en el que todos, desde las compañías publicitarias hasta las parejas celosas y las organizaciones terroristas, tendrán acceso a herramientas que antes estaban reservadas a las agencias gubernamentales de espionaje. Eso significaría que, en cualquier momento, cualquiera podría vigilar a otra persona.

Imágenes cada vez más nítidas

Actualmente, las imágenes de satélites comerciales están en un punto ideal: son lo suficientemente potentes para ver un coche, pero no tanto como para diferenciar la marca y el modelo; se toman con la frecuencia suficiente para que un agricultor controle el estado de sus cultivos, pero no tan a menudo como para poder monitorizar las idas y venidas de un vecino. Esta confidencialidad es deliberada. Las regulaciones federales de EE. UU. limitan las imágenes tomadas por satélites comerciales a una resolución de 25 centímetros, o aproximadamente a la longitud del zapato de un hombre. (Los satélites espías militares pueden capturar imágenes mucho más detalladas, pero son confidenciales).

Desde 2014, cuando la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE. UU. (NOAA, por sus siglas en inglés) bajó el límite de 50 centímetros a 25 centímetros, una resolución suficiente para satisfacer a la mayoría de los clientes. Los inversores pueden predecir el suministro de petróleo a partir de las sombras proyectadas dentro de los depósitos de almacenamiento. Los agricultores pueden controlar las inundaciones para proteger sus cultivos. Las organizaciones de derechos humanos han seguido los flujos de refugiados de Birmania y Siria.

Pero las imágenes satelitales están mejorando, algo que inversores y empresas querrán explotar aún más. La compañía de imágenes satelitales Planet Labs cuenta con 140 satélites, suficientes para pasar por todos los lugares de la Tierra una vez al día. Maxar, antes DigitalGlobe, que lanzó el primer satélite comercial de observación de la Tierra en 1997, está construyendo una constelación que podrá captar todos los lugares del mundo 15 veces al día. Y BlackSky Global promete capturar imágenes de la mayoría de las principales ciudades del mundo hasta 70 veces al día. Eso podría no ser suficiente para controlar los movimientos de una persona, pero mostraría en qué momentos del día su coche suele estar delante de su casa, por ejemplo.

Algunas compañías incluso ofrecen vídeos en directo desde el espacio. En 2014, una start-up de Silicon Valley (EE.UU.) llamada SkyBox (que luego fue rebautizada como Terra Bella y comprada por Google y después por Planet) empezó a promocionar vídeos de alta definición de hasta 90 segundos de duración. Y una compañía llamada EarthNow asegura que ofrecerá monitorización "en tiempo real continuo, con un retraso de tan solo un segundo", aunque hay quien cree que la empresa está sobrevalorando sus capacidades. Todos tratan de acercarse a un "mapa vivo", afirma el creador de mapas personalizados para compañías como Snapchat y Weather Channel de Mapbox Charlie Loyd. Pero eso no ocurrirá mañana ni en dos días. El experto afirma: "Estamos muy lejos de tener vídeos de la Tierra de alta resolución y a tiempo completo".

Algunos de los avances más radicales en la observación de la Tierra no se lograron con la fotografía tradicional sino con la detección por radar y las imágenes hiperespectrales, que capturan longitudes de ondas electromagnéticas fuera del espectro visible. Las nubes pueden ocultar el suelo para la luz visible, pero los satélites pueden 'ver' a través de ellas mediante un radar de apertura sintética, que emite una señal que rebota en el objeto detectado y regresa al satélite. Esta tecnología permite determinar la altura de un objeto hasta un milímetro. La NASA lleva usando el radar de apertura sintética desde la década de 1970, pero el hecho de que Estados Unidos aprobara su uso comercial el año pasado es una prueba de su poder y de la sensibilidad política. (En 1978, las autoridades militares supuestamente bloquearon la publicación de una serie imágenes de satélite de radar que revelaban la ubicación de los submarinos nucleares estadounidenses).

Los datos GPS de los teléfonos móviles son una amenaza para la privacidad, pero al menos podemos decidir dejar el teléfono en casa. Es más difícil esconderse de una cámara satelital.

Mientras tanto, los agricultores pueden usar la detección hiperespectral para determinar en qué punto está el ciclo de crecimiento de sus cultivos, y los geólogos, para detectar la textura de alguna roca que podría ser apropiada para la excavación. Pero la tecnología también podría ser utilizada por agencias militares o terroristas, para identificar refugios subterráneos o materiales nucleares.

Es probable que la resolución de las imágenes disponibles comercialmente mejore aún más. El límite de 25 centímetros se verá afectado por la creciente competencia de las compañías internacionales de satélites. Y aunque no fuera así, no hay nada que impida, por ejemplo, que una empresa china capture y venda imágenes con una resolución de 10 centímetros a clientes estadounidenses. La directora de políticas de la Asociación de Satélites Industriales de EE. UU., Therese Jones, detalla: "Otras compañías del mundo comenzarán a proporcionar imágenes a una resolución mayor de las que nosotros permitimos legalmente. Nuestras empresas quieren reducir el límite lo máximo posible".

Lo que hará que el poder de las imágenes aún más será la capacidad de procesarla en grandes cantidades. Algunas empresas analíticas como Orbital Insight y SpaceKnow incorporan datos visuales a algoritmos diseñados para que cualquier persona con conexión a internet entienda las imágenes. Los inversores utilizan este análisis para, por ejemplo, estimar el verdadero PIB de la provincia china de Guangdong en función de la luz que emite durante la noche. Pero los delincuentes también podrán escanear una ciudad para determinar qué familias están fuera de la ciudad más a menudo y por cuánto tiempo.

Las compañías de satélites y analíticas aseguran que se preocupan por mantener la confidencialidad de sus datos, quitando las características de identificación. Pero a pesar de que los satélites no reconocen las caras, si las imágenes se combinan con otros de datos (GPS, cámaras de seguridad, publicaciones en redes sociales) podrían convertirse en una amenaza para la privacidad. El CEO de la Fundación Secure World, Peter Martínez, confirma: "Los movimientos de las personas, a qué tipo de tiendas van, a qué escuela van sus hijos, qué tipo de instituciones religiosas visitan, cuáles son sus patrones sociales… En principio, cualquier interesado podría investigar todas estas cuestiones".

Como todas las herramientas, las imágenes satelitales están sujetas al uso indebido. Su aparente objetividad puede llevar a conclusiones falsas, como cuando el Gobierno de EE. UU. de George W. Bush las utilizó para argumentar que Saddam Hussein almacenaba armas químicas en Irak. Los intentos de proteger la privacidad también pueden ser contraproducentes: en 2018, una empresa de cartografía rusa hizo desaparecer los sitios de operaciones militares sensibles en Turquía e Israel, lo que acabó revelando su existencia e impulsó a algunos usuarios a localizar estos sitios en otros mapas de código abierto.

Capturar imágenes de satélite con buenas intenciones también puede tener consecuencias no deseadas. En 2012, durante el conflicto en la frontera entre Sudán y Sudán del Sur, el proyecto del Satélite Sentinel de la Universidad de Harvard (EE. UU.) publicó una imagen que mostraba a un equipo construyendo una carretera con capacidad para tanques que conducía a un área ocupada por el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA, por sus siglas en inglés). La publicación intentaba advertir a los ciudadanos que los tanques se acercaban. Pero el SPLA también vio las imágenes, y en 36 horas atacó al equipo de construcción de la carretera (que resultó estar compuesto por civiles chinos contratados por el Gobierno sudanés), mató a algunos de ellos y secuestró al resto. Para los activistas, el instinto suele llevar a divulgar más información, opina el experto en derechos humanos que dirigió el proyecto Sentinel, Nathaniel Raymond. Desde entonces, ha aprendido que hay que tener cuidado sobre quién más podría estar mirando.

El coste de vigilar todo el tiempo

Pero si hay algo que podría salvarnos de un Gran Hermano celestial es el precio. Algunos empresarios de satélites destacan que no hay suficiente demanda para cubrir el coste de una constelación de satélites capaces de funcionar las 24 horas del día en resoluciones inferiores a 25 centímetros. "Se trata de una simple cuestión económica", afirma el fundador de DigitalGlobe, ahora Maxar, Walter Scott. Es cierto que algunas compañías están lanzando "nanosatélites" relativamente baratos del tamaño de una tostadora, los 120 satélites Dove lanzados por Planet, por ejemplo, son más baratos que los satélites tradicionales por varios "órdenes de magnitud", según su portavoz.

Pero aun así, hay un límite en torno a lo pequeños que pueden llegar a ser para capturar imágenes ultra-detalladas. "Es un dato básico de la física que el tamaño de apertura determina el límite en la resolución que se puede obtener. A una altitud dada, se necesita un telescopio de cierto tamaño", explica Scott. Es decir, en el caso de Maxar, se necesita una apertura de aproximadamente un metro de ancho en un satélite del tamaño de un pequeño autobús. (Aunque existen formas de superar este límite, como la interferometría, por ejemplo, que utiliza múltiples espejos para simular un espejo mucho más grande; pero son complejas y caras.) Satélites más grandes significan lanzamientos más costosos, así que las empresas necesitarían un incentivo financiero para recopilar estos datos tan detallados.

Dicho esto, ya existe suficiente oferta y demanda para las imágenes con una resolución inferior a 25 centímetros. Por ejemplo, algunas aseguradoras necesitan ese nivel de detalle para detectar árboles que sobresalen de los techos, o para distinguir un tragaluz de un panel solar, y pueden obtenerlo desde aviones y drones. Pero si el coste de las imágenes satelitales bajara lo suficiente, las compañías de seguros probablemente se pasarían a ese sistema de control.

Por supuesto, los satélites nunca podrán recopilar mejores imágenes que los drones. Pero las zonas a las que pueden acceder estos dispositivos están limitadas. En EE. UU. está prohibido volar drones comerciales sobre grupos de personas, y es necesario registrar un dron que pese más 225 gramos, más o menos. Esas restricciones no existen en el espacio. El Tratado sobre el espacio exterior, firmado en 1967 por Estados Unidos, la Unión Soviética y docenas de estados miembros de la ONU, otorga a todos los estados acceso gratuito al espacio, y los acuerdos posteriores sobre teledetección han consagrado el principio de "cielos abiertos". Durante la Guerra Fría eso tenía sentido, ya que permitía a las superpotencias controlar a otros países para verificar que estaban cumpliendo los acuerdos sobre armamentos. Pero el tratado no previó que algún día cualquiera podría obtener imágenes detalladas de casi cualquier lugar.

Y luego están los dispositivos de rastreo que llevamos en nuestros bolsillos, es decir, los teléfonos inteligentes. Pero mientras los datos GPS de los teléfonos móviles representan una amenaza real para la privacidad, siempre se puede optar por dejar el teléfono en casa. Esconderse de una cámara satelital es más difícil. El director de datos de la compañía de análisis Quandl, Abraham Thomas, afirma: "Los satélites tienen elementos de las realidades sobre el terreno que tal vez no están en nuestro teléfono móvil o en nuestro registro digital o en lo que sucede en Twitter. Los datos en sí tienden a ser intrínsecamente más precisos".

El futuro de la libertad humana

Cuando se trata de satélites, las leyes de privacidad son bastante vagas. Los tribunales generalmente permiten la vigilancia aérea, aunque en 2015 el Tribunal Supremo de Nuevo México (EE. UU.) dictaminó que una "búsqueda aérea" policial sin una orden judicial era inconstitucional. Los casos se suelen reducir a si un acto de vigilancia viola la "expectativa razonable de privacidad" de alguien. Una foto tomada en una acera pública: parece aceptable. Una foto tomada por un dron a través de la ventana de la habitación de alguien: probablemente no. ¿Un satélite que orbita cientos de kilómetros y captura un vídeo de un coche aparcando? No está claro.

Eso no significa que los gobiernos sean impotentes. Aunque el Gobierno de EE. UU. no tiene jurisdicción sobre los satélites chinos o rusos, puede regular el uso que sus ciudadanos hacen de las imágenes extranjeras. Si las empresas estadounidenses se benefician de ello a través de una violación de la privacidad de los ciudadanos, el Gobierno podría intervenir.

Raymond sostiene que para protegernos a nosotros mismos hay que repensar la privacidad en sí misma. En su opinión, las leyes actuales sobre privacidad se centran en las amenazas a los derechos de las personas. Pero esas protecciones "son anacrónicas frente a la inteligencia artificial, las tecnologías geoespaciales y las tecnologías móviles, que no solo usan datos grupales, sino que las usan como carburante", opina Raymond. La regulación de estas tecnologías significará que la privacidad deberá aplicarse no solo a individuos, sino también a los grupos. "Se puede ser completamente ético acerca de la información de identificación personal y aun así matar a personas", subraya.

Hasta que no haya un consenso sobre las normas de la privacidad de datos, será difícil crear reglas duraderas sobre las imágenes de satélites. Raymond concluye: "Todos estamos intentando resolver el problema. No es ninguna tontería, se trata del futuro de la libertad humana".

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